El debate a cinco lenguas de ayer en el Senado es la fotografía de la necedad y la estulticia absolutas en las que se halla sumida la clase política de este país. Y así, mientras la problemática nacional versa sobre cuestiones "tan nimias" como si habrá dinero o no para pagar las pensiones de nuestros cinco millones de jubilados, si podremos sostenernos o no en el euro, si las familias con todos sus miembros en el paro son un millón o incluso más, si superamos o no los cinco millones de parados, si los ayuntamientos tendrán dinero para pagar no ya a sus proveedores sino a sus empleados, si en España se producen todos los años más de cien mil abortos, si los niveles de la educación española son los más bajos de toda la Unión Europea, en el Senado español, un señor con el bachiller justito y reconocida dificultad para expresarse en su lengua natal, hace el alarde de dirigirse a un auditorio en el que todos sus miembros podrían entenderle en esa lengua por ser la común de todos, pero no lo hace en ella, sino en otra que ha empezado a estudiar a marchas forzadas hace unos meses y que habla incluso peor que la primera, lengua que, por otro lado, él mismo ha impuesto como única lengua administrativa, educativa y comercial a todos sus conciudadanos... menos a sus hijas, a las que para preservar del maligno sistema, manda a un colegio alemán. Espectáculo miserable posible gracias a un ejército de traductores a los que no paga el señor-con-dificultad-para-expresarse-en-su-propia-lengua-que-lo-hace-en-una-que-está-aprendiendo-la-cual-habla-aún-peor-que-la-suya-propia-cuyo-estudio-impone-a todos-sus-conciudadanos-menos-a-sus-hijas, no... sino Vd. y yo... ¡Y esto, el mismo día en el que el Gobierno le está congelando las pensiones a los más desvalidos de la sociedad!
 
            Pues bien, veamos lo que al respecto dice la Biblia y comentémoslo después:
 
            “Al principio, todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad desde oriente, hallaron una vega en el país del Senaar y allí se establecieron. Entonces se dijeron el uno al otro: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra.»
            Bajó Yahvé a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y pensó Yahvé: «Todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y éste es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Bajemos, pues, y, una vez allí, confundamos su lenguaje, de modo que no se entiendan entre sí.»” (Gn. 11, 1-7).
 
            Observen Vds. que el lugar donde todo esto aconteció se llamaba Senaar. La pregunta que dirijo a los grandes biblistas mundiales es la siguiente: ese Senaar del que habla el Génesis... ¿no será, acaso, el Senado español?