Podía haber sucedido en cualquiera de nuestras ciudades. Podemos ser nosotros protagonistas o, por lo menos, artífices, de esto que se nos cuenta1

Caminaba por una calle un anciano sacerdote y en dirección contraria venía un hombre muy intelectual, muy incrédulo. Al ver al sacerdote se dijo para sí: “-me voy a reír de este viejo cura”. Y acercándose a él y en tono socarrón le dijo: 

- Señor cura, ¿podría decirme dónde está el cielo? 

El anciano sacerdote, haciendo caso omiso de la socarronería, contestó:

- Sí, hijo, mira. Cerca de aquí está la calle Ulloa. Te llegas a la casa nº 43, subes al quinto piso, llamas y allí verás el cielo. 

El incrédulo quedó un tanto desconcertado ante la respuesta y la seguridad del sacerdote. Así que le picó la curiosidad de saber qué había en aquel ático y fue a la casa indicada. Subió al piso y llamó. Se abrió la puerta y el incrédulo se encontró en una habitación pobre, y acostado en una cama estaba un anciano. Su mujer, la anciana que abrió la puerta al visitante, explicó: 

- Es mi marido. Está paralítico. Yo, que estoy bien, puedo atenderle.

 

El incrédulo se llenó de pena y compasión, y preguntó a la anciana: 

- ¿Y nadie más les ayuda? 

- Sí, la parroquia nos ayuda a pagar el alquiler y la luz. También nos traen algunos alimentos, y también los parroquianos nos limpian la ropa y mandan a gente que me ayuda a limpiar la casa. 

El incrédulo dijo a la viejecita: 

- Bajo a la calle y enseguida vuelvo. 

Al cabo de un rato, volvió con un gran paquete que contenía azúcar, vino, leche, galletas, aceite, huevos, pan... 

El incrédulo dijo al anciano matrimonio:

- De vez en cuando volveré. 

Y volvió más tarde con una estufa, con mantas, con cosas que podrían serles útiles. Cuando el hombre bajaba las escaleras, sintió tal felicidad y gozo por el bien que había hecho, que se repetía: “Tenía razón el viejo cura; en este piso estaba el cielo y en él he encontrado la felicidad”.

 

¿Dónde está Jesucristo resucitado? ¿Adónde tenemos que acercarnos para poder introducir nuestros dedos incrédulos en las llagas abiertas del Señor resucitado? Vamos a acercarnos otra vez a los Evangelios; a los Evangelios que a lo largo de estos días se han proclamado en la octava de Pascua. 

¿Creían o no creían los apóstoles que Jesús había resucitado?

- Juan creyó lo dicho por la Magdalena cuando vio el sepulcro  vacío (Jn 20, 8).

- Pedro, en cambio, se quedó estupefacto (Lc 24, 12).

- Los demás apóstoles, cuando recibieron la noticia dada por las  mujeres, opinaron que deliraban (Lc 24, 11).

- Los discípulos de Emaús esperaban (en pasado) que hubiera redimido a Israel (Lc 24, 21). 

¿Era total su incredulidad?

Hay muchos que, como los de Emaús o Santo Tomás, creían que Jesús era un profeta poderoso en obras, enviado por Dios al pueblo (Lc 24, 19). Creían que fue un profeta. No creían en la resurrección. Al menos, no la esperaban. 

Y podemos hacer una tercera pregunta: ¿cuál era la causa de su estado de ánimo?

La principal, el no haber entendido el misterio de la redención por vivir apegados a una interpretación mesiánica puramente humana. Podríamos decir que una carencia de criterio sobrenatural y un sentir puramente humano:

a) Nos consta, porque, a pesar de la insistente predicación del Señor, en la última peregrinación a Jerusalén todavía disputan por los primeros puestos del gobierno futuro (Mt 20, 24).

b) Y el mismo Martes Santo preguntan por las señales de su venida para reinar visiblemente (Mt 24, 3). 

Además, la falta de espíritu sobrenatural produce la tristeza ante el fracaso. Todo lo que cuentan los de Emaús provoca en ellos mismos un estado de hundimiento total. 

Y en tercer lugar, está el miedo por lo que pueda ocurrirles a ellos. Por miedo a los judíos y a las autoridades romanas, estaban encerrados. 

Así pues, hoy como entonces, criterios puramente naturales -en vez de sobrenaturales-, tristeza y miedo, constituyen un verdadero complejo, cuyo fruto es la incredulidad en el hecho de la redención. 

Y ahora, lo importante: cómo actúa Jesús. Jesús sale a nuestro encuentro, como hizo con los de Emaús. A ellos sale a buscarlos, como hace con Tomás. Les convence mostrando sus heridas, dejándose palpar, comiendo con ellos. Completa su instrucción recordándoles las profecías, cuyo sentido entienden entonces. Y les trae la paz. La paz esté con vosotros.  Esto es lo que hace Jesús resucitado con los suyos, con nosotros. ¿Y qué hace con Tomás? Lo mismo: Jesús va a su encuentro. Se somete a sus exigencias. Nos muestra la caridad para recobrar la oveja perdida. No solo nos dice que hay que buscarla, sino que sale a buscarla Él mismo; sale a su encuentro. Y nos enseña las formas que hemos de utilizar para que la oveja perdida vuelva otra vez: la dulzura y la afabilidad con aquel que se obstina. 

Cristo no tiene un falso concepto de lo que es obtener una victoria, haciéndole reconocer al pecador su grandeza y poder soberano. Cristo baja con humildad desconcertante al abismo de la criatura para conquistarla2

Y es entonces cuando Jesús aprovecha el momento para curar nuestra presunción, estableciendo como una nueva bienaventuranza, la de la fe: Dichosos los que no han visto y han creído.

