En torno al 3 de marzo, memoria litúrgica de la beata Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), tenemos la posibilidad de retomar su figura y visualizarla como un punto de referencia muy actual. Uno de los argumentos que nos llevan a considerarla de esta manera se debe a que fue una laica y madre de familia. Es decir, alguien que supo administrar su tiempo de tal manera que, sin descuidar a los suyos, fue capaz de comprometerse con la fe y la sociedad. Ser laico, aunque está perfectamente avalado por la Iglesia; sobre todo, con el acento del Vaticano II, a veces no termina de comprenderse. Algunos piensan, incluso dentro de la Iglesia, que los laicos nos quedamos a un pie del seminario, cuando en realidad no es así. Se trata de una opción tan seria como las demás y Concepción Cabrera de Armida lo demuestra con total claridad. Nunca fue religiosa y aún así tenía, cuando menos, dos horas de oración al día. ¿Cómo le hacía? Buscaba la manera y, cuando ya era muy mayor, hacia el año 1936, tuvo un permiso especial del arzobispo de México para tener un oratorio privado en su casa de San Ángel, CDMX. Tal vínculo puede quedar sintetizado en sus propias palabras: "¡Oh, qué grande es Dios!, ¡qué bueno!, ¡qué santo!, ¡qué purísimo! Es todo amor y aquí se compendia cuánto pueda decir" (Diario T. 10, p. 153-156, mayo 14, 1898).

Lo relevante es que abrió camino. En su tiempo, realmente, no había teología de los laicos y ella, poco a poco, fue entendiendo su papel. Le ayudaron sacerdotes y obispos capaces. Por ejemplo, Mons. Ramón Ibarra y González, primer arzobispo de Puebla y otras figuras como las del V.P. Félix de Jesús Rougier y Mons. Luis María Martínez, quien llegó a ser arzobispo de México de 1937 a 1956. Sólo por citar a los más conocidos. También en eso tiene algo que decirnos. Supo trabajar con los religiosos. A veces, la relación entre los laicos y los sacerdotes es tensa, de poco entendimiento, lo cual, desde luego, se tiene que superar, pues se trata de un complemento. Así lo vivió ella. Hizo equipo con los consagrados y dio vida a dos ramas. En 1897, a las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús y, en 1914, junto con el V.P. Félix Rougier, a los Misioneros del Espíritu Santo.

Llegados al párrafo que ahora nos ocupa, podemos recapitular las primeras dos enseñanzas que nos deja. En primer lugar, reconocer el valor de la misión de los laicos y, desde ahí, la necesidad de saber cómo hacer equipo con los consagrados. No desde la posición de superioridad, sino como compañeros de camino. Concepción Cabrera de Armida recordó, teológicamente, pero también de forma práctica, el valor del sacerdocio bautismal. Todos, por el bautismo, somos sacerdotes; es decir, un puente entre Dios y el mundo de hoy, acercando así la opción de Jesús a los diferentes sectores de la sociedad. Tanto en las grandes ciudades como en las periferias. Fue comprendiendo que de Cristo surge la acción sacerdotal en doble vertiente (bautismal y ministerial). Así lo explicaba: "De esa derivación viene el sacerdocio espiritual y místico: los religiosos y los laicos en el mundo forman parte del sacerdocio… (cf. Diario T. 53, p. 86, noviembre 29, 1928). No se trata de una confusión entre los ordenados y los que no lo son, sino de dos acentos dentro del mismo enfoque sacerdotal del que solamente Jesús puede ser el origen y la meta.

Muchas cosas que actualmente se han asimilado sobre el sacerdocio bautismal y el papel de los laicos nos vienen de la beata Concepción Cabrera de Armida. Por eso es importante conocerla y darla a conocer. Su dinamismo la llevó a una frase suya muy interesante y con la que Fr. Marie-Michel Philipon, O.P. (su primer biógrafo a nivel internacional) abre la primera parte del “Diario de una madre de familia” (cuyo prólogo está fechado en 1972): "Ante mis ojos se desarrolla mi vida como un film: alegrías y sufrimientos, mi matrimonio y mis hijos, y las obras de la Cruz".

Tenemos una beata que supo vivir la fe desde lo normal de cada día. Supo cuidar a sus hijos, administrar correctamente los bienes de los que dispuso, viajar, conocer culturas y encontrar a Dios en cada gestión para la fundación de las Obras de la Cruz. En casa, de camino, siempre dispuesta, alegre, inteligente, con capacidad de construir relaciones sociales sanas, etc. Toda una referencia para nosotros. Admitía, con total naturalidad, que en la oración llegaba a sentir sueño o llenarse de distracciones, pero justo por eso es grande, porque fue humana, normal, y en esa normalidad, encontró a Jesús, bajo los acentos de Sacerdote y Víctima, y vivió una experiencia tan interesante como profunda. Hoy la recordamos y la tomamos como un ejemplo a seguir.