Trabajando sobre los datos del ecónomo de Novés (Toledo), el siervo de Dios Juan Tomás Rodríguez Romero, que fue asesinado en los días de la persecución religiosa, en febrero de 1937. Con él llegamos hasta su Alcaraz natal, en la provincia de Albacete, con motivo de la coronación de la Virgen de Cortes que, el 1 de mayo de 1922, presidirá el Obispo auxiliar de Toledo, el agustino Fray Mateo Colom. Pero, ¿quién era este santo fraile agustino?

Fray Mateo nació el 10 de abril de 1879 en Sóller (Mallorca). Estudió en el seminario conciliar de Palma de Mallorca (1889-1895). Ingresó en el noviciado de los agustinos filipinos de Valladolid el 10 de septiembre de 1895, y fue ordenado presbítero en La Vid (Burgos), el 28 de agosto de 1902. Al concluir la carrera eclesiástica fue destinado a los colegios de Alicante y de Bilbao.

De 1904 a 1910 trabajó en las misiones de Colombia. Fue secretario de monseñor Francesco Ragonesi, delegado papal en Colombia y, en 1913, lo acompañó hasta la nunciatura de Madrid. Su valía le ganó galardones como comendador de la Real Orden de Isabel la Católica y el de caballero de la Orden de Carlos III (1921). Finalmente, fue nombrado obispo titular de Andrapa y auxiliar de Toledo.

En Toledo

Mientras tanto, el 16 de diciembre de 1920, el papa Benedicto XV, había nombrado arzobispo de Toledo y primado de España al cardenal Enrique Almaraz y Santos. Sin embargo, siguió rigiendo la archidiócesis de Sevilla hasta el 1 de julio de 1921, en que resignó el gobierno de la archidiócesis en el Cabildo. El cardenal Almaraz sustituía al cardenal Victoriano Guisasola que había fallecido el 2 de septiembre de 1920.

Dos meses después de su llegada a Toledo, el 24 de agosto de 1921, el cardenal Almaraz consagraba obispo a Fray Mateo Colom en La Vid (Burgos). “Baleares”, revista quincenal ilustrada, publicó el 1 de agosto esta simpática fotografía del nuevo Obispo.

La estancia y actividad pastoral del nuevo Primado en Toledo fue muy escasa, pues los achaques de la enfermedad y de la edad lo obligaban a permanecer postrado en el lecho la mayor parte del tiempo. Murió siete meses después de su llegada a la Ciudad Imperial, el 22 de enero de 1922, el mismo día en que el papa Benedicto XV fallecía en el Vaticano, y fue enterrado, según su deseo, delante de la capilla de Santa Teresa de Ávila en la catedral de Toledo.

Después de compartir tan solo cinco meses junto al cardenal Enrique Almaraz, tras su muerte, Fray Mateo quedó en la diócesis hasta el 20 de noviembre, fecha en la que fue nombrado Obispo de Huesca. Ese mismo día el deán de la Catedral Primada, beato Narciso de Estenaga, fue nombrado, a su vez, Obispo-Prior de las Órdenes Militares. 

El 11 de diciembre de 1922, el papa Pío XI había nombrado al arzobispo de Valencia, monseñor Enrique Reig y Casanova cardenal y, tres días más tarde, el 14 de diciembre, lo trasladó a Toledo como Arzobispo Primado. Su entrada solemne en la ciudad se realizó el 24 de junio de 1923.

Luego Fray Mateo entraba en la diócesis de Huesca el 8 de julio de 1923. Su primera y principal preocupación fue el seminario, proyectando un plan vocacional y la mejora de los estudios; promovió misiones populares. Además sabedor del influjo de los medios de comunicación fundó el periódico católico Montearagón en 1927.

Perseguido en su diócesis en los días de la República

El aciago año de 1931, instaurada la democrática Segunda República, trajo la salida in extremis de Málaga de San Manuel González, que se refugió en Gibraltar el 13 de mayo, acogido por el Obispo católico durante siete meses; la expulsión de España, el 17 de mayo del obispo de Vitoria, monseñor Mateo Múgica y el 15 de junio del Primado de Toledo, el cardenal Pedro Segura. Pues un episodio menos conocido es el de Fray Mateo Colom.

Así leemos en el ABC del 17 de diciembre de 1933: «El padre Mateo Colom, dignísimo obispo de Huesca al advenimiento de la República [N.R.: tras haber pedido su aceptación a sus fieles con una circular firmada el 17 de abril inmediato], fue uno de los prelados más injustamente perseguidos. Al ocurrir el cambio de régimen se vio en la tristísima necesidad de abandonar su diócesis, acusado calumniosamente de constituir un serio peligro para el régimen naciente. Se refugió en su pueblo natal, seguro de que, pasadas las desbordadas pasiones de los primeros momentos, volvería a regir su diocesis; pero al cabo casi de los tres años continuaba apartado de su grey el celoso pastor, sin que la obligada reparación aliviara el desconsuelo de su vida [N.R.: desde allí continuó rigiendo la diócesis con la fiel cooperación del gobernador eclesiástico que oportunamente nombrara]. Estos dolores morales, soportados con ejemplar entereza y resignada conformidad, fueron, sin embargo, minando la recia fortaleza de su organismo hasta terminar el triste desenlace que nos notifica el anterior despacho».

La noticia decía: “El día de la Inmaculada estuvo oficiando de pontifical en la iglesia del convento de los Padres Agustinos, a cuyda Orden pertenecía, y de regreso a Sóller, debido a una avería en el automóvil, el Obispo marchó a pie a su casa, sorprendiéndoles en el camino un fuerte chubasco que le produjo un catarro de laringe, complicado más tarde con una miocarditis, que [el 16 de diciembre] le ha producido la muerte” (La Hormiga de Oro, 28 de diciembre de 1933).