Aunque el reconocimiento de nuestros pecados, al comienzo de la Eucaristía, no es el acto penitencial de la Reconciliación, es un hecho importante. Implica además un tiempo de reflexión. A veces, el propio sacerdote, antes de terminar la monición, ya ha comenzado el Yo confieso, u otras fórmulas que lo suplen. No hay posibilidad físico-temporal para el más mínimo examen.

La invitación va dirigida a toda la comunidad. Somos pecadores. Es el momento de reconocer nuestros errores, bajo la mirada amorosa de Dios. “Escuchar en silencio la voz de la conciencia permite reconocer que nuestros pensamientos son distantes de los pensamientos divinos, que nuestras palabras y nuestras acciones son, a menudo, mundanas, guiadas por elecciones contrarias al evangelio”. Ante los hermanos confesamos que hemos pecado “de pensamiento, palabra y omisión”. El Papa subraya omisión con especial fuerza. “Esto nos ayuda a comprender la dimensión del pecado que, mientras nos separa de Dios, nos divide también de nuestros hermanos, y viceversa. El pecado corta: corta la relación con Dios y corta la relación con los hermanos, la relación en la familia, en la sociedad, en la comunidad: El pecado corta siempre, separa, divide”.

Acompañamos las palabras con un golpe de pecho. Indica que nos hacemos responsables de nuestros pecados. Nos cuesta, a veces, esta responsabilidad.

Un detalle importante es la invocación de los ángeles, santos y Virgen Madre. “Después de la confesión del pecado, suplicamos a la beata Virgen María los ángeles y los santos que recen por nosotros ante el Señor. También en esto es valiosa la comunión de los santos: es decir, la intercesión de estos «amigos y modelos de vida» nos sostiene en el camino hacia la plena comunión con Dios, cuando el pecado será definitivamente anulado”.

El acto penitencial se puede suplir por la aspersión del agua bendita, sobre todo en el tiempo pascual. Así recordamos nuestro bautismo, centro de nuestra vida cristiana. También se puede suplir con otras fórmulas que implican el Kyrie eleison. Es una expresión griega con la que aclamamos al Señor e imploramos su misericordia.

En la Sagrada Escritura tenemos figuras de personas penitentes que nos ayudan, con su ejemplo, a ser verdaderos con nosotros mismos: David: por una parte, un hombre según el corazón de Dios, por otra, qué débil. Posiblemente no tuvo tiempo para madurar tanta grandeza como le vino encima. Su decisión por el señor era clara pero su inmadurez personal mariposeaba por todas flores que aparecían en su camino.

En el Nuevo Testamento las personas que dejan su vida vieja y se adhieren a Jesús son muchas: Pedro, Zaqueo, la Samaritana…

“Medirse con la fragilidad de la arcilla de que estamos hechos es una experiencia que nos fortalece: mientras que nos hace hacer cuentas con nuestra debilidad, nos abre el corazón a invocar la misericordia divina que transforma y convierte. Y esto es lo hacemos en el acto penitencial al principio de la Misa”.