La siguiente pregunta que nos formula la periodista polaca, Katarzyna Kobylarczyk, es esta:

Kobylarczyk: He leído un poco sobre la definición del mártir en las persecuciones de México y España. Sé que para hablar de martirio necesitamos saber el perseguidor. ¿Podemos explicar esto?

Es muy interesante el opúsculo publicado por la Fundación Gratis Date sobre las Diez lecciones sobre el martirio de Paul Allard:
http://www.gratisdate.org/archivos/pdf/1.pdf

«Supongo que el siguiente dato contrastado, sorprenderá a más de un lector: El siglo XX ha generado el doble de mártires que los diecinueve siglos precedentes. Tras la Revolución Bolchevique del año 1917, el martirio pasó a extenderse a muchos países de los estados más dispares de los cinco continentes. De una forma especial, destaca la persecución religiosa acontecida en Rusia, donde fueron martirizados más de doscientos veinte mil sacerdotes, religiosos y religiosas, además de varios millones de seglares. En total, Andrea Riccardi, en su libro «El siglo de los mártires», calcula que el siglo XX fue testigo del martirio de unos 29 millones de cristianos […].
 
El padre Miguel Agustín Pro fue fusilado en la persecución mexicana de los cristeros.

Ciertamente, en el siglo XX se dieron otros muchos tipos de persecuciones, además de la estrictamente religiosa: persecuciones por motivos raciales, coloniales, totalitarismos políticos, etc. Pero entre tantos episodios de violencia (algunos de ellos por motivos múltiples o combinados) destacan de forma especial los mártires de la persecución religiosa: ellos se negaron a responder al mal con el mal. Es más, hicieron frente al mal con el bien. En efecto, los mártires no fueron contendientes en guerra alguna; no tomaron las armas en sus manos; prefirieron padecer injustamente como corderos llevados al matadero, que salvar su pellejo haciéndose cómplices del mal. En otras palabras: en la definición católica del término, los mártires son aquellos que fueron asesinados «in odium fidei» (odio a la fe) y que murieron testimoniando su fe en Cristo[1]».

Esta es la expresión usada por la Congregación para las Causas de los Santos.

Es preciso distinguir entre caídos de la guerra civil y mártires de la persecución religiosa por odio a la fe (“in odium fidei”), que comenzó al primer mes de la Segunda República española, concretamente el 11 de mayo de 1931.
«Desencadenada la guerra civil, el 18 de julio de 1936, los caídos de uno u otro bando, fueron muertos en acciones bélicas en legítima defensa de sus ideas mediante las armas. Defendieron el orden político que creían justo y sucumbieron en las acciones de guerra o en retaguardia asesinados por sus enemigos en razón de los principios políticos que defendían. Los mártires, en cambio, para ser reconocidos como tales por la Iglesia tienen que haber padecido la muerte por amor a Cristo y al Evangelio, por el hecho de ser sacerdotes, religiosos o religiosas, cristianos seglares que sin militar en las acciones bélicas practicaban la fe que profesaban, acudiendo a Misa, rezando el Rosario, adorando el Santísimo Sacramento como los adoradores nocturnos; por haber militado en la Acción Católica como cristianos entregados al apostolado de la Iglesia […]. Todos estos siervos de Dios no fueron al martirio por razones políticas, sino a causa de su condición de ser sacerdotes, religiosos o, sencillamente, por ser cristianos y vivir como tales practicando su fe como los laicos, hombres y mujeres, que fueron inmolados en odio a la fe. Por esto mismo, no son preferidos por la Iglesia para ser beatificados por militar en uno de los bandos enfrentados en la guerra, sino por haber muerto por amor a Cristo y por su causa[2]».

Sobre los perseguidores
Según Benedicto XIV el martirio se define como: “el voluntario sufrimiento o tolerancia de la muerte, por la fe en Cristo o por otro acto de virtud referido a Dios”. Toda la problemática relacionada con el martirio es sistematizada en torno a los dos actores que intervienen: el perseguidor (o tirano) y el mártir y en el problema de la acción del uno sobre el otro, o sea, la pena que el perseguidor inflige al mártir.

