Cuando te digo Navidad, ¿en qué piensas? Belén, arbolito, regalos, oraciones, luces de colores, familia, compras, niños, villancicos, Jesús, panderetas, Papá Noel, Reyes Magos, solidaridad, pastorcitos, compartir, alegría… La lista puede continuar hasta acabar el espacio asignado para este artículo. 

Para quienes han vivido un año lleno de alegrías y bendiciones, la Navidad es un momento para dar gracias, acompañados por los seres que queremos. Para quienes en cambio, están haciendo un duelo, la Navidad puede ser un eslabón más que ayude a procesar, asimilar, agradecer por aquello (o aquel) que se tuvo y que se perdió. La Navidad nos trae recuerdos y nos abre a nuevas esperanzas. 

Esta fiesta tiene un origen cristiano. Nada menos que el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre, quien partió la historia de la humanidad en dos y quien parte también la historia personal en dos de todo aquel que se encuentra con Él y experimenta su amor potente, incondicional, su capacidad heroica de perdón y, por ende, su poder sanador. Es un encuentro que transforma vidas, que inunda las almas de alegría profunda y auténtica. Para quien no crea, la Navidad puede ser compartir, amar, pasarla lindo en familia, aceptar y respetar a aquel que cree, celebrar con él y ¿por qué no? hacer una oración para agradecer. 

Un documento interno de la comisión de la Unión Europea, en cambio, pide a sus miembros que, en nombre del respeto a la diversidad, se borre la palabra Navidad y se desee más bien, “felices fiestas” (¿qué festejan?) o “felices vacaciones” (en un continente donde las vacaciones largas son en julio-agosto…)

"El documento invita a utilizar un lenguaje inclusivo y no discriminatorio, políticamente correcto, sin referencias de religión, género, raza, etnia, orientación sexual o discapacidad que resulten ofensivas".  Para seguir todas estas premisas en nombre del respeto, la cultura tendría que quedar en blanco. Nadie podría aportar públicamente sobre lo que conoce, ama, lo que le eleva el espíritu porque eso sería discriminar a quien no le interesa nada de lo que a uno le llena el corazón. La música en un lugar público, por ejemplo, sería discriminatoria para quien no le gusta. ¿Entonces que no pongan música? Pues estaríamos discriminando a quien sí le gusta la música. Comer un helado en público puede resultar ofensivo para quien esté haciendo dieta. 

El respeto y la tolerancia no puede ir acompañado de un miedo por decir, hacer, manifestar porque puede ofender. No podemos reprimir ni renegar nuestras raíces. La Navidad, que por más de dos milenios ha hecho parte de esa historia (¡Felizmente!), es bellísima en su esencia. Yo me niego a anular esta herencia cultural que, justamente, nos llegó de Europa (hablo desde Sudamérica donde esta tradición está muy arraigada, donde los elementos culturales de este continente le han dado un sabor criollo, pero también donde la llamada “colonización ideológica” empieza ya a hacerla a un lado y a desplazarla por otro tipo de “festividades laicas”). No comamos cuento. Más bien ¡comamos pavo! ¡comamos pan navideño! Cantemos villancicos, disfrutemos de los alumbrados, dejémonos llevar por el estupor que suscita el encontrarse con Dios hecho niño. Como dice la canción de Andy Williams “It’s the Most Wonderful Time of the Year. Alegrémonos, vivamos también el recogimiento en este tiempo precioso y llenémonos del mejor espíritu esta época memorable llamada Navidad.

cvilla@fraternas.org. Twitter: @calenvilla