Contemplamos de un tiempo a esta parte la irrupción en el panorama político americano (y cuando digo americano quiero decir “americano”, no “norteamericano”) de un nuevo movimiento al que se da en llamar “indigenismo” que, aparte de beber de una ideología izquierdista y marxista en extremo, se presenta como profundamente antiespañol, imbuída del más negrolegendista de los relatos sobre la presencia española en América.

             Ahora bien, ¿cómo ha llegado a adquirir el indigenismo americano la forma con la que hoy le vemos presentarse? ¿acaso fue siempre antiespañol el movimiento indígena americano?

             El primer "indigenismo" del que podemos hablar en la Historia quizás sea el que se origina cuando comienzan los movimientos secesionistas en América contra la Corona Española. ¿Se expresó entonces el “indigenismo” en el modo en que lo hace ahora contra España?

             Pues bien, no, ni mucho menos. Los indígenas americanos, cuando se producen los hechos que desembocan en la disolución de los virreinatos españoles y su sustitución por una veintena de nuevas repúblicas completamente fragmentadas, militan en ambos partidos, en el de los secesionistas y en el de los realistas, pero mucho más en éste que en aquél. En esa guerra civil entre españoles –peninsulares por un lado, criollos por otro- en que consistieron las guerras por la emancipación americana, el indígena americano confía mucho más en la Corona y en los funcionarios enviados desde la península, que en los españoles criollos que han nacido ya en América, o incluso son americanos de varias generaciones. Se trata por lo tanto de un indigenismo “realista”, o si lo prefieren Vds., en términos más actuales, “españolista”.

             Las guerras de secesión, como es bien conocido, tienen un desenlace favorable a los españoles criollos, que desmontan el sistema de los virreinatos -cuatro para todo el territorio americano- y lo sustituyen por el de las repúblicas, una veintena al día de hoy, cinco repúblicas por cada virreinato… y eso que en el camino se dejan dos millones y medio de kilómetros cuadrados por el norte, que pasan de ser hispánicos a ser anglosajones: los estados del oeste estadounidense que eran mejicanos cuando España abandona el escenario americano, y son estadounidenses al día de hoy (California, Nuevo Méjico, Tejas, Colorado, Nevada, etc. etc.).

             Los nuevos gobernantes criollos de la región, ahora emancipados de la Corona, tienen que elaborar un nuevo relato histórico para justificar ante la mayoría indígena y mestiza el porqué de la sublevación y de la emancipación de España. Y comienzan la construcción del "relato indigenista”, elaborado por los propios criollos americanos de origen español, sobre los abusos de la Corona ante los indígenas, y la necesidad de que los españoles “americanos” se sublevaran para poner fin a ese estado de cosas .

             Con el correr del tiempo, los grupos de indígenas y mestizos empiezan a tomar conciencia de sí mismos, y se convencen de que están capacitados para tomar el control de la situación y de que no necesitan ser gobernados por esos “sucesores” de los españoles que son los criollos instalados en el poder. Pero eso sí, completamente embebidos ahora de un sentimiento antiespañol inexistente en origen. Y aunque dos siglos de lavado de cerebro le han borrado la memoria de que en el pasado pudieron estar mejor, lo que desde luego constatan es que la situación presente no es buena para ellos, y se halla sumidos en la pobreza y en la frustración.

             Y cuando finalmente se aúpan al poder como comenzamos a ver que ocurre en una gran cantidad de países hispanoamericanos, los indígenas que llegan a él ya no son indígenas “realistas”, que confiaban más en el rey y en sus funcionarios provenientes de la península que en los criollos. Son indigenistas envenenados, absolutamente atiborrados de la Leyenda Negra en la que han sido adoctrinados, precisamente, por los españoles. Pero no por los españoles realistas de antaño, no, sino por los republicanos acriollados que les sustituyen en el poder.

             Y así es como hemos llegado a este estado de cosas que contemplamos hoy: una serie de gobiernos hispanoamericanos ejercidos por indígenas y mestizos que observan frente a España el sentimiento contrario al que observaban sus tatarabuelos, y que revierten contra el Rey de España los reproches que les hacen, en realidad, a sus presidentes criollos republicanos, convirtiendo el discurso indigenista antaño proespañol en un discurso muy agresivo contra España.

             Y en aquellos países (Argentina, Méjico, sólo a modo de ejemplo) donde los indígenas y mestizos todavía no ejercen ellos mismos el poder, vemos sin embargo a sus gobernantes blancos (no necesariamente hispanodescendentes ya, pues en estos dos siglos se han incorporado a la demografía americana sucesivas olas de inmigración europea) ejerciendo y ejecutando el mismo discurso indigenista y antiespañol, -en algún caso incluso más agresivo que el que ejercen gobiernos genuinamente indígenas y mestizos-, como única manera de mantenerse algunos años más en el poder. Que serán muy pocos, por cierto.

             Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

 

  

            ©L.A.

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