He acudido anteayer a la charla impartida por un gran amigo mío, Alfonso Rodríguez Maroto –de Guerra hablaré luego, éste es otro Alfonso- sobre ética empresarial. En el interesantísimo debate que suscitaron sus reflexiones, salió como era de esperar el tema de los beneficios empresariales, sobre el que se vertieron valiosas aportaciones.
 
            Yo creo que más para provocar que porque verdaderamente creyera en lo que decía, hubo entre los presentes quien se manifestó vehemente contrario a que las empresas produzcan beneficio, y casi identificó los beneficios como el cáncer del capitalismo. Pues bien, antes que el contertulio en cuestión aunque en ocasión distinta de la tertulia a la que ahora me refiero, semejante idea ya la había expresado “brillantemente”, con ese verbo fácil que indudablemente le caracterizaba y aún hoy lo hace, ese gran protagonista de la transición llamado Alfonso Guerra, vicepresidente que fue del Gobierno de la nación, único diputado presente en las diez legislaturas democráticas de las que hasta la fecha hemos gozado en España, cuando en una de las numerosas salidas de pata de mesa que se gastaba con sus descamisados dijo aquello bien exabrúptico y populista de que “hay que acabar con er benefisio de lah empresah”.
 
            Desde mi punto de vista, hay un grave error en dicha concepción de las cosas, un error que probablemente estarían dispuestos a aceptar incluso mi contertulio de ayer y hasta el otrora Vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra, pero para que lo hagan, tendré que explicarme previamente.
 
            El hecho de que los beneficios se expresen en unidades monetarias –los seres humanos necesitamos de símbolos para expresarnos, de otra manera nuestro cerebro es incapaz de aprehender las cosas, ¿qué es el lenguaje sino un programa de signos para dar forma a las cosas en nuestra mente?- nos induce a confusión y a identificar los beneficios como un síntoma de execrable riqueza. Sin entrar a valorar lo que de execrable pueda tener la riqueza, -entiendo que nada si se destina a fines éticamente correctos-, lo cierto es que el beneficio no es identificable en modo alguno con la riqueza. El beneficio de las actividades empresariales indica tan sólo, más bien diría que nada menos, que esas actividades empresariales son simplemente viables, y que porque son viables, son desarrollables. Dicho de otra manera aún más gráfica, hasta el más desalmado, sanguinario y radical de los comunistas soviéticos, pongo por caso, querría que las empresas soviéticas tuvieran beneficios. Cosa distinta es qué se hiciera con los beneficios o a quién aprovecharan, pero hasta en la Unión Soviética, en la China maoísta o en la Cuba castrista, es de aceptar que para que una empresa sea viable, ha de tener beneficio.
 
            Como muestra un botón. Una empresa que no tenga beneficios y que para el Estado tenga mucha importancia, recibirá de éste subvenciones a fondo perdido. Pero es que desde el momento en el que esas subvenciones a fondo perdido se incorporan a la contabilidad de la empresa, pasan a formar parte, aunque sea de esa manera tan torticera, de su beneficio. Si, pongo por caso, esa misma empresa no recibiera del Estado esas subvenciones, entonces la empresa, carente de beneficios, no tendría otro remedio que echar el cierre, incapaz de seguir actuando en el mundo económico de su entorno, porque su actividad se iría desvaneciendo disipadamente como lo hace un azucarillo en un vaso de aguardiente.
 
            Pero es que además el beneficio, que muchos identifican, y el Sr. Guerra también, con el dividendo, esto es, el pago a los recursos del capital de la empresa, no es sólo el dividendo, es más, muy a menudo, es todo menos el dividendo, constituyéndose el capital en el único de los factores productivos que se queda sin la remuneración que en el proceso productivo le está asignado.
 
            Veamos: la primera aplicación del beneficio (digamos que después de haber pagado de acuerdo con lo pactado y correctamente a los trabajadores y, en los plazos establecidos, también a los proveedores y a los prestamistas), es la que se destina al mantenimiento de los elementos ya existentes de la maquinaria y la fábrica, las llamadas amortizaciones. La segunda es la que corresponde a los impuestos, llamados a generar bienestar social y reparto de riqueza (en esto como en tantas otras cosas, también hay mucha teoría, porque luego hay que ver las finalidades a las que se asignan muchas partidas del presupuesto, en este blog hemos analizado algunas). La tercera, visto que la actividad es viable, será la que se asigne a incrementar los recursos de la empresa para mejorar el producto, aumentar la producción, contratar más mano de obra (ojo, contratar más mano de obra, algo tan necesario en los tiempos que corren), etc. mediante los aumentos de capital con cargo a beneficios.
 
            Hasta aquí, no creo que ni el más socialista de los socialistas tuviera nada que objetar. Pues bien, sólo después de acometidos todos estos objetivos, se procede al más denostado de los que el beneficio está llamado a satisfacer, a saber, el de la retribución a quien puso el capital para que todo el proceso echara a rodar. Una retribución que, a menudo, son grandes capitalistas quienes la reciben, pero que, con no menor frecuencia, recibe el propio Estado, convertido en accionista de tantas grandes empresas; o los miles de pequeños accionistas (a menudo trabajadores de esas mismas empresas) que confían sus excedentes en forma de ahorro a la inversión en las mismas empresas en las que trabajan o en otras en las que confían aún más, lo que llevan a cabo a través de ese mercado ágil y transparente (por lo menos a ello aspira, luego como toda obra humana es corruptible) que se llama bolsa de valores.
 
            Dicho todo esto ¿sigue siendo tan malo el beneficio como para que el Sr. Guerra quiera acabar con él? Es posible que ni después de todo lo dicho, el Sr. Guerra abdique de envenenar a los trabajadores con el tema de los beneficios. Pero si se empecina en hacerlo, que, al menos, lo exprese bien: con lo que el Sr. Guerra querrá acabar será con los dividendos, no en modo alguno, con el beneficio, sin el cual, no habría ni para pagar a los trabajadores. Claro que vista la afición de los socialistas a crear paro, que cada vez que cogen el Gobierno nos dejan en cuatro o cinco millones de parados, a lo mejor resulta que el Sr. Guerra no mentía tanto, y su verdadera intención era la de acabar con las empresas que producían beneficios, y no sólo con las que repartían dividendos.