Es una de esos clásicos que circulan por el discurso contemporáneo: un amigo es alguien que te acompaña en los malos momentos, el que siempre está cuando te va mal… Y yo, que tiendo a ser muy raro en mi manera de pensar, me pregunto: ¿de verdad es así? ¿De verdad quiero yo a los amigos para los malos momentos? ¿De verdad es ahí donde los voy a medir, donde los voy a poner a prueba?
 
            Lo primero que habría que hacer es definir un mal momento: ¿qué es un mal momento? ¿La enfermedad, los momentos finales de la vida? Gracias a Dios no me ha tocado pasar todavía ni por un momento grave de enfermedad ni desde luego, por los instantes postreros. Pero o mucho me equivoco y mal me conozco, o dichos momentos me gustará pasarlos en soledad, en todo caso rodeado no de mis amigos, sino de unas pocas personas muy concretas que son algo más que amigos.

            Quien sabe cómo serán esos momentos finales, pero a poco que se demoren y tenga la fortuna de llegar a viejo, -sí, he dicho bien, llegar a a viejo, yo soy de los que quiere llegar a viejo antes que pasar por su única alternativa a día de hoy, no llegar, quedarse en el camino- soy consciente de que los pasaré muy poco rodeado, dependerá de que haya sobrevivido o no a ese grupo de personas que forman parte de mi más estrecho círculo vital, y puede que como tantos viejos hoy, apenas rodeado de personas, casi todas buenas, algunas no tanto, que han hecho del auxilio en esos últimos momentos su profesión, y de otros con los que no compartí nunca nada, pero que pasan por mi misma situación, convertidos ahora en mis nuevos amigos.
 
            ¿Qué son los malos momentos? ¿Un momento económicamente delicado? ¿Acaso un amigo que tiene sus propios problemas, su propia familia, está obligado a sufragar mi fracaso económico? ¿Un desengaño amoroso? ¿Es un gran amigo el que se acerca en caso tal a ahogar mis penas (y las suyas, probablemente) en alcohol?
 
            ¿Saben qué? Lo tengo muy claro: yo no quiero a mis amigos para los malos momentos, no quiero hacerles partícipes de ellos… Yo los quiero para los buenos, para acompañarme cuando triunfo, para reir conmigo, para amarme y amarlos… para compartir mis éxitos, no sólo mis grandes éxitos, no, sino también los pequeños momentos de felicidad, esos breves minutos de gloria que terminan haciendo toda una vida...
 
            ¡Cuantos son los que en el momento del éxito de uno, se separan de él! Los unos por vergüenza, los otros por falta de tablas, otros por falsa modestia, los otros por pereza, muchos de ellos, quizás los más, por pura envidia.
 
            Hay mucha generosidad en acompañar a aquél que triunfa, o a aquél que sin triunfar, conoce un momento de éxito, como, en otro orden de cosas, hay también mucha generosidad en saber aceptar y dar a cambio las gracias: hay personas que no saben aceptar, que se enrocan en su soberbia para no estar nunca en deuda con nadie. ¡Hay tanta generosidad en saber estar en deuda y hacerlo con elegancia y gratitud!

            Y siempre, claro está, que esa compañía se dé sincera y desinteresadamente, siempre que ello se haga por amistad, es decir, por amistad. Que ni que decir tiene, no es el caso de los que se acercan al que triunfa no para celebrarlo, sino para aprovecharse de él o hasta para robarle cuanto puedan del triunfo… pero esos, ni que decir tiene, no lo hacen por amistad... Y no, no es de eso de lo que hablamos.
 
            Que hagan Vds. mucho bien y no reciban menos.