En nuestros días, la palabra crisis parece ser una de las más utilizadas en nuestro vocabulario cotidiano. Se habla mucho de crisis en la Iglesia, crisis de fe, crisis vocacional, crisis en el matrimonio, etc. Sin embargo, la crisis fundamental o la madre de todas ellas es una crisis de identidad.

Cuando Dios llama a Moisés le dice algo así: he escuchado el clamor de mi pueblo, quiero que vayas a sacar a los israelitas de la esclavitud de Egipto (cf. Éxodo 3,7-10). Vemos que la reacción de Moisés fue entrar en crisis: no me veo con credibilidad, no me veo con autoridad, no me veo con habilidad, etc. “¿Quién soy yo?” (Éxodo 3,11). Se trata de una crisis de identidad y es ésta la que engloba a las demás crisis. Moisés tuvo una segunda crisis, consecuencia de la anterior, una crisis de credibilidad: ¿Cómo me van a creer? (cf. Éxodo 4,1).

¿Acaso soy llamado a la evangelización o en realidad eso es para otros?, te puedes preguntar. Y es que siempre llega una crisis de credibilidad, de autoridad, de habilidad, cuando Dios nos llama a algo. Pero el Señor afirma que tu autoridad no viene porque seas mejor o te sientas más capacitado, sino porque Él te envía y está contigo (cf. Éxodo 3,12). Nunca debemos olvidar que el Señor no suele llamar a los capacitados, sino que más bien le gusta capacitar a los que llama.

Lo primero que Satanás intenta poner en duda es la identidad de Jesús: “Si de verdad eres Hijo de Dios...” (Mateo 4,3). Los fariseos cuestionan la identidad de Jesús; en la cruz es cuestionada su identidad por el pueblo, por los soldados y por el ladrón. ¿Por qué, desde el inicio, hasta el mismo diablo busca afligir a Jesús con una crisis de identidad, al comienzo de su ministerio? Porque aquel que no sabe lo que es, que no tiene clara su identidad, jamás puede llevar a cabo la misión para la que Dios le llamó. Si Jesús hubiera dudado un momento de su identidad, no se hubiera podido realizar el plan de salvación; por eso, Él mismo invierte mucho tiempo forjando nuestra identidad:

Vosotros sois la luz del mundo, no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte (Mateo 5,14); Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera (Mateo 5,13); Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis [...] (1 Pedro 2,9).

En primer lugar, fija la identidad y después confiere una misión. Veámoslo en este conocido relato bíblico:

“Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías [...]. Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Jesús le respondió: ¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás! [...]. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia [...]. Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mateo 16,13-19).

Primero le afianza su identidad y solo después le asigna una misión. Yo no soy cristiano porque nací en un país o en una cultura cristiana, sino porque tengo un vínculo y una relación personal con el Señor que me adoptó en la familia de los hijos de Dios. Por tanto, mi identidad es ser hijo; pero no como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, que se había convertido en siervo porque había olvidado su auténtica identidad de hijo.

Un cristiano es alguien con una gran identidad; se ha encontrado de manera personal con Dios y ha reconocido a Jesucristo: “Es el Señor” (Juan 21,7). Hombres y mujeres con una identidad clara que forman la Iglesia como piedras vivas y que se sitúan en el mundo como levadura que fermenta la masa. Cuando sabemos quiénes somos, no necesitamos nada más para vivir conforme a lo que somos: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15,10).

Nunca olvides que Dios ya nos ha revelado en Cristo quiénes somos, y lo que podemos hacer y estamos llamados a llevar a cabo siempre dependerá de lo que ya somos. Para que pueda darse hoy una nueva evangelización se precisan, como es de sentido común, nuevos evangelizadores con una identidad clara y bien definida. Para ser evangelizadores necesitamos antes haber sido evangelizados, porque ya sabemos que nadie es capaz de dar aquello que no tiene o aquello que no es.

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es