Antes de empezar con el tema que nos ocupa, nos viene bien recordar ¿qué es la Iglesia? El catecismo nos lo explica así: «La palabra "Iglesia" [ekklèsia, del griego ek-kalein - "llamar fuera"] significa "convocación". Designa asambleas del pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los confines de la tierra…» (CIC, 751). Por lo cual, entendemos que no se trata de una multinacional, sino de una comunidad de bautizados. Ahora bien, sin negar ni media coma de la descripción anterior, pues se trata de su esencia, hay que reconocer que para que eso sea posible se requieren de obras e instituciones. Frecuentemente, entre nosotros, hay una crítica más o menos expuesta sobre la dimensión institucional; sin embargo, vivimos en un mundo de instituciones que, si bien requieren ser renovadas constantemente, no por ello dejan de ser útiles para el orden y el progreso social. De manera que una Iglesia sin vínculos institucionales no podría garantizar que el mensaje de Jesús llegue hasta los confines de la tierra y del tiempo, pues el que la evangelización continúe en pleno siglo XXI, se debe a que la Iglesia ha sabido pasar la estafeta de generación en generación y eso solamente ha sido posible gracias a los católicos que han vivido su fe de modo coherente y a las obras que muchos de ellos han construido. Pues bien, con esto, podemos comprender las razones por las que debemos cuidar mejor las obras e instituciones de la Iglesia, pues podemos convertirnos fácilmente en una nueva versión de aquellos hijos que malgastan la herencia de sus padres o que, sencillamente, no valoran el esfuerzo y el cariño con el que construyeron dicho patrimonio. Cuando un católico practicante no se interesa por su diócesis o, en su caso, por las obras apostólicas que hay en ella, como podrían ser un colegio o un hospital, cae en la ingratitud hacia tantos hombres y mujeres que se gastaron por darles origen y que lo hicieron con la mejor de las intenciones. De modo que tenemos una obligación espiritual, activa y administrativa para que el patrimonio de la Iglesia funcione adecuadamente en favor de la misión. Espiritual, porque, aunque lo primero es vivir la fe en el día a día, encontramos en las obras y proyectos apostólicos una vía para expresar nuestra opción por lo que rezamos y creemos. Activa, porque la fe sin obras está muerta. Y, finalmente, administrativa, porque hay que cuidar los recursos de manera que los espacios de evangelización puedan funcionar de forma sustentable y con la renovación que cada época exige.

Es incluso conmovedor leer las peripecias por las que pasaron muchos fundadores santos con tal de abrir un colegio o un hospital. Y ¡qué triste resulta cuando tales obras son guiadas con apatía y ganas de echar el cierre! En el fondo, es falta de celo apostólico, de ganas de hacer lo que toca, ¡de amor a Dios! Porque lo que cuenta de las obras es el deseo de dar a conocer las grandes cosas que el Espíritu Santo ha hecho -y continúa haciendo- en nosotros, en el mundo, en la historia. No se trata de idolatrar propiedades, sino de saber gestionarlas para que sean espacios de fe y no terminen siendo bares como ya está pasando en varios puntos de Europa. Muchas escuelas católicas cierran porque no fueron renovadas a tiempo y es ahí que nos toca estar al pendiente, evitando llegar a ese punto de no retorno, porque detrás de un colegio católico que cierra hay un porcentaje de la población que probablemente no tendrá la posibilidad de saber si opta o no por Jesús. Así de delicado es el asunto y no porque las instituciones educativas hagan proselitismo, sino como espacios de propuesta y crecimiento integral. Proponer, nunca será imponer, pero si carecemos de instituciones sólidas, con calidad humana y profesional en el personal que trabaja en ellas, terminaremos por caer en una fe desencarnada; es decir, que ya no sepa cómo hablar con el mundo.

Ahora bien, ¿de qué manera podemos empezar a cuidar mucho mejor las instituciones de la Iglesia? Seleccionando muy bien a los que las dirijan. Y si no hay perfiles adecuados, ¡formarlos! Pero nunca caer en la ingenuidad de pensar que todo el que toca las puertas para pedir trabajo tiene la formación y la transparencia suficiente como para hacerlo. No se trata de buscar a personas perfectas, pero sí honestas y que no se aprovechen de los espacios eclesiales para intereses que terminan por destruirlos. Una obra apostólica no puede ser confiada a cualquiera. Se necesitan filtros adecuados, porque además de ser la única vía para contar con espacios seguros, permiten que las instituciones cumplan con su rol.

Los responsables de las obras e instituciones católicas tienen que estar al pendiente de cada una de ellas. A veces, nos enfrascamos en demasiadas actividades y por querer abarcarlo todo, terminamos sin cubrir nada. Por lo tanto, desde la oración y con apertura a los nuevos avances, nos toca generar espacios que sepan transmitir la fe en el contexto del siglo XXI. No seamos nunca de los que se quedan con los brazos cruzados frente a las necesidades que existen en el mundo.