Me hace gracia la expresión que ha usado mi amigo bloguero Alberto Royo para calificar a los que critican a los neocatecumenales sin tener resultados en su haber.

A veces me pregunto qué ocurriría si cada miembro comprometido de la Iglesia trajera tan sólo una persona a la misma, la cual tuviera la gracia de vivir una experiencia de conversión.

Si hiciéramos una auditoría a clérigos, seglares y religiosos para saber cuántos de ellos han visto y acompañado a alguien en su conversión en los últimos diez años, probablemente llegaríamos a conclusiones de lo más desalentadoras.

Es pura matemática, si del 15% de españoles que van a misa, cada uno hubiera sido medio para que tan sólo una persona hubiera encontrado a Dios,  tendríamos más del 30% de los españoles convertidos. Y si este 15% nuevo hiciera lo mismo…ni qué decir tiene que podríamos tener un panorama muy diferente al panorama eclesial actual.


Seguro que están pensando que eso de las matemáticas y Dios no se compadece muy bien, y que es bien injusto pretender medir las conversiones, olvidando que la oración y la vida entregada son también usadas por Dios de manera silenciosa y misteriosa, sin que nunca  lleguemos a ver el fruto.

Tienen razón, pues yo hablo desde la perspectiva de la evangelización pura y dura, y hay más perspectivas que obviamente estoy dejando de lado para centrarme en un tema que considero que falta.

 Pero imagínense una organización que se dedica a producir rosquillas, que tuviera excelentes fábricas, tiendas por todo el mundo, miles de empleados…y al final resulta que no se dedicara a vender rosquillas, limitándose a tenerlas en el escaparate…entonces se podría aplicar aquello de que nadie se come una rosca.

Más aún, imaginemos que para dar salida al género alguien tuviera una idea todavía peor: que los propios empleados se dedicaran a comer rosquillas, sin salir afuera para venderlas, y se dedicaran día y noche a producir para ellos mismos. De esta manera las cifras de consumo darían el pego, pero obviamente la empresa seguiría sin vender rosquillas, por más que consumiera toneladas.

En ese caso, el esfuerzo de tanta producción no sería sino una triste parodia de lo que la empresa podría llegar a ser, y toda la cadena de producción estaría dando vueltas en círculo en torno a sí misma, sin realmente llegar a ninguna parte.

¿Se podría aplicar esta parábola a la Iglesia europea actual, cuya labor evangelizadora se realiza entre convertidos y apenas llegan conversiones a la misma? Los números cantan y basta acercarse a cualquier parroquia para darse cuenta de que no hay reemplazo. Incluso empieza a ocurrir en muchos de los grandes movimientos.

Todo esto suena muy mercantilista, así que me he puesto a pensar en pasajes mercantilistas en los Evangelios y me he acordado de la parábola de los talentos.

Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses.” (Mt 25, 14-30).

Parece que a Jesús eso de rendir y producir beneficio -para el Reino de los cielos, claro está- no le parecía en absoluto escandaloso.

Además se permitía animar a sus discípulos a vender el género gratis -“dad gratis lo que habéis recibido gratis” - y por si esto fuera poco, no dudaba en enviarles por Galilea entera a predicar la buena noticia, sin nada de repuesto- sandalias, bastón, túnica- a “sanar a los enfermos y expulsar a los demonios”. (Mt 10, 7-10)

Si leemos el pasaje de la Ascensión, lo último que dice Jesús a los discípulos es aquello de “id por el mundo entero y predicad el Evangelio” (Mc 16,15). De mis años de catequista de confirmación si algo me queda claro es que al confirmarnos, nos hacemos miembros plenos de la Iglesia, asumiendo esta obligación evangelizadora, mandato del Maestro.

Interesantes palabras del fundador de una “organización”, la Iglesia, cuya función principal es que todos los hombres se salven y que todos tengan vida, y ésta en abundancia (Jn 10,10).

 El Catecismo llama a la Iglesia “sacramento universal de salvación” (CIC 774). Aunque ojo, para Jesús está claro que no basta con tener el carnet de la organización, por lo que no se contenta con la estadística fácil del número de bautizados, ni siquiera la del número de gente que va a Misa. El nos dice: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15,14).

Creo que San Pablo lo entendió más que bien cuando exclamó aquello de “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16)


El problema es que no se trata de que el San Pablo de turno evangelice en la iglesia cómodamente todos los domingos. Lo decían en una prédica a la que asistí el otro día:

la verdadera misión de la Iglesia no es predicarles a ustedes que me están escuchando porque vienen a la iglesia, sino llegar a los de fuera, al mundo. No me puedo conformar con predicarles a los dentro; los que realmente han de llegar afuera son los laicos que están en contacto con el mundo”.

Qué interesante ver que el sacrificio central de la vida del cristiano, cima y cumbre de su vida, la Eucaristía, termine con las palabas “ite misa est” de donde viene la palabra Misa, traducida pobremente por “podéis ir en paz” cuando en realidad es algo así como “partid, sois enviados en misión evangelizadora”. Y es que la Misa en el sentido de esta frase de envío,  comienza cuando salimos al mundo exterior a dar lo que hemos recibido.

¿Puede por tanto haber una verdadera Eucaristía si no hacemos partícipe de ella al mundo entero? Por bien que nos sintamos y por muchos misticismos que vivamos, por enorme que sea el valor de una Misa- de hecho es infinito- el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo incluye la historia entera de la humanidad, y todos los pecados del mundo, no sólo los de los que van a Misa.

 

Por eso deberíamos evangelizar a espuertas, como quien vende rosquillas.

Como diría Hamlet, algo huele a podrido en Dinamarca cuando una comunidad cristiana no bascula sobre el eje de la evangelización, sino sobre un mantenimiento de obras buenas, de caridad, de piedad, o de lo que sea…edificantes, eso sí, pero las más de las veces estériles en términos de evangelización, sin que nadie haga nada para remediarlo.

Imagínense a los ingenieros de esta ficticia empresa, con sus doctorados en hacer rosquillas, diseñando planes, haciendo reuniones diarias y semanales, asistiendo a conferencias internacionales sobre las rosquillas, cuando la cruda realidad es que nadie se come una rosca…menos Kiko Arguello y unos pocos más, que tienen claro dónde está la prioridad a la que llama el Magisterio en los tiempos que corren hoy en día.

Desgraciadamente, en España hay mucho paro, y me temo que el problema de la Iglesia es el contrario, pues todos los pocos que están, trabajan a mil, y aún así cualquiera diría que el invento no fluye, cuando  algo tan básico como vender rosquillas no funciona…