Dichosos nosotros, pues. Es necesario que salgamos a buscar a Cristo resucitado, en primer lugar en los sacramentos, en la Eucaristía, en la renovación permanente que se tiene que dar en nuestra vida a través del sacramento de la Penitencia, para limpiarnos y acercarnos así a Jesucristo y después al hermano. 

No nos quedemos solo en las anécdotas o en los cuentos. Busquemos la realidad con la que Cristo nos enseña hoy a acercarnos al otro. 

Cristo dijo a Tomás: Porque me has visto, has creído. Dichosos los que no han visto y han creído (Jn 20, 29). Todo ser humano  tiene en su interior algo de apóstol Tomás. Siente la tentación de la incredulidad y se plantea las preguntas fundamentales: ¿Es verdad que Dios existe? ¿Es verdad que el mundo ha sido creado por Él? ¿Es verdad que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado? La respuesta surge junto con la experiencia que la persona hace de su presencia. Es necesario abrir los ojos y el corazón a la luz del Espíritu Santo. Entonces a cada uno le hablarán las heridas abiertas de Cristo resucitado3.

También hoy creer en Jesús, seguir a Jesús tras las huellas de Pedro, de Tomás, de los primeros Apóstoles y testigos, conlleva una opción por Él y, no pocas veces, es casi un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es invitado a ir contra corriente para seguir al Divino Maestro, para seguir al Cordero a dondequiera que vaya (Ap 14, 4)... 

Quizá a nosotros no se nos pedirá derramar la sangre, pero ciertamente sí se nos pedirá la fidelidad a Cristo para vivir el cielo que se nos tiene prometido, entregándonos aquí a los otros, a Él mismo. Y después, el cielo eterno, la vida que no pasa, la resurrección que el Señor nos promete y nos facilita Él mismo resucitando de entre los muertos. 

Fidelidad a Cristo. Fidelidad hasta la muerte. Una fidelidad que se tiene que llevar a todas las situaciones de cada día. 

Y esto solo es posible encontrándonos con Él. Lo escuchábamos en la segunda lectura: Yo soy. No temas. Soy el primero y el último. Soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos. Tengo las llaves de la muerte y del infierno. Escribe, pues, lo que veas. 

Pidamos al Señor resucitado y a su Madre Santísima que nos alcancen vivir en Cristo mismo, escribir toda nuestra vida desde el Señor resucitado. Porque me has visto has creído, nos dice el Señor. Dichosos vosotros, paz en vuestro corazón. Manteneos firmes y vivid en la fe. Vivid llenándoos del amor que os ofrezco. 

La fe en el Señor resucitado vale más que la vida. Que seamos fieles hoy y siempre.

 

PINCELADA MARTIRIAL

El beato Julio Junyer Padern nació en Vilamaniscle (Gerona) el 31 de octubre de 1892. Fue alumno de los salesianos de la capital gerundense. Profesó en 1912 y recibió el presbiterado en 1921. Quedó inscrito en la comunidad de Girona en 1931, como encargado de estudios.

El sábado, 11 de julio de 1936, una vez acabados los exámenes, los alumnos internos del colegio comenzaron a marcharse con sus familias. Todo discurría con normalidad. Pero, a los ocho días, todo cambiaba. El lunes, 20, por la tarde, algunos salesianos se decidieron a quitarse la sotana que llevaban y, vestidos de paisano, se dispersaron. Sea como fuere, había que sortear el peligro. 

El padre Junyer se refugió, primero, en la casa de sus padres (Vilamaniscle, 15 meses hasta octubre de 1937); después, pasó tres meses en un piso de Girona juntamente con el salesiano laico Gaspar Mestre Beltrán (hasta mitad de enero de 1938); finalmente, fue arrestado, juzgado, condenado por «espionaje y alta traición», y encarcelado hasta la muerte (algo más de tres meses).

Don Nemesio Delgado Castañeda, sacerdote salesiano y testigo inmediato de los últimos días del padre Junyer, narra algo de la noche pasada en capilla, en los calabozos del castillo de Montjuic, en Barcelona:

«El 25 de abril [eran las diez de la noche], viene el oficial de las cárceles a anunciar a don Julio que debe entrar en capilla [...]. Pasamos la noche con él; se confesó y recibió la comunión. Más que otra cosa, fue una noche de silencio y oración». De madrugada -día 26, fiesta de San Juan Bosco por aquel entonces-, don Julio aún tuvo fuerzas para escribir, a lápiz, dos notas. 

 En la primera, dirigida a su primo Francisco García Junyer, le decía:

«Ha llegado el día último de mi vida y a ti, y a toda la familia, dirijo mi últi­mo saludo, que quisiera ser un abrazo. Os espero en el cielo, al cual espero poder ir por la misericordia de Dios. Muero inocente; y ofrezco mi vida al Señor por el bien de la Iglesia y de España». 

Su último acto de apostolado sacerdotal fue bendecir la unión matrimonial de dos extranjeros acusados de espionaje. Fue asesinado en los fosos del Castillo de Montjuic, hacia las siete de la mañana del día 26 de abril de 1938. Julio Junyer Padern es el último salesiano martirizado durante de la persecución religiosa en los días de la Guerra Civil Española.

 

1 GABRIEL MARAÑÓN, Ejemplos y narraciones. Para catequistas, educadores y padres de familia, página 248. (Madrid, 1998). 

2 Cardenal Ángel HERRERA ORIA,  Verbum vitae. La palabra de Cristo.  Tomo IV, pág. 179 y siguientes. (Madrid, 1954).

3 San JUAN PABLO II, Durante la vigilia de oración en Tor Vergata (Roma) el 19 de agosto de 2000.