El conflicto entre el Islam y el Occidente no es una aberración, sino una continuación de la historia, la estrategia de los que buscan encubrir y así empoderar al Islam es fijarse en las aberraciones pacíficas mientras suprime la secuencia continua de hostilidad.

RAYMOND IBRAHIM

Así, en “Italia debe recordar su pasado pluralista,” Akbar Ahmed, director de estudios islámicos en la Universidad Americana, Washington, D.C., destaca episodios no característicos del pasado de Italia con los musulmanes en un intento por convencer a los italianos de ser aún más aceptadores de los inmigrantes musulmanes.

Antes de observar sus afirmaciones, es necesario algún contexto histórico real concerniente a Italia y al Islam – vacío en el artículo de Akbar acerca del “pasado.”

Una vez que fue desatada la yihad desde Arabia, Italia no sólo fue asedidada y puesta bajo amenaza por siglos, sino que como asiento de Roma y de la Cristiandad occidental, lo que es decir el reino del infiel – muchos califas y sultanes ambiciosos la atacaron a menudo, mientras hacían el alarde islámico perenne que ellos serían los primeros en convertir el altar de San Pedro en un abrevadero para sus caballos.

Tan temprano como en el siglo VII, “la nación de los sarracenos que ya se había expandido a través de Alejandría y Egipto,” escribió Pablo el Diácono (b. 720), “llegaron repentinamente con muchos barcos, invadieron Sicilia, entraron a Siracusa e hicieron una gran matanza de la gente – unos pocos escapando sólo con dificultad, que habían huido a las fortalezas más fuertes y a las cadenas montañosas – y llevaron también gran botín … y así regresaron a Alejandría.”

Para el año 846, flotas musulmanas se las arreglaron para llegar a la costa de Ostia, cerca de Rome. Incapaces de violar los muros de la Ciudad Eterna, saquearon y despojaron el campo circundante, incluyendo – para la conmoción de la Cristiandad occidental – las veneradas basílicas de San Pedro y San Pablo. Los invasores profanaron los dos santuarios santos, profanaron las tumbas de los dos apóstoles más reverenciados de la Cristiandad, y las despojaron de sus tesoros.

Tal sacrilegio provocó que el Papa León IV erijiera fuertes muros junto a la margen derecha del Tíber para proteger las basílicas y otras iglesias de más operativos musulmanes. No disuadidos, “en el año 849 los musulmanes intentaron un nuevo desembarco en Ostia; entonces, cada año desde alrededor del año 857 en adelante, amenazaron el litoral romano”, explica el medievalista francés C.E. Dufourcq.

De hecho, la siguiente entrada de la historia de Ibn al-Athir abordando el sur de Italia y Sicilia es indicativo de la cantidad y calidad de estas invasiones islámicas:

Otro ataque [en el 835] dirigido a Etna y los bastiones vecinos resultó en el incendio de cosechas, la matanza de muchos hombres y pillaje. Fue organizado nuevamente otro ataque en al misma dirección por parte de Aúu al-Aghlab en el año 221 [según el calendario musulmán, el que en este caso se correspondió con el Día de Navidad de 835]; el botín traído de regreso fue tan extenso que los esclavos fueron vendidos por casi nada[.] … En el mismo año, fue enviada una flota contra las islas [cristianas vecinas]; después de haber tomado rico botín y conquistado muchos poblados y fortalezas allí, retornaron a salvo y bien. En el año 234 [5 de agosto de 848], los habitantes de Ragusa hicieron la paz con los musulmanes a cambio de rendir la ciudad y lo que ésta contenía. Los conquistadores la destruyeron después de haber sacado todo lo que se podía transportar. En el año 235 [25 de julio de 849], una tropa de musulmanes marchó contra Hena y regresó a salvo y bien, después de haber sometido la ciudad al pillaje, asesinato e incendio [Ye’or 2010, 289–290].

