Una vez más, celebrando el centenario del nacimiento del Cardenal Marcelo González Martín, recuperamos el comentario a las lecturas de este domingo que apareció publicado en ABC el 14 de junio de 1997.

UNA VEJEZ FECUNDA

«Dos expresiones del salmo 91 nos ayudan a formular el comentario a las lecturas del día. El justo crecerá como la palmera y en la vejez seguirá dando frutos. Son dos imágenes muy significativas y oportunas descritas con el lenguaje de las cosas sencillas y simples como es el de la primera lectura del libro de Ezequiel. Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré para que eche brotes y dé frutos. Anidarán aves de toda pluma y se verá claro quién es el Señor que humilla y enaltece, que seca el orgullo y hace florecer la sencillez. Por eso al hombre justo el Señor le hará crecer de tal manera que su vida dará fruto con tal fuerza y vitalidad que su vejez será fecunda. De los pequeños y sencillos el poder de Dios hará brotar árboles frondosos.

La idea del reino de Dios como una pequeña semilla que ha de florecer aparece ya en el Antiguo Testamento y Jesucristo recurre a ella con frecuencia. La encontramos en este fragmento de Ezequiel y en las dos parábolas del evangelio de san Marcos, la del labrador que hecha simiente en su tierra y la del grano de mostaza, la semilla más pequeña que después se hace más alta que las demás, con grandes ramas donde anidan los pájaros.

La fuerza de la semilla que así crece solo puede estar en la vida de los hombres que con su dedicación y su sacrificio hacen avanzar la cultura y la civilización de los pueblos. Pero desde el punto de vista cristiano no es el poder y la fuerza lo que hacen crecer el árbol sino la fidelidad al Evangelio, la modestia, la sencillez, la confianza en Dios, la constancia, la entrega diaria.

La Iglesia será cada día más joven y vigorosa en el corazón de cada hombre y cada mujer que sirvan mejor a los demás, que amen a todos, que sean más desprendidos, generosos y magnánimos, que favorezcan a los más necesitados, que no intenten en su orgullo ser protagonistas salvadores de la humanidad, sino cauces llenos de confianza en el poder del Señor por los que pase el mensaje de Cristo. Hombres y mujeres que trabajan y se afanan por mejorar las condiciones de vida de los demás pero conscientes de que lo importante llega sin que ellos lo sepan, y caminan sin verlo, pero guiados por la fe, como dice san Pablo. Viven junto al Señor, aunque a veces parezca que les falta apoyo bajo los pies y que no tienen respuesta para tantos porqués que atormentan a los demás. Ellos no se atormentan, en destierro o en patria se esfuerzan por agradar a Dios y cumplir la ley.

La Iglesia no puede renunciar nunca a su misión. El Señor nos juzgará por lo que hagamos en pro o contra de la verdad del Evangelio. Él nos invita a actitudes de perseverancia y humildad. Hemos de ser como los agricultores que siembran con esmero y sacrificio y como ellos esperamos pacientes los frutos que se alzarán como cedros del Líbano.

Medios pequeños y pobres pueden facilitar resultados maravillosos; las apariencias ostentosas y las fatuidades no cuentan. Deberíamos preguntarnos constantemente cómo prestamos nuestra ayuda personal a la Iglesia para que en las ramas de los árboles se cobijen cada vez más las aves del cielo que vuelan sobre la tierra».

Lo mismo nos recuerda el papa Benedicto XVI[1] comentando este Evangelio:

«La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy (la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza) ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce.

El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios.

Que la Virgen María, que acogió como “tierra buena” la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza».

 

PINCELADA MARTIRIAL

Nos cuenta la web del Arzobispado de Tarragona que el beato Luis Domingo Mariné, nació en El Morell (Tarragona) el 10 de mayo de 1911. Pocos días después era bautizado. Tras realizar los estudios eclesiásticos fue ordenado el 30 de junio de 1935, un año antes de que estallase la guerra civil española.

Era vicario del Pont d´Armentera (Alt Camp). De un gran espíritu sacerdotal y juvenil, la caridad, la humildad y la castidad relucían en él de una manera extraordinaria. Se conserva una carta donde leemos:

«Estudia mucho, sí, porque la Iglesia necesita hombres de ciencia, pero reza mucho más. El estudio bien orientado y con recta intención es una verdadera oración. Todo este tiempo que desempeño de vicario hago mi lectura espiritual sobre la biografía de san Juan Bautista María Vianney [...]. Si tuviéramos fe como un grano de mostaza, esta fe, solo con el contacto con Jesús, nos santifica. Entonces comprenderíamos qué significa ser íntimos de Jesús. Sin embargo, somos un grupo de locos» (19 de marzo de 1935).

Al estallar la revuelta no dejó al Señor, sino que, tras sumir las Sagradas Formas, se escondió en la montaña. Auxiliado por varios feligreses, finalmente se le buscó una casa en el pueblo. Cuando se enteraron los revolucionarios, dos hombres y una mujer, el 5 de agosto de 1936, hacia las 4 de la tarde, fueron a buscar a Mn. Luis Domingo. Este primero se confesó con el párroco y después se entregó, seguro de que había llegado el momento tan deseado del martirio. Al cruzar las calles del pueblo, donde ejercía con tanto celo su vocación, se despedía gozoso de sus feligreses. Lo hicieron subir a un coche. Durante el trayecto, según referencias del chófer y de los asesinos mismos, fue torturado bárbaramente. Lo confirman algunos transeúntes por los gritos de dolor que se escuchaban. Al llegar al cruce de Masllorenç en Valls, cerca de Rodonyà, le hicieron bajar del coche y lo remataron a tiros. El secretario de Rodonyà, muy amigo de infancia del Mn. Luis, lo hizo enterrar en un ataúd en el cementerio de esta población. Más adelante fueron exhumados sus restos y enterrados en el nicho familiar del cementerio de El Morell.

 

[1] Benedicto XVI, Ángelus del domingo 17 de junio de 2012.