Necesitamos humillarnos ante el Señor, en primer lugar, para que Él pueda levantarnos (cf. 1 Pedro 5,6). La humildad no es tener una baja autoestima, sentirse insignificante o carecer de sueños; se trata de no olvidar nunca que somos del Señor para poder reconocer que todo es para su gloria. Hoy más que nunca necesitamos practicar la humildad en la Iglesia (cf. Proverbios 18,12; Mateo 23,12; Santiago 4,6), de manera que la soberbia no nos impida reconocer a Dios actuando en medio de nosotros.

“Si mi pueblo, sobre el que es invocado mi Nombre, se humilla, ora, me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra. Mantendré mis ojos abiertos y mis oídos atentos” (2 Crónicas 7,14-15).

Practicar la humildad requiere mucha valentía, porque supone entregarle al Señor las riendas de nuestra vida. A Josué le pidió tener ánimo y ser valiente de manera insistente, porque era el proyecto de Dios el que estaba en juego. A Gedeón le saluda del mismo modo (Jueces 6,12) cuando le encomienda una misión, porque la manera en que Dios actuó en él requería esa valentía propia de los que se entregan sin condiciones. El Señor escogió al más pequeño de la casa, perteneciente al clan más pobre (Jueces 6,15), para derrotar a los madianitas. Y además de esto, se consiguió la victoria con un pequeño ejército de tan solo 300 hombres, a pesar de que eran 32.000 los que estaban en disposición de luchar.

“Dividió los trescientos hombres en tres cuerpos y puso en manos de todos ellos cuernos y cántaros vacíos con antorchas en el interior de los cántaros” (Josué 7,16).

¡Ridículo!, podemos pensar. ¿A dónde van con esos cántaros vacíos, antorchas y cuernos? Seguimos estando más seguros detrás de una estructura caduca que no estamos dispuestos a cambiar, o detrás de planes pastorales que tienen demasiada letra y poco espíritu. Sin embargo, el Señor desea llevar a cabo su obra contando tan solo con “cántaros vacíos”; es decir, con nuestra vida, nuestro barro y nuestra pobreza.

Debe ser un cántaro vacío y desprovisto de sus propias seguridades, para acoger en su interior la “antorcha”; es decir, la llama del Espíritu Santo y la fuerza de Dios que solo se puede manifestar en la debilidad. El “cuerno”, que sirve de trompeta, es la misión que nos ha sido confiada; es decir, la proclamación y el anuncio de la verdad. A veces nos parece que no tiene sentido lo que el Señor está haciendo; sin embargo, una buena dosis de humildad por nuestra parte será el antídoto que evite echar por tierra lo que Dios se propone hacer en su Iglesia y por medio de ella.

¡Ahora es cuando, éste es el tiempo! Él te llama y hoy necesita de tu fuerza, tu coraje y tu valor; necesita de tus sueños, que vueles alto y te revistas de su gracia para conquistar con amor la oveja descarriada. Atrévete a soñar.

Lo que yo agradezco a mi Señor es que me haya permitido cruzarme en el camino con verdaderos santos que muchas veces me avergonzaron de mi propia mediocridad, pero que siempre acrecentaron mi deseo de atreverme a soñar. Creo que aún no nos hemos dado cuenta que los sueños también forman parte del lenguaje de Dios (cf. Hechos 2,17). Todo lo que el Señor hace es eterno; el mismo que llamó a Abrahán para salir de su tierra y dejar todo por un sueño, es el que nos está llamando a cada uno de nosotros para que nos atrevamos a soñar con algo diferente y nuevo. Lo único que el Señor espera es que se levanten hombres y mujeres dispuestos a creer en su Palabra, de la misma manera que lo hicieron Abrahán y Sara. Atreverse a soñar para Dios significa que todo cuanto hagamos manifieste nuestro amor al Señor y nuestra compasión por las almas, proclamando así la gloria de Dios.

“Dime qué sueñas y te diré quién eres”, reza un refrán que reconocía haberse inventado un sacerdote italiano. Da la sensación de que la tendencia dominante es construir islas dentro de la Iglesia en vez de tender puentes para atrevernos a soñar juntos con un tiempo nuevo. Puede sonar a provocación, pero se trata de una propuesta para soñar juntos con un nuevo rostro de Iglesia más evangelizada y más evangelizadora. No podemos esperar ni pretender que los alejados se acerquen a la Iglesia por arte de magia; debemos ser nosotros quienes salgamos a su encuentro para invitarles al banquete del Reino de Dios (cf. Lucas 14,16-24).

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es