El tratamiento sádico al infiel acompañó siempre el ataque, porque “era para la diversión de los sarracenos profanar, tanto como saquear, los monasterios e iglesias”, destaca Edward Gibbon. “En el sitio de Salerno un jefe musulmán extendió su cama sobre la mesa de comunión, y sobre ese altar sacrificó cada noche la virginidad de una monja cristiana.”

Aunque siglos de cruzadas salvaguardaron en gran medida a Italia y Sicilia de más ataques islámicos, para 1480, el sultán otomano Mehmed II invadió Italia y capturó Otranto. Más de la mitad de sus veintidós mil habitantes fueron masacrados, cinco mil llevados lejos con cadenas. Otros ochocientos cristianos fueron decapitados ritualmente sobre la cima de una colina (por consiguiente nombrada “La Colina de los Mártires”) por rehusarse a convertirse al Islam, su arzobispo fue serruchado por la mitad.

Aquí está como el sacerdote francés Jérôme Maurand describió la suerte de los habitantes de la pequeña isla de Lipari fuera de Sicilia después que fue invadida por los otomanos en 1544: “Ver a tantos pobres cristianos, y especialmente tantos niños y niñas [esclavizados] causaban una pena muy grande[.] … Las lágrimas, lamentos y gritos de estos pobres liparinos, el padre observando a su hijo y la madre a su hija … llorando mientras abandonaban su propia ciudad a fin de ser llevados a la esclavitud por esos perros que parecían lobos rapaces en medio de ovejas apocadas.”

No logrando comprender por qué los conquistadores musulmanes torturaban tan caprichosamente a la población ahora esclavizada – incluso destripar lentamente a los viejos y enfermos con cuchillos “por despecho” – él preguntó “a estos turcos por qué ellos trataban a los pobres cristianos con tal crueldad, [y] ellos respondieron que tal comportamiento tenía virtud muy grande; esa fue la única respuesta que obtuvimos.”

Finalmente, muchísimos de esos millones de europeos esclavizados y vendidos en la Berbería Musulmana entre los siglos XV y XIX fueron capturados originalmente en la línea costera italiana y Sicilia.

No hace falta decir que estos siglos y acontecimientos – documentados en mi libro, Espada y Cimitarra: Catorce Siglos de Guerra Entre el Islam y el Occidente – nunca llegaron al artículo de Akbar, “Italia debe recordar su pasado pluralista.”

En su lugar – y debido a que su agenda es provocar que los italianos sean más acomodadores de los inmigrantes musulmanes – él ignora la constante histórica mientras se fija en esas aberraciones que podrían validar su tesis:

“Italia produjo líderes cristianos tales como Rogelio II, el Rey de Sicilia, y Federico II, el Santo Emperador Romano, Rey de Sicilia, y Rey de Italia, quien hablaba árabe, tenía guardaespaldas musulmanes, y mostraba inscripciones árabes en su manto real. Los musulmanes y judíos tuvieron permitido vivir según sus propias leyes, y la joya de la arquitectura siciliana, la Capilla Palatina del siglo XII de Rogelio, incorporó influencias cristianas, musulmanas y judías.”

Tal es la evidencia de Akbar concerniente al “pasado pluralista” de Italia. Si bien sus anécdotas parecen estar lejos de los siglos de hostilidad firme que han sido mencionados más arriba, uno todavía está perdido con respecto al planteo de Akbar. Después de todo, pocos si es que algunos italianos hoy tienen un problema con conocer árabes, emplear a no cristianos, permitir a otros vivir según sus costumbres, o erigir arquitectura exótica.

Más bien, ellos tienen un problema con facilitar la yihad antigua contra su patria trayendo más y más inmigrantes musulmanes que actúan en concordancia con la historia que Akbar sugiere nunca sucedió.

Fuente: American Thinker




NOTAS

https://www.enlacejudio.com/2018/04/22/empoderar-al-islam-reescribiendo-la-historia/