Era Viernes Santo; la nave de la gótica iglesia aparecía enlutada con negros crespones, los fieles que la llenaban mostraban sus serios rostros de acuerdo con el fúnebre día y los sacerdotes con ornamentos de duelo se dirigían en solemne procesión hacia el altar, donde el preste, con hierático gesto, alzó el sagrado símbolo del cristiano, la cruz, mientras el coro entonaba lastimeramente el admirable cántico Crux fidelis, que era acompañado reverentemente por las genuflexiones de los discípulos del Crucificado. El preste, con sonora y dolida voz predicó: He aquí la señal del cristiano, la excelsa cruz de la que pendió el primer Viernes Santo del mundo nuestro Redentor.
 
            ¿Tenía razón? ¿Es esa la señal del cristiano?
           
 Frecuenté algún tiempo un admirable grupo de cristianos «comprometidos» que por su entrega, sus obras de caridad, su defensa de las libertades, parecían personificar el modelo de cristiano querido por la Iglesia… ¿Era así?
 
Tomaba parte, en una majestuosa catedral, en una misa concelebrada por una multitud de buenos sacerdotes que eran presididos por el Obispo y… entonces, comprendí mi desasosiego. Porque en la ceremonia del Viernes Santo veía piedad, reverencia, pero ¿amor mutuo entre los que allí se arrodillaban? Eso no lo veía.
 

Me fui al Evangelio, al relato del Jueves Santo, y allí encontré la razón de lo que me desasosegaba. Porque ¿quién no va a venerar la Cruz? ¿Quién no admirará la entrega en lo social de unos buenos cristianos? ¿Qué obispo no deseará que los sacerdotes de su diócesis estén unidos? Pero en las tres cosas faltaba lo principal, la señal por antonomasia del cristiano que dio Cristo el Jueves Santo: a los cristianos se nos reconocerá no por la Cruz, sino por el amor que nos tengamos.
 
  "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros." (Jn 13, 35)
 
Que la Iglesia es muy grande y no se puede pretender que esa señal se manifieste perceptiblemente entre millones de cristianos es una objeción razonable; mas ¿lo sigue siendo cuando los grupos pequeños de esa multitudinaria Iglesia no se reconocen, desde fuera, por la Señal?

Cuando se observa un grupo de católicos, es posible, a corto o largo plazo, ver si tienen la señal del amor mutuo o no. Y aunque estos son escasos —lo confieso dolorido— los hay; y muy buenos: algunos monasterios, algunos grupos, individuos aislados y, por no alargarme más, algunos colectivos. Y habrá muchísimos más el día en que en la Iglesia se predique menos teología y más «deofilía», y no se desanimen los auténticos cristianos (sacerdotes o seglares) por la dificultad lógica de conseguir la Señal del cristiano (nada menos que el amor), indudablemente algo mucho más arduo que signarle con la señal de la Cruz (que también).

"El Evangelio Vivido" del P. Miguel de Bernabé (pag. 267-269)

Los Tres Mosqueteros