Historia de una mujer del Opus Dei 
(Vitoria 1905 - Madrid 1999)

 

 

 

 Ernestina de Champourcín,
poeta de la generación del 27 
y exiliada republicana

 

 

 

 Al cumplirse 20 años de su muerte, recordamos a esta gran poetisa, de izquierdas y profundamente religiosa, que pidió en su día la admisión al Opus Dei para intentar vivir su fe, siguiendo su profunda vocación literaria.

José Miguel Cejas publicó una semblanza de la poetisa que reproduzco en este capítulo de mi Blog

 Entre los nombres olvidados de las letras españolas se encuentra el de Ernestina de Champourcín, una poetisa nacida en Vitoria en 1905 y fallecida en Madrid en marzo de 1999.
Champourcín fue discípula de uno de los poetas más grandes que ha dado la Generación del 27, Juan Ramón Jiménez, y en toda su obra se nota la gran influencia de este autor, sobre todo en el preciso uso de las metáforas y aquellos recursos poéticos que él exploró de una manera inigualable.
Su poesía se encuentra irradiada de elementos simbólicos relacionados con una pureza y una belleza incuestionables. Escribió muchos poemas de amor; sin embargo consiguió ir mucho más allá de este estilo tan trillado, y cultivó una poesía social auténtica, que permite acercarse a la realidad de los poetas del exilio; muchas de sus poesías hablan sobre la soledad y la nostalgia.
Pese a que su nombre no adquirió importancia hasta la década del 90, época en la que se le otorgó, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de Letras, Ernestina nunca dejó de escribir y entre sus obras más importantes se encuentran "En silencio", "Cántico inútil" y "Presencia del pasado". Te recomendamos dos de sus poesías, que consideramos muy características: "Carta al vacío
" y "Al final de la tarde".

 

 

 

La huella de Juan Ramón

Vi solamente una vez en mi vida a Ernestina Mitchels de Champourcín y Morán de Loredo. Fue en el Parque del Retiro madrileño, a mediados de los años ochenta, en medio de la muchedumbre que acudía —bajo la lluvia, naturalmente— a la Feria del Libro. El Retiro fue uno de los paisajes de su vida.

Ernestina firmaba ejemplares de sus obras en una caseta. Era una anciana de silueta leve y voz dulce y quebrada como un cristal con unos ojos asustados tras los gruesos cristales de las gafas.

Nunca quiso que la llamaran poetisa. Prefería el término poeta. Y fue poeta, hija de poeta y esposa de poeta. Había nacido en Vitoria en 1905, y su padre, el barón Michels de Champourcín, escribía poemas en los ratos libres que le dejaba la abogacía. Su madre era uruguaya, y le proporcionó, desde la infancia, una educación privilegiada: poesía, música, literatura, inglés, francés...

He dicho que el Retiro madrileño fue uno de los paisajes de su vida, como lo fueron las sierras de Madrid para los personajes de Velázquez o los cielos de Holanda para las mujeres de Vermeer. 



Otros de sus paisajes serían Moguer, pero no como lugar físico, sino como telón de fondo ideal de toda su poesía. Ernestina leyó en su adolescencia Platero y yo, y el poeta de Moguer se convirtió enseguida, junto con San Juan de la Cruz, en un punto de referencia inexcusable de su creación poética.

Conoció personalmente a Juan Ramón cuando paseaba por la Granja segoviana con su esposa Zenobia. Desde entonces, explicaba, “Juan Ramón no fue para mí únicamente un poeta admirado, sino una especie de compañero de sentimientos y vivencias”.

A los 21 años publicó su primer libro, En silencio, y empezó a ser conocida en los círculos culturales de Madrid. Asistía a tertulias literarias con Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. En 1926 se inscribió en el Club Lyceum, donde se hizo cargo de la Sección de Literatura. Era lo que entonces se llamaba una mujer moderna, decidida, con inquietudes políticas y sociales.

 

Con Juan José Domenchina

 

En 1927 publicó su segundo libro, Ahora, y se constituyó, según algunos críticos, en la primera voz femenina del grupo poético del 27. Tres años después conoció a un joven poeta, Juan José Domenchina, con quien acabaría casándose.

Domenchina era amigo de Manuel Azaña, futuro presidente de la II República Española, y a partir de 1931 fue su secretario personal. En ese mismo año Ernestina publicó su poemario La voz en el viento, prologado por su maestro Juan Ramón Jiménez. Luego salió a la luz su primera y última novela, La casa de enfrente.

Cuando llegó la deseada República, que Ernestina acogió como un tiempo de cambio y esperanza, participó intensamente con Juan José en la vida cultural madrileña. Asistía a las tertulias de Baroja y Valle Inclán, y tomaba parte en los manifiestos poéticos y enlas conferencias en el Ateneo. Durante aquellos años se fue consolidando su prestigio como poeta y en 1934 Gerardo Diego la incluyó en la segunda antología de la Generación del 27.

