Domingo de Ramos, año 1968, monseñor Marcelo González Martín, arzobispo de Barcelona. Fotografía de Ángel Arcega.
Comentario del Evangelio del día publicado en ABC, el 22 de marzo de 1997.

 
Los caminos estaban llenos de peregrinos que acudían a Jerusalén para la gran fiesta de la Pascua. La ciudad rebosaba de gente porque faltaban ya solamente seis días. El pueblo había oído hablar del último y portentoso milagro-signo de Jesús, la resurrección de Lázaro. San Juan nos dice que los curiosos iban incesantemente a Betania para ver al resucitado. Este es el ambiente en que se produce la entrada de Jesús en la Ciudad Santa. La muchedumbre extendía sus mantos y algunos cortaban ramos de árboles para alfombrar el camino. ¡Viva, bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega! ¡El de nuestro padre David! ¡Viva el Altísimo!

Así se inician los últimos días de la vida del Señor. Él sabe hacia dónde camina en medio de aquellas aclamaciones. Ese pueblo que le acompaña, esos discípulos que le siguen en el momento del triunfo clamoroso, estarán lejos de Él en las horas de la pasión. ¿Qué hago con el que llamáis Rey de los judíos?, preguntará Pilato. Crucifícalo, será la airada respuesta. Ha llegado su hora, para la que vino a este mundo. Hoy, el relato de la pasión según san Marcos nos tiene que servir de oración intensa para entrar de lleno en la celebración del Misterio Pascual.
 



Una lectura sosegada y reflexiva que vaya haciendo calar en nuestro interior toda esa sucesión de acontecimientos intensos como son la institución de la Eucaristía, la agonía en Getsemaní, la traición de Judas, el prendimiento, el juicio que hace de Él el sumo sacerdote, la negación de Pedro, las burlas y bromas sucias de los soldados y la plebe, los azotes, su camino del calvario, sus palabras en la cruz, su sentirse abandonado de Dios Padre, su muerte ante la mirada tristísima de su madre y de aquel grupito de personas fieles. Y la actitud del centurión romano que estaba frente a Él y, al ver cómo habían sido sus últimos instantes y sus últimas palabras, no pudo menos de exclamar: realmente este era el Hijo de Dios.

El comportamiento de Cristo lo expresó san Pablo en su carta a los Filipenses: Cristo, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango, se sometió a la muerte y una muerte de cruz.

Los hombres durante siglos hemos leído y rezado con la Pasión del Señor. Dice san Francisco de Sales que el amor que no dimana de ella es frívolo. En esta lectura y en esta oración, no entraremos si no vemos y reconocemos que nuestro pecado, el pecado de todos los hombres, es el que ha llevado a nuestro Señor Jesucristo a su pasión y muerte y a soportar sus sufrimientos tan terribles. Odios, calumnias, robos, injusticias violaciones, rebeldías… todo ha sido asumido por Él y vivido hasta sus últimas consecuencias para que todo pueda ser perdonado, si el hombre, arrepentido, busca el camino por donde la misericordia divina pueda llegar a Él.

El amor de Jesucristo es seguro. Por Él sabemos a ciencia cierta que Dios nos ama y nos perdona. Tenemos seguridad de que es así por Cristo, porque era la misma vida.

El Domingo de Ramos nos coloca ante un Jesús que afronta con dolor, con humildad y con valentía el camino de la cruz, que es el camino de la gloria.
 
PINCELADA MARTIRIAL
Recogemos este Sermón de la Pasión que hace 101 años escribió el Beato Juan Mª de la Cruz. En aquel momento era sacerdote diocesano en Ávila, concretamente en Hernansancho y Villanueva de Gómez.
 

Fotografía del 1932 con los alumnos de la Escuela Apostólica de Puente la Reina (Navarra) y otros sacerdotes. El Beato es el segundo por la derecha.
 
SERMÓN DE LA PASIÓN

 “Dice el Espíritu Santo por boca del Sabio que es mejor asistir a la casa del luto que a la casa del convite. Debemos llorar con los que lloran y afligirnos con los que se hallan afligidos, según el precepto del Apóstol. Pues bien, hermanos míos, somos todos invitados a un gran luto, pero un luto extraordinario, sin semejantes. ¿Cuál es la causa de este luto? ¿Qué familia es la que se halla hoy de luto? Bien la sabéis, la casa del luto es la Iglesia de Dios, la familia que lo celebra es el cristianismo. No dejemos, hermanos míos, de corresponder a esta invitación. Vengamos a estos funerales sagrados, que muchísimo nos interesa. Escuchemos los gemidos y dolorosos ayes que hoy exhala la Esposa del Cordero Inmaculado, nuestra santa Madre la Iglesia, y si no queremos pasar por hijos despiadados acompañémosla y consolémosla en su aflicción, uniendo nuestras lágrimas y suspiros a los suyos.

Todo contribuirá, hermanos míos, a familiarizarnos con el dolor; si consideramos la persona que padece y muere, quedaremos pasmados al ver que esta persona es el Hijo de Dios, que como ayer decíamos es el Creador y Dueño absoluto de todo lo creado, etc…. Y si ayer quedábamos atónitos al verle postrado en tierra lavando los pies a sus discípulos, ¿qué diremos hoy al verle padecer los más atroces tormentos en su cuerpo, en su alma, en su honor? En su cuerpo santísimo sudor y sangre, puñadas, bofetadas, azotes, espinas, trabajos, fatigas, clavos, heridas y la muerte más cruel y dolorosa. En su alma santísima tristeza, angustia, aflicción, temor, desconsuelo, abandono de sus amigos y de sus enemigos; verse en efecto vendido por uno, negado por otro, abandonado por todos y para colmo de su pena hasta de su Eterno Padre, quiso abandonarle y dejarle su alma inocente sin consuelo a fin de que fuesen mayores sus sufrimientos, y más copiosa por tanto nuestra redención.

En su honor sufre desprecio, insultos, desacatos, mofa, escarnio, injusticias grotescas y las más crueles descortesías. Y todo esto lo sufre con la perfecta resignación y exacta conformidad con la voluntad de su Padre, no huyendo de los sufrimientos sino abrazándose con ellos, no quejándose de las crueldades e injusticias de sus enemigos, ni de la rabia infernal y odio encarnizado de aquellos males ministros, ni de la ingratitud de aquellos que tantos beneficios habían de él recibido, sino callando humildemente sin despegar sus labios.

Vengamos, hermanos míos, a aprender esta doctrina celestial, que desde la cátedra de la Cruz nos enseña el Divino Maestro, la doctrina del sufrimiento, del sacrificio, de la paciencia, de la resignación con la divina voluntad, de la humillación, de la obediencia, pues como dice repetidas veces la Iglesia nuestra Madre en el Oficio Divino y otras oraciones: Factus est pro nobis… Se hizo por nosotros.

Iremos, pues, recorriendo con la consideración de diversos pasos de la Pasión del Señor. Ayudadme con un Ave María”.
 

Sobre el Beato Juan María de la Cruz ya publicamos:
https://www.religionenlibertad.com/beato-juan-maria-cruz--26396.htm
https://www.religionenlibertad.com/beato-juan-maria-cruz--26397.htm
https://www.religionenlibertad.com/carta-del-beato-juan-maria-cruz-28852.htm