“El reino de Dios es la misericordia del Padre ofrecida en Jesús, ahora, a todo hombre gratuitamente, independientemente de todo mérito, de toda condición de raza, lengua o posición social”.

 «La predicación de Jesús comienza con la llegada del Reino de Dios: “Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”»

Nos hace una invitación al Reino no con imposición o miedo, sino como una buena noticia que salva de la esclavitud y lleva a la libertad. Jesús anuncia esta maravilla: Dios nos ama como hijos. Para dar a conocer su Reino usa hechos y palabras: “Los signos de la venida de este reino son múltiples y todos son positivos. Jesús comienza su ministerio cuidando a los enfermos, tanto en el cuerpo como en el espíritu, de aquellos que vivían en la exclusión social –por ejemplo, los leprosos-, de los pecadores mirados con desprecio por todos, también por los eran más pecadores que ellos, pero se hacían pasar por justos. Y Jesús ¿cómo les llama?  'Hipócritas'. El mismo Jesús indica estos signos, los signos del Reino de Dios:  'Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y se anuncia a los pobres la buena Nueva'.”

Oramos, con insistencia, para que venga este Reino. Todavía, el mundo sigue marcado por el mal de tantas personas que sufren, que no se reconcilian, por las guerras y tantas explotaciones de niños mujeres y hombres. Muchas veces nos preguntamos: ¿Por qué el reino avanza tan lentamente? Responde el Papa: “El reino de Dios es ciertamente una gran fuerza, la más grande que existe, pero no de acuerdo con los criterios del mundo. Por eso, nunca parece tener mayoría absoluta. Es como la levadura que se amansa en la harina: aparentemente desaparece, pero es precisamente la que fermenta la masa. O es como el grano de mostaza, tan pequeño, casi invisible, pero lleva dentro la fuerza explosiva de la naturaleza… En este destino del Reino de Dios podemos intuir la trama de la vida de Jesús: Él también era un signo débil para sus contemporáneos, un evento casi desconocido para los historiadores de la época. Él mismo se definió como un  'grano de trigo' que muere en la tierra, pero que solo de esta manera puede dar 'mucho fruto'… Dios siempre nos sorprende. Dios siempre nos sorprende. Gracias a Él después de la noche del Viernes Santo, hay un alba de Resurrección capaz de iluminar de esperanza al mundo entero”.

Hoy nos corresponde a nosotros sembrar el reino. No seamos tacaños: “Sembremos esta palabra en medio de nuestros pecados y fracasos. Regalémosla a las personas que están derrotadas y dobladas por la vida, a los que han saboreado más el odio que el amor, a los que han vivido días inútiles sin haber entendido nunca el por qué. Regalémosla a los que han luchado por la justicia, a todos los mártires de la historia, a los que han llegado a la conclusión de que han luchado por nada y de que el mal domina este mundo. Escuchemos entonces la oración del Padre Nuestro. Repetirá, por enésima vez, estas palabras de esperanza, las mismas que el Espíritu ha puesto como sello de todas las Sagradas Escrituras:  '¡Sí, vengo pronto!': Esta es la respuesta del Señor. 'Vengo pronto'. Amén. Y la Iglesia del Señor responde: '¡Ven Señor Jesús!' Y Jesús dice: 'Vengo pronto'. Y Jesús viene, a su manera, pero todos los días. Tenemos confianza en esto. Y cuando recemos el Padre Nuestro digamos siempre:  'Venga a nosotros tu Reino', para sentir en el corazón:  'Sí, sí, vengo, y vengo pronto'“.