Si en una encuesta improvisada alguien preguntara por la calle qué derrota sufrió la II República Española, la respuesta de los encuestados sería automática: “¡pues que derrota va a ser, la de la Guerra Civil!”. Y sí, ésta es, efectivamente, una de las derrotas de la República, la sufrida en la Guerra Civil a manos del llamado bando nacional. Una derrota, por demás, particularmente frustrante, cuando tanto como de los aciertos de los vencedores, vino de la mano de los muchos errores cometidos “por los propios republicanos” y por la guerra que en su propio frente libraban entre sí comunistas, socialistas, anarquistas, trotskistas, stalinistas, separatistas... en una verdadera guerra civil dentro de la Guerra Civil.

            Una derrota que, al día de hoy, la izquierda española sigue lamentando, sigue llorando, como si fuera propia. Algo que, bien pensado, y aunque lo tengamos incuestionadamente interiorizado así porque, de hecho, así es como llevamos viviéndolo durante casi medio siglo, no era obligatorio, y la izquierda española perfectamente podría haberse desentendido, haberse desenganchado, de la izquierda republicana, de la República, igual que la derecha lo ha hecho de la derecha franquista, del Régimen franquista.
 
            Ahora bien, ¿es esto todo? ¿es la de la Guerra Civil la única derrota sufrida por la República, por los republicanos, por la izquierda republicana española, por la izquierda española? Pues bien, no. Y lo que es peor: aunque no lo confiese, tampoco la que más le duele.
 
            Si perder la Guerra fue doloroso, más doloroso es aún para la izquierda española "haber perdido la Paz". Sí, como lo oyen, "haber perdido la Paz". Porque lo cierto es que desde 1939 hasta 1975, la izquierda, en España, brilló por su ausencia. En España, durante cuarenta años, no hubo izquierda: no es que fuera ilegal (que lo era), es que no la hubo: una presencia testimonial y timorata del Partido Comunista… y nada más. Los partidos republicanos, ni estaban ni se les esperaba: hasta sus siglas desaparecieron. El PSOE, ausencia total. El PSOE, el Partido Socialista Obrero Español, desapareció literalmente de la escena: lo más que pudo articular, -mientras sus líderes, eso sí, se disputaban a cara de perro en Méjico el fabuloso tesoro fruto del expolio de las cajas fuertes de los bancos españoles, y aun de "otras cajas" más inconfesables, ilegalmente extraído de España en el yate "Vita"-, es un esperpéntico "Gobierno de la República en el exilio" que nadie sabe ni dónde tenía sede, y unas siglas enterradas en algún lugar de Francia o de Europa que ya criaban malvas cuando las rescató del olvido la Transición española (algunos de Vds. se acordarán de que al inicio de la Transición, existían dos PSOEs, el de un tal Llopis, autodenominado “Histórico”, -esa manía de la izquierda por la historia-, y el denominado “Renovado”, de Felipe González). Por mucho que poco les guste, Franco se les murió en la cama. Por mucho que poco les guste, más de un millón de españoles hicieron colas de hasta veinticuatro horas ante esa cama para darle un último adiós. Por mucho que poco les guste, a ellos les devolvió la legalidad una ley franquista. Y todo eso les duele, todo eso corroe penosa e inmisericordemente sus entrañas.
 
            Pues bien, con ser muy dura, más dura y más humillante que la de la mismísima Guerra Civil, tampoco es esta segunda la derrota más dolorosa sufrida por la izquierda republicana española. Existe una tercera derrota nunca confesada que le escuece aún más: me refiero a "la derrota de la República", la de “su” República, la que ellos hicieron y la que ellos gobernaron. Porque la República no la perdieron contra Franco o contra el fascismo internacional, ya les gustaría: la República la perdieron contra sí mismos, la perdieron ellos solitos.
 
