Recuerdo que, antes de cumplir 18 años, solía pensar: “si tuviera un ciclomotor, sería feliz”. Mis mejores amigos ya lo tenían y me parecía una buena manera de estrechar mis relaciones de amistad. Al cumplir la mayoría de edad solía pensar: “si tuviera una moto, sería feliz”. Mis amigos comenzaron a cambiar el ciclomotor por la moto y pensé que me haría feliz ser como ellos. Llegué a tener un ciclomotor y también una moto, pero creo que no fui más feliz por ello. Al pasar unos años comencé a pensar: “si tuviera un coche, sería feliz”. Esto tardó más en llegar, pero finalmente llegó y no recuerdo que me hiciera más feliz. En estos años comencé a pensar: “si tuviera novia, sería feliz”. También llegó este momento tan esperado, pero no me parece que la felicidad hubiera llamado a mi puerta tampoco.

Creo que las personas nos pasamos la vida pensado que más adelante tiene que haber algo que lograr para ser felices. Nos parecemos al conejo que siempre corre detrás de la zanahoria. Esto no es lo peor, ya que es saludable tener sueños y metas que poder alcanzar; el problema viene cuando dejamos de valorar y apreciar lo que ya tenemos. Es un riesgo olvidar lo que tenemos por estar corriendo detrás de lo que queremos. Alguien dijo: “no tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo”. Debemos asombrarnos por lo que tenemos y agradecer a Dios todo lo que ha puesto en nuestras manos. La felicidad plena nunca la hallaremos en aquello que tiene fecha de caducidad, sino en lo que de verdad importa y no pasa nunca. El amor de Dios manifestado en Cristo es la auténtica fuente de agua viva para nuestra sed de felicidad.

Cuando perdemos nuestra capacidad de asombro y dejamos de ser agradecidos porque en algún momento del camino olvidamos que todo es gracia, don y regalo del Señor para nuestra vida, comenzamos a vivir de manera inconsciente. Son inconscientes los que no han descubierto ni quiénes son, ni qué quieren ser, ni para qué hacen lo que hacen; los que acumulan solo por tener o los que estudian solo para saber. Por inconsciencia no escuchamos o no aceptamos la necesidad de amor de los que nos rodean, herimos a los que más queremos, descubrimos demasiado tarde que no cuidamos lo que teníamos, nos metemos donde no llegamos, decimos lo que no creemos y hacemos lo que no queremos.

Dejamos de asombrarnos como los niños y de vivir agradecidos cuando olvidamos amar lo que tenemos y solo pensamos en alcanzar lo que deseamos. Alguien dijo que no es adecuado amar tu sueño y divorciarte de tu realidad. Si no eres capaz de bendecir tu realidad, no conseguirás tener fruto con tu sueño ni con tu visión. No podemos menospreciar lo que tenemos y soñar con aquello que anhelamos, ya que así nunca lograremos alcanzar nuestro deseo.

En una ocasión, escuché a alguien hablar acerca de un pasaje bíblico que nos relata una historia muy interesante relacionada con esta idea. Se trata de Jacob, el hijo de Isaac y el nieto de Abrahán. El capítulo 29 del Génesis nos dice que Jacob se enamoró de Raquel y que, por amor, estuvo dispuesto a trabajar durante 14 años al servicio de su suegro Labán. Jacob fue engañado para que se casara, en primer lugar, con la hija mayor, Lía. Finalmente pudo casarse con su amada Raquel, la hija menor; sin embargo, Jacob recriminó a su suegro el engaño al que le había sometido y menospreció a Lía.

No creo que nos resulte difícil comprender la actitud de Jacob ya que, al fin y al cabo, había sido engañado por Labán y su hija Lía. Es cierto que la costumbre era casar en primer lugar a la hija mayor, pero esto no pudo calmar el monumental enfado de Jacob ni logró minimizar la farsa a la que había sido sometido. Sin embargo, Jacob no podía olvidar que estaba casado también con Lía; esta era su realidad. “El Señor vio que Lía era menospreciada y la hizo fecunda, mientras Raquel seguía estéril” (Gen 29,31). Dios cerró el vientre de Raquel de manera que Jacob no pudiera tener hijos con la mujer de sus sueños; solo pudo tenerlos con Lía. Jacob tuvo que aprender la lección y amar su realidad, no únicamente su sueño, de manera que pudiera llegar el fruto con Raquel.

No podemos maldecir nuestra realidad y casarnos con nuestro sueño. Es preciso bendecir lo que ya tenemos para alcanzar lo que anhelamos. Es lo que nos dice el Evangelio: “El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto” (Lc 16,10). No renuncies a tus sueños, pero sin olvidarte de amar tu realidad. Recuerda que no puedes menospreciar a Lía y tener fruto con Raquel. Cuando somos capaces de vivir agradecidos por todo cuanto somos y tenemos, aunque sea imperfecto, podemos llegar a asombrarnos por aquello que el Señor tiene dispuesto para nosotros.

Yo mismo he aprendido con dolor y sufrimiento a amar lo que tengo, después de un tiempo de queja y descontento. Me asombra descubrir al pueblo de Israel murmurando contra Moisés por la comida, después de ser liberados de una esclavitud de unos 400 años en Egipto. Una y otra vez se volvían a quejar por su realidad y parecían olvidarse de todos los milagros que Dios había obrado con ellos. ¡Qué fácil y rápidamente podemos llegar a olvidar las maravillas que el Señor hace en nosotros!

Anhelamos llegar a la tierra prometida y cuando hemos conseguido llegar, las cosas no son como las imaginamos ni resultan tan perfectas como las soñamos. Pero olvidamos fácilmente que Dios nos ama a nosotros con nuestras imperfecciones y nos invita a amar nuestra realidad imperfecta. Una vez que Jacob amó a Lía y tuvo hijos con ella, el vientre de Raquel se hizo fértil; primero tuvo que amar su realidad para poder alcanzar su sueño después.

Estoy muy agradecido al Señor porque me ha enseñado a no subestimar nada de lo que soy y tengo. Ahora soy capaz de bendecir el lugar donde nací, la familia donde crecí, la comunidad que me formó, la tierra donde Dios me plantó. A pesar de las imperfecciones propias de nuestro peregrinar por esta tierra, no puedo subestimar mi realidad. Jacob aprendió a no menospreciar a Lía, de cuyo vientre saldrían seis de las doce tribus de Israel (Gen 35,23). Después de muchas generaciones, de su descendencia, nacería el Mesías. Necesitamos vivir nuestra realidad en el asombro y la gratitud ya que, después de todo, nunca sabemos cuándo se está gestando algo grande.

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es