La semana pasada se celebró en Irlanda un referéndum para enmendar la constitución en algo realmente sustancial. En concreto, la constitución irlandesa protegía a los no nacidos gracias a una enmienda que se incluyó en 1983 por medio de un referéndum. Irlanda en 2018 ha votado justo de manera contraria a 1983. De un apoyo a la vida de 2/3 partes, se ha pasado a únicamente 1/3 parte. ¿Qué ha pasado en 35 años? Es simple de contestar: secularización, agnosticismo e indiferencia son el leivmotiv de la sociedad irlandesa actual. Podríamos decir que Irlanda se ha incorporado plenamente a la tendencia de Europa Occidental. Ya no son una sociedad que dé valor a lo sustancial y sólido. La sociedad irlandesa, así como la española, la francesa o la alemana, son básicamente líquidas, acomodaticias y en constante descomposición.

Creo que podríamos decir que la sociedad occidental ha retrocedido hasta antes del Edicto de Milán, con el que Constantino instituía al cristianismo como religión imperial. La Iglesia también ha ido dando pasos atrás, hasta llegar a un estado muy similar al que se encontraba antes del Concilio de Nicea. Un Iglesia en la que convivían, a veces de forma poco amistosa, variaciones y extrapolaciones diversas de la fe. En 1985, el entonces sacerdote Joseph Ratzinger pronosticó la evolución de la Iglesia futura: “…de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio”. Esto ya es una realidad. La Iglesia se ha hecho pequeña, aunque todavía tenga una leve influencia social. Internamente, se han generado grupos que sirven de autoprotección, pero que al mismo tiempo, buscan algún tipo de supremacía sobre los demás. Las luchas de poder interno son cada vez más evidentes, tanto en la jerarquía como entre los fieles más sencillos.

Se ha criticado que la Iglesia no haya realizado una apuesta fuerte por la vida antes del referéndum irlandés. Hace pocos años, tampoco fue capaz de evidenciar fortaleza alguna en otro referéndum en Irlanda: el que aprobó el matrimonio gay. Yo me pregunto si hoy en día somos capaces de trabajar unidos. Es cierto que existen unos pocos obispos que hablan claramente, pero la mayoría tienen suficiente trabajo gestionando los problemas que le dan sus propios sacerdotes y comunidades religiosas. Una Iglesia heterogénea, en gran parte líquido-agnóstica y con una perspectiva de ONG caritativa, ya es verdaderamente pequeña y además, muy poco creativa. Lo podemos ver en la misma arquitectura de los templos que se han ido construyendo desde los años 60. Funcionalismo seco y deforme, y lo que es más duro, vacíos de fieles. A duras penas se llevan adelante las catequesis pre-sacramentales y las iniciativas de presencia socio-cultural. ¿Cómo va esta Iglesia a dar alternativas a una sociedad a la que no le interesa nada lo transcendente?

He estado siguiendo el twitter de un periodista irlandés de relevancia: David Quinn. Quinn es un católico y periodista valiente, impulsor del instituto Iona para la defensa de los valores católicos en la sociedad irlandesa. En el twitter de David Quinn y tras el referéndum, se pueden leer mensaje en los que le piden que acepte ser irrelevante para la sociedad irlandesa. Le dicen que “haber perdido” no le impide seguir arengando a un grupo de extremistas a los que nadie escucha ya. Es verdaderamente complicado vislumbrar qué se puede hacer a partir de ahora en Irlanda. Quinn indica que la estrategia debe dejar de ser cortoplacista. El objetivo está en el largo plazo, lo que es inteligente. Es inteligente porque permitiría repensar, orar y propiciar un espacio único donde se pueda crear una verdadera sinergia entre católicos.

En el año 2006, el Papa Benedicto XVI visitó la República Checa. Una nación destrozada por el comunismo y después arrasada por las tendencias secularizadoras occidentales. En una rueda de prensa, un periodista le preguntó lo siguiente:

P. – Santidad, la República Checa es un país muy secularizado, en el que la Iglesia Católica es una minoría. En tal situación, ¿cómo puede contribuir efectivamente la Iglesia al bien común del país?

R. – Diría que normalmente son las minorías creativas las que determinan el futuro, y en este sentido la Iglesia Católica debe concebirse como minoría creativa que tiene una herencia de valores que no son cosas del pasado, sino que son una realidad muy viva y actual. La Iglesia debe renovar, estar presente en el debate público, en nuestra lucha por un concepto verdadero de libertad y de paz.
 
Creo que Benedicto volvió a tener una respuesta clarividente. Una respuesta sobre la que deberíamos pensar y reflexionar. Quizás lo primero que deberíamos hacer es aceptar que ya somos una minoría y dejar de comportarnos como si nada hubiera cambiado. Lo segundo es mirar más lejos y más allá del planning político que nos imponen. Se debería cohesionar esta Iglesia en minoría.

Dejar de dar mensajes contradictorios que sólo generan divisiones internas y resentimientos continuos.

Nada de vernos unos a otros como demonios, sino todo lo contrario. Cada cual puede aportar el don que Dios le ha dado. Dones diferentes que se unen para dar respuesta a las necesidades de la sociedad en que vivimos.

Ya sé que hoy en día está muy mal visto indicar que algo es sustancial  y debe ser adoptado por todos los católicos. Hasta la misma Eucaristía está siendo adaptada a cada diócesis y situación emotiva personal. Pero necesitamos sustancialidad, solidez y sobre todo, caridad interna. No se trata de crear otra Iglesia, como algunos proponen y también trabajan con afán. La "creatividad" que desune, no proviene del Espíritu. Esto hay que tenerlo claro.

Se trata de unirnos y dejar las preponderancias de unos sobre otros.

La creatividad es un don del Espíritu Santo y el Espíritu Santo nos ofrece dones que se complementan, nunca ideologías que se rechazan unas a otras. Es importante recobrar un sentido de centralidad, reencontrando el Ministerio Petrino como cohesionador. Cristo pidió a San Pedro, por tres veces, que apacentara a sus ovejas. En ese sentido, durante el Pontificado de Benedicto XVI se vivieron unos maravillosos años en los que sentimos que, aunque diversos, era posible trabajar unidos de forma que cada cual aportara aquellos dones recibidos por el Espíritu Santo. Creo que hay que propiciar las condiciones para que ese milagro vuelva a ocurrir.

Sólo entonces, unidos en el Espíritu Santo como fraternidad, podríamos plantar cara a la postmodernidad que nos atenaza y destroza.


Como he indicado ya en varios posts, la hermandad en el Paráclito es importantísima. Trabajemos para ser las herramientas que Dios utilice para hacer su Divina Voluntad. Recemos por Irlanda, occidente y el mundo entero.