Hace unos días una de mis hijas recibió el sacramento de la Confirmación, uno de los llamados sacramentos de la iniciación cristiana. Estos son 3: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, y sientan las bases de la vida cristiana. Los fieles renacemos en el Bautismo al borrarse el pecado original, somos fortalecidos por la Confirmación y alimentados por la Eucaristía.

Recibieron el sacramento más de 30 adolescentes que se habían preparado con la catequesis semanal durante 2 años. No saludé ni hablé con todas, claro, pero a las que vi estaban felices y emocionadas, señal de que eran plenamente conscientes de lo que iban a recibir.

Yo viví el momento con mucha ilusión, alegría, emoción y gratitud. Porque era consciente de que esas adolescentes dejaban de vivir la fe de sus padres para vivir su propia fe, la que ellas querían fortalecer, alimentar y vivir personalmente.

En la charla preparatoria que recibimos los padres, el sacerdote nos dijo que la Confirmación era un compromiso personal del confirmando con Dios para ser testigo de Cristo. ¡Casi nada!

A mí me hubiera encantado vivir en tiempos de Cristo, haberle conocido personalmente y haber sido su testigo. Pero estoy feliz de haber nacido en el siglo XX ser su testigo ahora.

Cuando yo me confirmé tenía 14 años y recuerdo que me parecía muy grande e importante querer ser testigo de Cristo, aunque me parecía más algo teórico que práctico y practicable. Ahora me doy cuenta de que es realmente algo práctico y practicable.

Viví la confirmación de mi hija mucho más conscientemente que la mía propia, renové interiormente mi compromiso personal con el Señor de ser su testigo en el mundo en el que vivo.

El Vicario Episcopal dijo unas cuantas cosas bien claras, bien sencillas, bien bonitas.

Dijo que Dios sigue tomando en serio a los hombres. Que la Iglesia toma en serio a los confirmandos y que ellos también se toman en serio, por eso han recibido la catequesis y el sacramento.

Y que porque la Iglesia los toma en serio les ofrece lo mejor. ¿Y qué es lo mejor? Que Dios les dice a cada uno “Te vuelvo a dar, de forma plena, mi amor: la fuerza del Espíritu Santo, lo que soy.”

Les dijo también que Dios les hacía un gran regalo. Que se daba a Sí mismo para no irse nunca de su vida, eso es lo que significa que el sacramento imprime carácter. Para ayudarles a afrontar su vida.

Que la Confirmación es un pacto que nadie puede romper, y esto les llena de esperanza ante la incertidumbre.

Les dijo que en el primer Pentecostés los Apóstoles y la Virgen María habían sido testigos de los milagros del Señor, de su muerte y de su resurrección, pero necesitaban una fuerza especial: el Espíritu Santo. Y los que eran débiles quedaron fortalecidos.

Que nosotros somos débiles, ¡Por eso se nos da la fuerza de Dios! Y que el que se sabe débil es una persona sabia porque es consciente de que no puede hacerlo todo solo y necesita a Dios, por eso somos fortalecidos en nuestra debilidad por Dios mismo, que viene a mí para no irse jamás.

Porque la Iglesia, que es nuestra madre, nos acompaña: con nuestras familias, con nuestros catequistas, con nuestros formadores, con nuestros sacerdotes, parroquias, grupos…

Y que como madre sabe que en la ceremonia los confirmandos están nerviosos, así que sólo hay que responder “Amén”, Así sea: esta es la actitud del creyente, acoger el regalo de la fe, del Espíritu Santo, del perdón de los pecados…

Cuando se vive desde Dios esto es capaz de transformar el mundo.  Aunque algunas de estas adolescentes pierdan la fe por el camino o se les duerma o la dejen marchitar, que pasará seguramente, otras sí serán testigos de Cristo.