Dice la teoría cristiana del pecado que a los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza) se le oponen las llamadas virtudes. Para el pecado capital de la envidia propone la teoría tradicional del pecado la virtud de la caridad, igual que para el pecado de soberbia propone la de la humildad. En realidad, se ve muy claro que donde hay humildad no hay soberbia: no se puede ser soberbio y humilde a la vez, como no se puede ser alto y bajo al mismo tiempo. Ahora bien, ¿vale decir lo mismo para la envidia y la caridad? En otras palabras, ¿es verdad que donde hay caridad no puede haber envidia? O aún en otras, ¿es verdad que el envidioso no puede ser caritativo o el caritativo no puede ser envidioso?
 
            De que la caridad, en su acepción más extensa de “amor”, o en su acepción más restringida de “desprendimiento de los bienes propios para compartirlos con los que tienen menos”, es una medicina contra la envidia puede caber poca duda. En realidad, es remedio de casi todos los pecados, llámese soberbia, llámese ira, llámese gula, llámese lujuria, llámese egoísmo... Sin embargo, no se ve que ocurra igual que sucede con la soberbia, que no puede convivir con la humildad, es decir, que donde hay soberbia no hay humildad y que donde hay humildad no hay soberbia. Porque el caso del envidioso que practica la caridad no es inimaginable, no es ontológicamente imposible. No es desde luego ni sencillo ni frecuente, pero posible, lo que se dice posible, sí. Es más, casi diría que para cierto tipo de envidioso, practicar la caridad puede presentarse como recurso adecuado para autojustificar su envidia.
 
            En las líneas que siguen voy a proponer otro antídoto contra la envidia algo diferente del de la caridad, que no es sino el que da título a esta entrada, es decir, el espíritu de superación, aunque como ocurre con la caridad, no estoy proponiendo el contrario metafísico, sino sólo y simplemente un antídoto. O en otras palabras, que al igual que sucede con la caridad, el caso de un envidioso que no carezca de espíritu de superación es ontológicamente posible, si bien, según creo, no frecuente.
 
            ¿Y por qué propongo el espíritu de superación como antídoto de la envidia? Pues bien, porque la envidia, siendo como es una manera de querer ser mejor que la persona envidiada, es también una manera “perezosa” de querer serlo. Se envidia al que tiene un coche mejor porque se querría tener ese coche. Se envidia al que es más sabio porque se querría ser tan sabio como él. Pero de una manera perezosa, porque el pecado de la envidia es primo hermano del de la pereza.

            En realidad, no es que se quiera luchar para tener ese coche, porque ello obligaría a trabajar más para ganar más dinero y poder permitírselo; en realidad, no es que se quiera luchar para ser más sabio, porque eso obligaría a estudiar mucho para conseguirlo. Simplemente se desea que el que tiene el coche deje de tenerlo para tener uno como el nuestro o peor: en un caso de envidia entrema, que se pegue un tortazo con su cochazo. Se desea que el que es más sabio desaparezca de nuestra vida, para poder aparecer nosotros como el más sabio: en un caso de envidia extrema, que le dé una embolia y se quede tonto.
 
            Pues bien, es desde este punto de vista que el espíritu de superación es antídoto de la envidia. Se desea el coche del vecino, sí, pero se está dispuesto a trabajar más para conseguirlo. Se desea ser tan sabio como el vecino, sí, pero se está dispuesto a estudiar para lograrlo.
 
            En realidad, si lo pensamos un poquito, el espíritu de superación excluye, rompe, ese nexo tan característico que existe entre envidia y pereza. Es verdad que aún con espíritu de superación se puede seguir envidiando, porque el espíritu de superación no es el contrario ontológico de la envidia. Pero sí es una medicina que puede conseguir que al menos, el envidioso no contemple la posibilidad de que la persona envidiada se dé un tortazo o padezca una embolia como el único camino para conseguir tener un coche como el suyo o mejor, o ser más tan sabio como él o incluso más.
 
            Donde vean Vds. una persona con espíritu de superación, raramente verán Vds. una persona envidiosa. La persona que tiene espíritu de superación tiende a creer más en sus propias posibilidades para superar a los demás que en la fatalidad de los demás para que vengan a quedar por debajo de uno.
 
            Es más, cuando el espíritu de superación se presenta absolutamente exento de envidia, no sólo no se desea que el vecino se quede sin el coche envidiado, sino que se desea que no lo pierda o que incluso se compre uno mejor; no sólo no se desea que el vecino se quede tonto, sino que se desea que siga siendo tan sabio o hasta lo sea más. Porque en ambos casos, tanto si consigue un coche mejor como si logra superarle en sabiduría, el reto habrá sido mayor, y el logro más satisfactorio, más meritorio y más valioso.
 
            Y bien amigos, con esta nueva reflexión sobre la envidia, pecado que como ya habrán observado Vds. me fascina desde un punto de vista ético y ontológico, les dejo una vez más por hoy: que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Como siempre.
 
 
 
            ©L.A.
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