¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? ¡No temáis!
 

«Podemos observar -escribe San Juan Pablo II- ante todo que, después de la Resurrección, Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos con su cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria del alma; pero sin ninguna característica triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que se encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha querido enfrentarse a sus adversarios, asumiendo la actitud de vencedor, ni se ha preocupado por mostrarles su “superioridad”.

A los privilegiados de sus apariciones, Jesús se deja conocer en su identidad física: aquel rostro, aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel costado que habían traspasado; aquella voz que habían escuchado tantas veces.

Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que Él sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 1416) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante Él. Se le ama, se le busca, pero en el momento en que se le encuentra se experimenta alguna vacilación...

Pero Jesús los lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena, como a los discípulos de Emaús, y, análogamente, a otros discípulos (Lc 24, 25-48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.

Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no solo la verdad de la Resurrección, sino también la identidad de Aquel que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como Otro: un Cristo transformado. No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.

Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de Otro, sino de Él mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24, 32). Señor mío y Dios mío (Jn 20, 28). He visto al Señor (Jn 20, 18). Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio del dolor y de la muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida[1]».

Por eso, como hemos escuchado en el Evangelio, Cristo da a los discípulos la capacidad para perdonar los pecados, para empezar otra vez, como nos dice en la segunda lectura el discípulo amado: Todo esto se os dice para que no pequéis, para que emprendáis un camino nuevo. Pero si pecáis, tenéis a Alguien que aboga por vosotros ante el Padre: Jesucristo el Señor.

En verdad el Señor resucita y nos da la vida eterna. Que busquemos la gloria de Dios con nuestra vida, cada día de nuestra vida, en cada instante. Y que sepamos proclamar que ciertamente el Señor nos da la vida eterna, resucita para cada uno de nosotros. Nos quita los miedos y nos salva.
 
PINCELADA MARTIRIAL
El 7 de mayo de 2000, pasó a la historia porque por primera vez las diversas Iglesias cristianas rindieron homenaje común a los mártires del siglo XX: desde los mártires de la China en 1901 a los 44 seminaristas de Buta, asesinados por la guerrilla hutu, en Burundi, en 1997. Monseñor Hrynchyshyn, presidente de la Comisión de los Nuevos Mártires [para el Jubileo del año 2000], hizo públicas las cifras de los mártires cristianos del siglo XX: más de veintiséis millones.

De todos ellos podemos recordar la terrible persecución contra la Iglesia Católica en Albania. 1967 fue para el país de las Águilas un año de demencia. En uno de los primeros países en que floreció el cristianismo (se cree que San Pablo estuvo allí), el país donde había sido creado el himno del Te Deum y que había visto nacer a Santa Teresa de Calcuta, se llevó a cabo un acto inaudito, sin precedentes: se declaró la religión fuera de la ley. La Albania comunista fue más lejos en sus formas que Hitler y Stalin.

Hace años tuve ocasión de poder conversar con monseñor Frano Illia (19181997), arzobispo de Scútari (Albania), que estuvo encarcelado durante 18 años, seis de ellos en trabajos forzados. Él me decía: Quien me ha ayudado a llevar esta desgracia, pues humanamente hablando verdaderamente esta situación es una desgracia, ha sido únicamente la ayuda de Dios. Alguna vez me han preguntado mientras me entrevistaban: “¿Odia a aquellos que le han hecho daño?”. Mi respuesta ha sido: ¡No! Nunca he odiado a nadie, ni tampoco ahora odio a ninguno.
 

Él mismo nos decía que, independientemente de la ruina económica, el comunismo había arruinado lo más importante: al propio hombre. Recuerdo a otro anciano franciscano, el padre Stéfano Pistulli, que contaba todo lo vivido por sus hermanos: interrogatorios, vejaciones, torturas sin fin aplicando corriente eléctrica en los oídos, o con agua hirviendo, poniéndoles astillas de pino entre las uñas que luego incendiaban, bastonazos, patadas en la boca..., innumerables sufrimientos para en el mejor de los casos terminar en prisión, destinados a la muerte o a trabajos forzados que acababan consumiendo las fuerzas físicas. Todo este empeño para hacer desaparecer el nombre de Dios de un país. Inútil esfuerzo... “Cada día de la dictadura albanesa este humilde fraile franciscano celebró a escondidas la Eucaristía, sin que su propia familia lo supiese, mientras repetía mysterium fidei (este es el Sacramento de nuestra fe), alabando el nombre de Dios, contra el que no pudo la dictadura”.

Y esta historia se ha repetido desde la primera persecución de Nerón. Cambian las formas, pero Cristo ha sido perseguido cada vez que un cristiano ha sido perseguido. Por eso es necesario el recuerdo, la memoria de estos hombres que han dado su vida por Dios. Ser cristiano implica amar a los enemigos, perdonarles sus ofensas y rezar por ellos.
 

[1] SAN JUAN PABLO II, Audiencia del 22 de febrero de 1989, números 3 y 5-7.