Hay una hermana voluntaria, María Matos, de 83 años, que asiste en la cárcel de mujeres jóvenes y mayores que cumplen una condena, una pena, y a la que todas ellas adoran y veneran por su testimonio cristiano de amor y de ayuda.

Una testigo afirma que:  
- «Hay muchas internas que la adoran. Una reclusa drogadicta a la que vieron morir a causa de sus problemas de salud, daba gracias a Dios por haber encontrado al final de su vida: A una persona que la amaba; que creaba un ambiente en el que su presencia, le hacía recordar a su madre, a su familia».

La hermana María, que todo lo hacía por amor y como voluntaria, añadía:   
- «Insisto, sólo vamos a quererles, y ellos captan a la legua, de inmediato, quien los quiere, quien los ama de verdad, y quienes no».

Como aquella reclusa que no creía en Dios, pero al ver el amor, el cariño, la ternura, la dedicación y entrega total de aquellas voluntarias que amaban a JesúsDios- afirmaba: 
Si por ese Dios vosotros venís a vernos y nos ayudáis, empiezo a pensar que ese Dios… ¡que mola!».

Un autor afirma: «Sería muy triste que, para nosotros, Dios fuera solamente un concepto. Se puede tener fe en un concepto, pero no amarlo…»

José María Mendiola, escritor, nos dejó una experiencia que le impactó:
"Había una monja guipuzcoana, que nació en Zumaya hace un centenar de años -no recuerdo su nombre, lo lamento-. Ella decía algo parecido a esto:
-«No tengo necesidad de tener fe en Dios puesto que, lo siento, lo experimento vivo, dentro de mí»."