Si no luchas por algo,
te dejarás vencer por todo.
-James C. Hunter-
 
          Cada vez que una persona hace norma de vida el famoso: «me apetece», «me lo pide el cuerpo», «es que yo soy así»..., debilita su voluntad, pierde autodominio y se empobrece como persona porque retrocede ante el esfuerzo y pone como meta de su vida la ley del mínimo esfuerzo.
 
          El genial Quino, nos lo explica magníficamente en unas viñetas de Mafalda.
 
          Va Felipe deambulando por la calle cuando encuentra una lata vacía. El primer instinto que se le despierta es acercarse a la lata y pegarle una patada; pero reflexiona interiormente: 
          ─¡El grandullón este pateando una latita! 
          Se domina, pasa de largo, y se crece interiormente al haber sido capaz de vencer un impulso infantiloide. El problema es que, a los pocos metros, se da la vuelta y suelta la tentadora patada. Entonces hace una segunda reflexión: 
          ─¡Qué desastre!¡Hasta mis debilidades son más fuertes que yo!
 
          ¿De qué están hechos los buenos propósitos para que se desvanezcan tan rápido?  Posiblemente porque vivimos en la superficie; el hombre ha conquistado el mundo exterior, pero se ha estancado en el conocimiento y conquista de su propio mundo.         
          Hemos conseguido un mayor regalo y comodidad en la vida que nos rodea y, sin embargo, hay menos fortaleza en el alma. 
          Nos lucramos de la técnica y de las máquinas y, materialmente, vivimos mucho mejor que antes, pero, como dice Enrique du Passage: Todas las instituciones resultan ineficaces, cuando no pueden apoyarse sobre las almas y las conciencias.
 
          Hemos olvidado esto. Nos volcamos en el exterior, vamos conquistando la vida; pero no nos hemos conquistado, no somos dueños de nosotros mismos, no desplegamos todas aquellas posibilidades de dicha y de bien que el Creador sembró en nosotros. 
          Utilicemos las energías de nuestra fe y avancemos seguros hacia el Bien apoyándonos en lo que más tenemos: nuestras debilidades. Nos lo  dice San Pablo (2 Cor.12, 9): Te basta mi gracia, pues mi poder se desarrolla en la flaqueza. 
          Con la Madre de la mano, podremos exclamar corrigiendo al personaje de Quino:
 
          ─¡Qué maravilla!¡Cada día soy más fuerte, gracias a mis debilidades!