Tengo costumbre de hacer un rato diario de oración, donde intento dialogar con Dios, contarle mis inquietudes, conocerle un poco más, escuchar sus sugerencias...
Escuché un viejo chiste, en el que le preguntaban a un recluta para ascender a cabo, -¿dónde está Dios?. El contestaba: -"Estar, estar, está en todas partes, pero donde mayormente para es en las iglesias".
 
No es fácil hablar con Dios, no es evidente, y por tanto -al menos a mi me pasa- se requiere un cierto sosiego exterior para "pegar la hebra". Claro que puedes decirle cosas mientras vas en el metro, paseando por la calle, o incluso en medio del trabajo, pero para hablar tranquilamente se requiere una cierta tranquilidad, silencio, aislamiento del barullo exterior. Y eso, junto a la presencia de Jesús en la Eucaristía, es lo que busco cuando intento hacer mi rato diario de oración en una iglesia. Pero no siempre es fácil. Es más, a veces resulta bastante difícil, por dos razones principalmente: o porque la iglesia está cerrada, o porque hay ruido dentro. Ambas cosas no se entienden bien. ¿Para qué sirve una iglesia que está cerrada? Entiendo que puede haber energúmenos que puedan agredir al templo y es preciso ser precavido, pero ¿realmente es necesario tener las iglesias cerradas la mayor parte del día, abriéndolas apenas unos minutos antes de las celebraciones eucarísticas?
Si hay suerte y está abierta, todavía me resulta más frustante que haya ruido en el interior. ¿No hay sitios para charlar, mucho más interesantes que una iglesia? ¿Es tanto el ruido exterior que hemos cogido horror al silencio? No siempre es ruido de cháchara, a veces son devociones de unas personas piadosas, que rezan el rosario u otras oraciones en voz alta. Me parece muy bien que lo hagan, pero ¿tiene que ser precisamente en el único rato que está la iglesia disponible?
Pongo tres ejemplos. En mi parroquia, solo se abre 30 m antes de la misa, y siempre hay personas rezando el rosario en ese rato, asi que ya he decidido buscar otro templo. El pasado viernes tenía una reunión cerca de la catedral, asi que entré en la cripta de la Almudena a hacer ese rato de meditación. En la capilla del Santísimo, reservada para la oración, unas piadosas señoras rezaban las letanías del Sagrado Corazón. Me fui a la nave principal, donde entre el órgano (lo más llevadero), los turistas paseando y haciendo fotos, y finalmente un sacristán con la aspiradora, no puede decirse que el sosiego fuera ejemplar. El sábado me acerqué a la ermita de la virgen del Puerto, a media tarde. Estaba abierto, "estupendo", por fin tranquilidad. Resulta que preparaban la fiesta del día siguiente, y entre la limpieza, sacar las andas de la imagen y otras chácharas, no hubo manera de concentrarse.
En fin, a veces me pregunto por qué será tan difícil rezar en una iglesia.