No puede darse martirio sin la intervención de un perseguidor externo. Los sufrimientos morales; el deseo del martirio o la práctica heroica de alguna virtud, no son martirio. La muerte causada por una enfermedad contraída mientras se sirve a enfermos contagiosos, solo sería martirio si existió un perseguidor, quien por odio a la fe o a alguna práctica cristiana, obligó al mártir a servir a enfermos contagiosos con la intención de causarle la muerte.

Puesto que al mártir no lo hace la pena sino la causa (“martyrem non facit poena sed causa”), y esta causa debe ser analizada tanto en el perseguidor como en el mártir; en el perseguidor se requiere que inflija la pena al mártir por odio a la fe o a alguna de sus expresiones prácticas[3].

Finalmente, si en el perseguidor se exige, como causa del martirio, el odio a la fe o a las virtudes cristianas, en el mártir se requiere la fe, en su confesión o en su práctica.

San Juan Pablo II[4] decía: “Si nos enorgullecemos de esta herencia no es por parcialidad y menos aún por deseo de revancha hacia los perseguidores, sino para que quede de manifiesto el extraordinario poder de Dios, que ha seguido actuando en todo tiempo y lugar. Lo hacemos perdonando a ejemplo de tantos testigos muertos mientras oraban por sus perseguidores”.
 

Kobylarczyk: Antes de las beatificaciones de los mártires de España y México ¿el perseguidor siempre era una persona concreta, particular? Y con las experiencias del siglo XX, la idea del perseguidor se amplió y ¿se puede considerar un régimen o estado como un perseguidor?

-No, por eso debemos analizar bien cada caso. Por ejemplo[5], en los Hechos de los Apóstoles queda claro como Pablo se siente seguro del Estado romano, no teme nada de él, no lo considera una amenaza, al contrario busca su protección. Pero a partir de Nerón la situación cambia. El Imperio pasa a ocupar el puesto del perseguidor. Eso en el siglo I.

En el siglo XVIII, la llamada «humanista, gloriosa y liberadora Revolución Francesa» costó a la Iglesia Católica en este país más de dos mil sacerdotes asesinados, una multitud de profanaciones, religiosas violadas y torturadas hasta la muerte, pueblos enteros destruidos y miles de mártires fusilados, guillotinados, descuartizados, ahogados, incendiados vivos, torturados, por fidelidad a la Iglesia, y, en definitiva, por oponerse a la Revolución Francesa, promovida por el Estado. Bajo estas líneas, las beatas mártires Carmelitas de Compiègne.
 

Casos individuales son, por ejemplo, Santo Tomás Moro, cuyo martirio fue decretado por Enrique VIII o el de Santa María Goretti, por el joven Alejandro.
 

[1] Monseñor José Ignacio Munilla, Carta Pastoral La persecución religiosa en el siglo XX, 13 de octubre de 2013.
[2] Monseñor Adolfo González Montes, obispo de Almería. Carta pastoral con motivo de la Beatificación de los Mártires del siglo XX en Almería, el 25 de marzo de 2017.
[3] Benedicto XIV, De Servorum Dei Beatificatione et de Beatorum Canonizatione (“Sobre la Beatificación de los Siervos de Dios y sobre la Canonización de los Beatos”). En el Libro II, capítulos 11 al 20 de dicha obra, incluye todo un tratado sobre el Martirio (Opera Omnia, tomus tertius, pg. 92 -194).
[4] San Juan Pablo II, Conmemoración ecuménica de los Testigos de la fe en el siglo XX, 7 de mayo de 2000.
[5] Alfonso Ropero, Th.M., Ph.D., Mártires y perseguidores. Historia general de las persecuciones (siglo I-X), página 235; publicado en 2010.