La noche del 22 de julio de 1936
 
Los beatos Pedro Ruiz de los Paños y José Sala cedieron de momento a la invitación que les hizo el señor cura de San Andrés, don Avelino García Sánchez, para que se quedaran en su casa. Pero, después de cambiar impresiones, “resolvieron acercarse a pedir hospitalidad para aquella trágica noche a una casa antigua, en donde vivía el caballeroso y cristiano maestro don Salvador López Martín”. Pero en un piso de la casa vivía también un acérrimo socialista, que se opuso rotundamente y con brusquedad. Los siervos de Dios prefirieron no causar molestias ni poner en peligro a la gente de aquella casa y fueron a pedir hospitalidad a la casa del sacerdote don Álvaro Cepeda, calle de Santa Isabel, número 22.
 
Testifica doña Purificación Peláez, viuda del general Sedeño:
“A eso de las nueve de la noche llamaron a la puerta y, franqueada, entraron, vestidos de seglares, el reverendísimo don Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, y el reverendo don José Sala, rector del Seminario Menor, rogándonos tuviéramos la caridad de darles asilo.
Tanto Álvaro como todos los de casa, aunque con la inquietud y el temor que las circunstancias sugerían, nos dispusimos a rendirles nuestra asistencia, consiguiendo a duras penas que aceptaran la frugal colación de un chocolate parvo.
Seguidamente el señor Ruiz de los Paños nos rogó le acompañásemos a rezar el Santo Rosario, y así lo hicimos con una devoción que en la vida recuerdo haber superado y que era en todos nosotros el reflejo y la sugestión de la fe ardiente que se transparentaba en el rostro de don Pedro y vibraba en su acento.
Terminados los rezos, pasamos gran parte de la noche escuchando las palabras serenas, dulces, henchidas de un insuperable amor a Dios y espíritu de sacrificio con que don Pedro nos describía la gloria del sacerdote que sufre el martirio...
"Mañana, a primera hora, vendrán por nosotros y nos matarán”, dijo, profético, a sus compañeros. “¡Que nos encuentren bien preparados para presentarnos ante nuestro Padre!”.
Cuando, a las siete y media del día siguiente, hicieron irrupción en la casa los bárbaros sicarios, él fue el primero que se entregó a su furia, sin un gesto de protesta ni una palabra de condenación ante la grosería y rudeza de aquellos criminales; y marchó con paso seguro, dejándonos la impresión imperecedera de un ejemplo extraordinario y un recuerdo imborrable de las últimas horas de la vida mortal de un varón que me pareció un santo”.
23 de julio de 1936
Pasaron aquella noche en la casa del siervo de Dios Álvaro Cepeda. La hermana de este sacerdote cuenta los últimos momentos de aquella noche y de la mañana siguiente.
Hacia las siete y media les preparé el desayuno, junto con mi hermano Álvaro, y apenas habían terminado de tomarlo, se presentaron unos milicianos, a quienes dio tabaco mi hermano y con quien conversaron con respeto y buenas formas.
De repente irrumpieron otros cuantos milicianos, diciendo que de la casa habían salido tiros. Era la excusa que solían poner para allanar moradas. Fue inútil que don Álvaro asegurase lo contrario, llegando a jurar que tal no había ocurrido...
Les dijo un miliciano: Ustedes son maristas; y como no se conformasen con la negativa dada una y otra vez por don Pedro, éste les dijo que eran superiores del Seminario; y en seguida dispusieron fueran los tres detenidos. Aunque hablaron de atarlos uno a otro, dijeron al fin que fuesen sueltos.
Sólo puedo decir que observé una paz y serenidad grandísimas en don Pedro, que no cesaba de dar a todos aliento y confianza en Dios. 
Sin oponer resistencia alguna
 
Don Pedro y don José no opusieron resistencia alguna. A la pregunta de si llevaban armas para defenderse, dice el seminarista Antonio Ancos: “Sé que los siervos de Dios no llevaban armas para defenderse, porque nos estuvimos cambiando de ropa y vi que no las tenían ni las habían tenido”. Y Ángel Rodenas asegura: “Solamente llevaban el crucifijo y el rosario”.
El señor don Julio García del Río vio a los siervos de Dios, ya detenidos, a la puerta de la casa de don Álvaro Cepeda.
 
Al salir de su casa quedó sorprendido viendo una patrulla de milicianos que, fusil en mano, custodiaban a dos caballeros de buen porte. “Uno era don Pedro Ruiz de los Paños y el otro don José Sala”. Preguntó a uno de los vecinos qué significaba aquello. Y el interrogado contestó: “Pues que los milicianos han detenido a estos dos maristas (la gente, en los primeros momentos, creyó maristas a los dos venerables sacerdotes) en casa de don Álvaro Cepeda, y están esperando a que éste baje para llevarse a los tres”.
 
