Que me perdonen los que se dedican al ecumenismo cuya labor admiro, léase delegados  diocesanos de ecumenismo, comunidades y grupos ecuménicos tipo Misioneras de la Unidad, Focolari y Taizé, y todos aquellos que de alguna manera tienen un corazón para aquello del “Ut unum sint” a lo que nos exhortaba Juan Pablo II allá por 1995, pero es que no entiendo casi nada de lo que se hace en el tema de ecumenismo.

Salvando lo que hacen algunos grupos contados con el dedo de la mano, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, dejar el templo a unos hermanos ortodoxos y algún que otro congreso interesante, parecen concentrar todo el esfuerzo ecuménico que de parte de los católicos se prodiga al ecumenismo en nuestra iglesia actual.

Y no es que esté mal todo esto, simplemente es que a mí me sabe a muy poco.

No me quejo de lo doctrinal, a nivel magisterio se han prodigado documentos muy valiosos a partir de la Reunitatis redintegratio del Concilio Vaticano II y se han dado pasos muy interesantes como la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación con la federación de luterana mundial.

Me quejo de la falta de amor y voluntad de comprensión que, por lo general, se respira en nuestra Iglesia que es católica de boquilla cuando se trata de estos temas.

 

 Para mi gusto falta un entendimiento de la teología explicada en el Magisterio, por lo que muy fácilmente se cae en la condena a hermanos que sin culpa alguna son hijos de su tradición y tienen el Espíritu Santo por el único bautismo del que todos participamos.

Por si esto fuera poco, muchas veces me parece que todo el potencial ecuménico que tiene una iglesia como la nuestra, que se llama católica y por ende universal, se ve frustrado por el acomodamiento que supone relegar el ecumenismo a los actos de la Semana de Oración por la Unidad y poco más.

Para muestra un botón, recuerdo una ocasión en la que estaba en una reunión de trabajo con un pastor evangélico, el cual a su vez había quedado para preparar la semana de oración por la unidad con el delegado de ecumenismo de una diócesis que no nombraré, por lo que me incluyeron  en su reunión.

Me llamó la atención cómo los dos se pasaron una hora discutiendo los pormenores de la oración que se haría en la semana, sin que el delegado de ecumenismo expresara el más mínimo interés en el trabajo que hacíamos juntos un protestante y un católico unidos por la misión de evangelizar.

Que me perdonen este juicio: me llamó la atención muy poderosamente el “afanamiento” que suponía preparar la semana de oración, sin darse cuenta de que aquello por lo que se supone que se trabaja en la delegación de ecumenismo se estaba dando a nivel práctico en aquel pastor y en mi, y al delegado de ecumenismo no le llamó ni lo más mínimo la atención.


 Pero esto no es todo, y conste que creo que los delegados de ecumenismo suelen ser de las pocas personas que están abiertas a otras iglesias en las diócesis, y su actitud es por lo general positiva si se les presenta alguna iniciativa interesante.

El mayor problema para mí es esa especie de careta que nos ponemos para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Una semana al año se nos recuerda el asunto en la liturgia de la Misa, se ora por la unidad y se hacen actos en iglesias de todo tipo.  

Pero luego llega la hora de la verdad, la de aceptar al hermano tal cual es, la de no poner a Dios Padre en el aprieto de elegir a sus hijos, y durante el resto del año se puede sentir esa falta de aceptación radical que se destila de comentarios y diatribas de los católicos contra los cristianos de otras confesiones.

Basta poner un comentario en este blog sobre lo que hacen los anglicanos, o tal o cual protestante, y a uno le ponen de chupa de dómine, atizándole con  la catolicidad de la Iglesia Católica por mandoble.

El argumento de base que circula en boca de muchos es: “Si fueran tan santos y estuvieran haciendo la obra de Dios, se habrían convertido en católicos, luego lo que hacen no puede venir de Dios”.

Siento decir que se equivocan todos los que piensan así, y no precisamente porque yo pretenda que se confundan las denominaciones y un trágala del todo vale con tal de ver reunificadas a las iglesias hermanas.


El error es que no aceptamos de corazón situaciones y diferencias históricas y doctrinales, que son las que son, pero que no impiden a Dios actuar en los cristianos de diferentes confesiones, y no sabemos reconocer la providencia del Padre en ellos.

El  Catecismo de la Iglesia Católica, citando al Concilio Vaticano II, lo resume así:

818 Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas "y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos... justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor"

 

Esto texto demuestra que en el fondo los desobedientes al Magisterio de la Iglesia somos nosotros cuando los “acusamos del pecado de la separación” juzgándolos en nuestro corazón.

En palabras de Raniero Cantalamessa: «Cuando los cristianos nos peleamos, le decimos a Dios: “Escoge entre nosotros o ellos”. Pero el Padre ama a todos sus hijos. Deberíamos, más bien, decir: “Aceptamos como nuestros hermanos a todos los que recibes como tus hijos”».

En un mundo cada vez más globalizado, en el que la secularización hace estragos y la guerra planteada contra la iglesia es tan generalizada, no podemos permitirnos el lujo de no ser ecuménicos más que una semana al año.

El enemigo sabe muy bien aquello de divide y vencerás, pero nuestro Señor y Maestro nos dijo que cuando dos o tres se reunían en su nombre, Él estaría en medio de ellos. Lo mismo a la hora de pedir, basta con que dos cristianos se pongan de acuerdo para pedir al Padre en su nombre. (Mt 18,19-20)

Yo soy el primero que tengo que examinarme y pedir perdón por las veces que me pongo la careta de ecuménico,  y no acepto de corazón a los hermanos de otras iglesias. Los que trabajamos con cristianos de diferentes confesiones, sabemos que la tentación de ponerse la careta está siempre allí, y hemos de sobrellevar incomprensiones, suspicacias y malentendidos que se suscitan en nuestro propio corazón y en el de los hermanos.

Que cada cual se examine también, pues en esto no debemos dejar resquicio al enemigo pues creo que hay una bendición de Dios muy especial para quienes trabajan por la paz entre los hermanos.

 A fin de cuentas, la bendición no es otra que lo que pidió Jesucristo en la oración sacerdotal:

No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,  para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.” (Juan 17,20-21)

Y mientras ser uno no sea nuestra prioridad, de verdad que no entiendo nuestro ecumenismo, ni cómo pretendemos que la gente se convierta volviendo a llenar las iglesias mientras tengamos la osadía de juzgar a nuestros hermanos, por muchas semanas de la oración por la unidad que hagamos.