Sí señor, lo has adivinado: esto va de los Retiros de Emaús.

Acabo de hacer uno. Y estoy feliz.

Sé que suena a tópico pero es la verdad. Si conoces a alguien que lo haya hecho seguro que te ha dicho que le ha encantado, que ha vuelto feliz. Pero no te habrá contado nada, ¿a que no?

A mí me pasó lo mismo. La persona que me animó a hacerlo sólo me dijo que tenía que hacerlo, que me iba a gustar mucho y que me iba a ayudar. Y tenía razón.

Nadie cuenta lo que pasa en ellos y eso nos parece raro, pero tiene una razón de ser y cuando lo haces lo entiendes.

En Internet hay información sobre esto, información general: su origen, dónde se hacen, testimonios y opiniones de todos los colores.

A mí me bastaba con lo que decía la persona que me invitó a hacerlo, confío plenamente en ella y no traté de sonsacarle. Cuando leí distintos testimonios todos eran parecidos: que si me ha cambiado la vida, que si es una maravilla, que si ahora soy más feliz que antes de hacerlo…  Eran testimonios de personas conocidas, de prestigio, así que me daban confianza.

También he oído decir lo mismo a personas anónimas, así que si el río suena… agua lleva.

Por fin me decidí a hacerlo y allá que me fui, muy intrigada ante tanto secreto y sorpresa pero sin morbo. Abierta a todo, como me habían aconsejado. Abierta sobre todo a lo que el Señor quisiera regalarme.

El retiro se basa en la lectura en profundidad del pasaje del evangelio de los discípulos de Emaús: Lucas 24, 13-35. Ellos habían conocido a Jesús de Nazaret y habían creído en Él, pero después de su crucifixión se volvieron a su casa tristes, desanimados, desconcertados, desinflados…

Y por el camino se les unió un tipo que les preguntó qué les pasaba, porque se les notaba que no estaban bien. Y así, haciéndose el tonto, Jesús les dio la oportunidad de que abrieran su corazón y así poder meterse en él.

Y se sentían tan a gusto con Él que, cuando hizo ademán de seguir su camino le invitaron a quedarse con ellos, porque ya era de noche y ¿a dónde iba a ir? Que se quedara con ellos y ya seguiría su viaje al día siguiente.

Y cuando Jesús partió el pan, ¡zas!, le reconocieron. ¿Por qué no antes, por qué justo en ese momento? Pues no lo sé pero podría ser que al alzar los brazos con el pan se fijaran en sus manos y vieran las cicatrices de los clavos. Claro, mientras andas con alguien o le miras a los ojos o miras al suelo para no tropezarte, pero no te fijas en las manos.

El caso es que Jesús desaparece de repente y ellos empiezan a decir que qué bien se sentían mientras les hablaba por el camino, que sus corazones ardían mientras les explicaba las Escrituras. ¡Se habían dado cuenta de que era el mismo Jesús, resucitado! Y se sintieron tan felices que ellos mismos pasaron de la hora, de la noche y de la oscuridad y salieron pitando hacia Jerusalén para contarle a todo el mundo que era verdad que Jesús había resucitado, que habían estado con Él.

No te voy a dar detalles de cómo transcurre el retiro de Emaús, tendrás que ir y verlo tú mismo. Pero sí te voy a decir que es exactamente como lo que les pasó a aquellos dos: ir por la vida triste, desinflado, desanimado, agobiado, preocupado o simplemente algo cansado de las cosas de la vida, cargando con tu mochila y que Jesús te sale al encuentro como quien no quiere la cosa. Pero no, Él se ha fijado en ti hace mucho y sabe que hay cosas que te pesan, que te duelen. Y se hace el encontradizo contigo y te pregunta qué te pasa, porque si se planta ante ti a la fuerza invadiendo tu intimidad, te cierras en banda, como es natural.

Él se une a ti en el camino y te pregunta qué te pasa, y tú le vas contando con naturalidad, si quieres, si te apetece, si te da la gana. Y así le vas mostrando tu alma y Él va tomando tus pesares, tus heridas, tus pecados y va llenando los huecos con amor y más amor y más amor.

Sé que suena cursi, empalagoso, pero ya verás cómo no lo es en absoluto. Es real y lo tocas con las manos.

Jesús te conoce desde antes de que fueras engendrado. Se sabe toda tu vida entera, hasta lo que nadie sabe, hasta lo que tú mismo no entiendes. Y está deseando que sepas cuánto te ama, a ti en particular, no “a todos”. Está deseando que conozcas su amor, que lo sientas dentro de ti, que lo experimentes.

Y eso en los Retiros de Emaús se conoce, se siente, se experimenta, se toca, se palpa, se respira, se mastica.

Si alguien te invita a uno es porque te conoce bien y te quiere mucho. Escucha a esa persona y hazle caso.

Por suerte en España hay muchas parroquias que los organizan. Esto es importante: los retiros de Emaús están aprobados y bendecidos por la Iglesia. Los grupos de Emaús se establecen en parroquias siempre con el permiso del obispo de la diócesis y del párroco del lugar. Así que todos tranquilos, que no son nada malo ni raro.

Mientras estaba en el retiro pensaba “qué pena que sólo se pueda hacer una vez en la vida”, pero ahora no me da ninguna pena. Lo he disfrutado tanto, he gozado tanto y he aprendido o redescubierto tantas cosas acerca de la fe que ¡estoy súper contenta! Y muy agradecida: al Señor por el primer Emaús de la Historia, a Myrna Gallagher por haberlos inventado, a los obispos españoles por dar el permiso, a la parroquia y a las personas que organizaron el mío y sobre todo a mi hermano pequeño, que fue la primera persona que me habló de ellos y que perseveró y perseveró hasta que fui.

Y ha sido tan buena la experiencia que animo a todo el que lea mi blog a hacer uno. ¡Y ya me contaréis!