Durante la guerra civil trabajó primero como cuidadora en una guardería de niños; luego de cocinera; más tarde, en un hospital de sangre. Era el Madrid del “no pasarán”, de los bombardeos, de las carestías sin cuento. Los Domenchina decidieron trasladarse a Valencia.

Allí, Juan José fue nombrado Jefe del Servicio de Información del Ministerio de Propaganda de la República y se ganaba la vida editando boletines en seis idiomas, informando al mundo sobre la situación en España. Ernestina colaboraba con un suplemento literario.

Las sucesivas victorias de los “nacionales” les obligaron a trasladarse primero a Barcelona y al exilio después, acompañando al presidente Azaña. Fue una huída precipitada y dolorosa, en la que tuvieron que abandonar gran parte de sus libros para que otras personas pudieran sumarsea la expedición.

¿Qué podían hacer, hacía dónde ir en aquella Europa convulsa en la que se presagiaba la segunda guerra mundial? Afortunadamente, el escritor Alfonso Reyes les invitó a viajar a México, donde llegaron el 1 de junio de 1939.

México

En México comenzó la época de oro de Ernestina. Aquella zona del mundo se había convertido en el destino de muchos intelectuales españoles exiliados. Su admirado Juan Ramón trabajaba como agregado cultural en la embajada española en Estados Unidos; y en América se asentaron también Emilio Prados y Luis Cernuda.

En la capital azteca tuvieron noticia de la muerte de Azaña en Francia; y como la situación en España no cambiaba, Juan José y Ernestina decidieron quedarse en tierras mexicanas. El cambio no fue fácil. No tuvieron hijos,y sobrellevaron de forma muy distinta el desgajamiento de sus raíces.

Juan José no superó nunca la triste condición del exiliado, mientras que Ernestina, por el contrario, llegó a amar profundamente a su nuevo país. México fue, sin duda, el paisaje más feliz de su vida. Hacía traducciones para la editorial Fondo de Cultura Económica y colaboraba en revistas literarias como Las dos Españas, Rueca, Romance, Istmo.

En 1951 pudo pasar unos días en España para visitar a su familia. Tuvo que viajar sola porque el régimen franquista mantenía abierta todavía una causa judicial abierta contra Juan José por haber sido secretario de Azaña.

 

El encuentro con la llamada de Dios

Al año siguiente un sacerdote del Opus Dei, párroco de la iglesia de la Santa Veracruz, de México D.F. le preguntó si podía colaborar dando clases a un grupo de mujeres del barrio.

Era un barrio marginal, con muchas carencias. Ernestina aceptó, y comenzó a atender, semana tras semana, a las gentes de aquel lugar, donde malvivían muchos desheredados de la fortuna, entre maleantes, borrachos y prostitutas.

Allí entre la pobreza y la miseria, descubrió en su alma sus ansias íntimas de Cristo; y comprendió que Dios la llamaba a la santidad; a esforzarse por vivir intensamente el cristianismo según el espíritu del Opus Dei. También Juan José, que murió en 1959, encontró apoyo espiritual, antes de morir, en un sacerdote del Opus Dei.

Los años siguientes a la muerte de su marido fueron particularmente fecundos. Multiplicó su acción a favor de los más necesitados y publicó en varios libros de poemas: El nombre que me diste (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968), y Poemas del ser y del estar (1972).

 

El segundo exilio

 

 

En 1972 comenzó su segundo exilio: regresó a España. Pero ya no existía el país que había dejado tras la guerra civil. Los años le habían arrebatado algunos paisajes de su ciudad: aquellos palacetes de la Castellana, los antiguos bulevares... Nada era lo mismo.

Habían cambiado los nombres de las calles; incluso había estatuas, como la de Colón, que se habían mudado de sitio. Madrid había perdido, para ella, su encanto provinciano. Le parecía un laberinto enorme y extraño, sin perfiles propios, agobiante ydesconocido.

A pesar de sus limitaciones físicas, como la sordera o la falta de visión, siguió trabajando, y publicó ocho libros de poemas. En 1981 salió a la luz La ardilla y la rosa, un libro autobiográfico con el que rendía homenaje a Juan Ramón Jiménez.

Sus poemas traslucen a un alma, conocedora de sus limitaciones y miserias, que busca profundamente a Dios.

Su viacrucis es un retrato de su alma. En 1989 fue galardonada con el premio Euskadi a la literatura en castellano; en 1990 le concedieron el Prometeo. En 1993 recibió el homenaje del Ateneo de Madrid.

Nunca quiso hablar de política, ni de aquel régimen que la obligó a un largo exilio. Falleció el 27 de marzo de 1999, a los 93 años.

Había escrito:

Yo creo que morir es estar

es estarse por fin en lo absoluto

en lo definitivo...

Morir es una rosa

que se nos da de balde

un perfume cuajado

en un amor para siempre.

 

José Miguel Cejas