Mi atención -continúa diciendo el testigo- la absorbió totalmente don Pedro. Era un hombre más bien grueso, de regular estatura, muy calvo y de acusadas facciones de bondad. Le vi inmóvil como una estatua, sin que se le advirtiera la más leve contracción muscular que evidenciase desfallecimiento alguno; su rostro, cubierto de intensa palidez, transparentaba un inefable y beatífico goce y tenía los ojos fijos en el cielo.
 
Un momento experimenté la sensación vivísima de estar contemplando el caso extraordinario de un espíritu que se desliga ya de la materia, y en presencia de un varón santo.
 
¡Arriba los brazos!´, gritó, imperioso, el que parecía jefe de la patrulla. Los brazos del mártir se elevaron hasta quedar extendidos en cruz, ligeramente doblados hacia arriba y cerrados los puños; y en esta actitud perseveraba, mientras que sus ojos seguían con estática fijeza clavados en el cielo.
 
A poco debió salir de su casa el virtuoso sacerdote don Álvaro Cepeda, y ya juntos los tres, salieron camino del suplicio.
 
Martirio de los Beato Pedro Ruiz de los Paños y José Sala Picó
 
El día 23 de julio de 1936 caían, mártires por Dios y por el sacerdocio, en el Paseo del Tránsito de Toledo, don Pedro Ruiz de los Paños, don José Sala y don Álvaro Cepeda.
 
El señor don Leandro de la Flor Pérez, practicante en medicina y cirugía, estaban en la Casa de Maternidad, frente al Paseo del Tránsito. Él fue testigo presencial del martirio de estos siervos de Dios.
 
Yo fui testigo presencial del fusilamiento de los siervos de Dios don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala. Cuanto yo vi y recuerdo perfectamente, como si ahora mismo lo estuviera viendo, es lo siguiente:
 
Yo vivía en la Casa de Maternidad de la ciudad de Toledo, sita en la calle de San Juan de Dios, junto a la sinagoga llamada del Tránsito. En dicha Casa de Maternidad desempeñaba yo mi profesión de practicante.
 
Eran aproximadamente las nueve de la mañana del día 23 de julio de 1936, y me encontraba lavándome, teniendo la persiana de mi habitación bajada. Entonces oí un ruido considerable de muchas personas que en aquel momento pasaban por la calle de Reyes Católicos, precisamente debajo de la ventana de mi habitación, en el piso bajo de la Casa de Maternidad. Yo me asomé a la ventana, un poco oculto detrás de la persiana, y vi, a unos metros solamente de distancia, a unos veinte o treinta milicianos armados y algunas mujeres.
 
(En la foto: el operario diocesano, Romualdo Carrillo, diligente investigador de las circunstancias que rodearon el martirio de los beatos Pedro Ruiz de los Paños y José Sala, señala en el Paseo del Tránsito el lugar preciso en donde cayeron los cadáveres).
 
En el momento de asomarme a la ventana oí que un miliciano dijo: “¡Pararsus!”, y, parados, observé con todo detalle las personas de don Pedro Ruiz de los Paños, don José Sala y don Álvaro Cepeda, que estaban uno detrás de otro por el orden que les acabo de mencionar.
 
Don Pedro llevaba un blusón de dril; las manos cerca del pecho, con un semblante sereno, y miraba repetidamente al cielo. Don José Sala iba vestido con un blusón de dril y con aspecto sereno. Don Álvaro Cepeda, de paisano, y con nerviosismo.
 
Inmediatamente el miliciano dijo: “¡Pá alante!”, y don Pedro y don José anduvieron para adelante, así como don Álvaro, que recibió unos empujones de los milicianos. Entraron andando los tres sacerdotes, delante de los milicianos, en el Paseo del Tránsito, y yo les seguía viendo perfectamente con la cara pegada a la reja de mi ventana, desde la cual iba observando cuanto iba aconteciendo.
 
Estando a los pocos metros después de dejar la calle de Reyes Católicos, y muy próximos a un bando del Paseo del Tránsito, los tres sacerdotes dichos, oí una descarga de tiros que se sucedieron en gran número, descarga que hicieron los milicianos que los conducían, con los fusiles y otras armas de fuego que llevaban.
 
Yo vi cómo don Pedro cayó inmediatamente boca abajo con las manos extendidas hacia adelante, quedando en esta postura tendido en el suelo. Don José Sala se torció un poquito y también cayó al suelo. Don Álvaro Cepeda también se retorció y cayó boca arriba.
 
Así quedaron muertos, y los milicianos inmediatamente se retiraron, volviéndose por donde habían ido y volvieron a pasar por delante de mi ventana. Yo les oí decir: ´¡Ya cayeron otros tres; a ver si terminamos con todos!´ Desaparecieron, riéndose a carcajadas y celebrándolo ellos y las mujerucas que les acompañaban.
 
Los cadáveres permanecieron en el mismo sitio, sin que nadie los tocara, hasta el mediodía, alrededor de la una.