            Cuando tenían el poder pleno para hacerlo -y ello sin obviar el tema de la más que cuestionable legitimidad de origen de su República-, cuando todos los vientos les soplaban de popa, no pudieron parir más que un aborto, un régimen fracasado, un estado malogrado, en el que el desorden, la miseria, la deslealtad, la desunión, el odio, la envidia, la venganza, la muerte, las pistolas, camparon por sus respetos enseñoreándose de calles y pueblos españoles, de todos sin excepción. Diez mil muertos a causa de su fe, cientos de iglesias y escuelas quemadas (por cierto, muchas al final de la República, pero tantas o más en sus primeros días), otros tres mil muertos víctimas del bandolerismo callejero, del terrorismo y hasta de los mismísimos cuerpos policiales estatales, continuos estados de alarma y de guerra, autogolpes de estado, el saqueo del Banco de España, el expolio de los patrimonios personales, las checas, los paseíllos, los diputados de la oposición y hasta sus más importantes líderes tirados en las cunetas (pinche Vd. aquí si desea conocer la gravísima responsabilidad del PSOE en el asesinato de Calvo Sotelo), elecciones trucadas, resultados falsificados, la constitución que ellos mismos hicieron mil veces violentada… eso, eso fue la II República Española y no otra cosa. Y lo que es peor, la terrible constatación de que todo lo que decían que iban a hacer, lo tuvo que hacer al final, un dictador: la seguridad social, el trabajo para todos, el orden, la estabilidad, el acercamiento de las clases sociales, la prosperidad, la convivencia, ¡la paz!… todo eso, realizado por un dictador porque los que deberían haberlo hecho, "ellos", perdían el tiempo en pegarse tiros y en serse desleales a sí mismos.
 
            Y de ahí tanto resentimiento de los que innecesariamente, quede claro, innecesariamente, se consideran "los hijos de la República", que no es sino el resentimiento que produce tanta derrota. De ahí esas prisas hoy en hacer leyes en las que escribir lo que los libros de historia no han podido. De ahí que ahora cambien calles y tiren estatuas. De ahí que derriben monumentos, y lo que es peor… desentierren cadáveres… No se puede caer más bajo. La guerra al cadáver (por algo preguntaba en las Cortes un día un pintoresco diputado al Gobierno si tenía algún plan contra una invasión de zombies). Ni en los peores tiempos del medievo. La famosa “España profunda” que tanto asco dicen les da, rediviva ahora por obra y gracia de aquéllos a los que se les llena la boca prometiéndonos modernidad.
 
            Nunca he entendido que la izquierda española no aprovechara esa circunstancia histórica providencial que fue la Transición para haber acometido una reforma en profundidad, para haber abandonado sus enormes michelines y empezar a lucir joven y delgada, y abandonar sus viejos harapos para sacar del armario sus mejores vestimentas. Nunca he entendido su afán de reivindicar el fracaso histórico y colectivo que representó la República, de echarse a la espalda la pesada carga histórica que supone, en lugar de olvidarla, de hacer como si no hubiera existido. Nunca he entendido el afán de la izquierda española en derribar estatuas en vez de levantar puentes, en desenterrar muertos en vez de echar tierra sobre ellos.
 
            No ha sido así. Para vergüenza de ellos, no ha sido así. Ahora, ¡casi un siglo después!, toca volver a abrir fosas comunes, toca volver a desenterrar cadáveres, toca seguir tirando estatuas(1), toca cambiar por enésima vez los nombres de las calles… Y todo ¿para qué? No lo van a conseguir: perdieron la Guerra… perdieron la Paz… y perdieron la República… “su” República… Eso no lo cambia nadie. Son unos perdedores y se lamen sus derrotas con un ungüento que, por desgracia para todos, y sobre todo para ellos, sólo producen los gusanos de las tumbas.
 
            En fin señores, hoy se cumplen 87 años de la proclamación de la II República Española, uno de los grandes fracasos, probablemente el Gran Fiasco, de la historia española: que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
 
 
            (1) Dicen las crónicas de la Transición que también a Felipe González le fue propuesto quitar la estatua de Franco del Ministerio de la Vivienda sito en Madrid, a lo que con una elegancia y un sentido de la autoestima que no demuestra la necrofóbica izquierda española del s. XXI respondió: “si no lo pudimos hacer mientras vivía, no lo vamos a hacer ahora que está muerto”. ¿Verdad, mentira? Personalmente me gustaría creer que efectivamente ocurrió. Necesito creer que en toda la izquierda española existe alguien con un mínimo sentido de la dignidad y de respeto por su propia persona.
 
 
            ©L.A.
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