Muchas veces me he preguntado qué cosas ocurrieron en la tarde del 24 de junio de 1981, aquella en la que un grupo de adolescentes yugoslavos llegaron a sus casas asustados y despavoridos, alguno sin zapatos, pálidos y sin aliento según contaron y sostienen hoy en día, por la experiencia que habían tenido en la ladera de ese cerrillo que corona su barriada en una aldea de la antigua Yugoslavia.
Me lo pregunto porque sin que nadie se diese cuenta, posiblemente esa tarde no cambió solo la vida de esos niños y adolescentes, la de sus familias y paisanos, sino la de millones de personas en todo el mundo, que se verían afectados, de una u otra manera, por la experiencia que estos mocosos yugoslavos han difundido ya por toda la Tierra, conocida como el Fenómeno de Medjugorje, con la que la verdad… ‘la han liao parda’.

La tarde del 24 de junio de 1981, tarde de miércoles, probablemente yo ya estuviese disfrutando de aquellos largos y sensacionales veranos de infancia y juventud que me pegué en la sierra de Ávila, en Piedrahita. Mi madre trabajaba en casa y en cuanto acabábamos el cole, nos metía a todos en el SEAT 124 ranchera, entre los huecos de las maletas, y nos plantábamos en el pueblo hasta mediados de septiembre. Yo, con apenas cuatro años recién cumplidos, no sabía ni qué era Yugoslavia, cómo para saber que en una de sus recónditas aldeas, esa misma tarde, cambió mi vida para siempre.

La hemeroteca del ABC nos cuenta que el 24 de junio España le metió un 1 a 3 a México, apriétense los machos, con un gol de Hugo Sánchez para ellos y dos de Juanito para nosotros. En la portería, Arconada. Gordillo ya lucía la zancada menos glamourosa del fútbol internacional con tanta efectividad como poco garbo. Es probable que yo viese aquel partido con mi hermano JP, en esos ritos iniciáticos en el mundo del fútbol que vivieron su máxima expresión con el 121 a Malta… sin embargo, mientras Hugo empezaba a ser conocido en España, mi hermano jaleaba los goles de Juanito y yo disfrutaba de la diversión que supone un pueblo con gallinas y vacas, mi vida cambiaba para siempre de la mano de otros niños que ni conocía ni me importaban, con los que jamás me hubiese entendido y con los que hoy, sin embargo, comparto tanto como es la fe en Cristo, casi nada.
No lo sabía entonces, y no lo sabría hasta 24 años más tarde. Pero sí, esa tarde comenzó el Fenómeno de Medjugorje, y por tanto, comenzó mi enamoramiento por ella. Por María, en la Iglesia.
No me acuerdo de ese día. No tengo ni idea de si llovió, de que comí, de si estuve enfermo o de si me divertí. Solo sé que sin acordarme, fue el día más bonito de mi vida. Aquel día, en Yugoslavia, cambió mi vida y yo entré en la Iglesia. Me enamoré de María y, sin tener ni idea, comenzaría a vivir el Fenómeno de Medjugorje. Ahora, cada vez que estoy en Medjugorje y me veo paseando por los alrededores de la parroquia, miro al monte y digo: “En ese monte cambió mi vida, y yo sin enterarme”.

¿Cómo empezó la historia que tantas vidas ha cambiado, en forma de conversiones y vocaciones, en las tres últimas décadas? En el siguiente post intentaré contarlo de nuevo, sin que falte nada, pero por ahora, ahí queda eso:
Todo empezó cuando dos adolescentes, de nombre Mirjana e Ivanka, quedaron para dar un paseo y contarse las novedades al pie de una montaña. Se dice que se fumaban un cigarrillo a escondidas, hablando de sus novietes, de sus notas y esas cosas, cuando de pronto, una de ellas, dijo a la otra: “Mirjana, estoy viendo a la Gospa”…

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