Que no es tan lejano, por cierto, pues se produjo en 1885: una guerra inminente y, con algo más que gran probabilidad, de infortunado desenlace para España. El Papa del que hablo no es otro que León XIII, el de la Rerum Novarum que recoge hasta hoy la doctrina social de la Iglesia. Y la guerra a la que me refiero, la que ha pasado a la historia como “el Conflicto de las Carolinas”.
 
            Las Carolinas son unas islas situadas en pleno océano Pacífico, descubiertas, como casi todas las del Pacífico, por los marinos españoles, en este caso, Toribio Alonso de Salazar y Diego de Saavedra, cosa que hacen en 1526, cinco años después de la apertura del gran océano del planeta a la navegación, también por los marinos españoles. Bautizadas como  Islas de las Hermanas, Hombres Pintados o Los Jardines, el nombre de Carolinas con el que son conocidas hasta el día de hoy se lo otorga Francisco de Lezcano en 1686 en honor del rey Carlos II de España.
 
            El caso es que, mucho más adelante, más de tres siglos y medio más tarde, el imparable e implacable proyecto imperial germánico que impulsan el Kaiser Guillermo I y su canciller Otto von Bismarck, considera necesario establecer una base de aprovisionamiento en las islas españolas del Pacífico, Carolinas, Marianas y Palao. A los efectos, no está de más señalar que, en plena orgía industrializadora (nos hallamos en la fase de esplendor de la que la Historia conoce como Segunda Revolución Industrial) y la búsqueda de nuevos mercados de materias primas, en el Congreso de Berlin de 1885 las potencias mundiales acaban de repartirse Africa, aunque, dicho sea de paso, no el que hoy constituye nuestro escenario, a saber, el océano Pacífico.
 
            En situación tal, con esa manera tan suya de hacer las cosas, el Canciller de Hierro autoriza que una cañonera alemana, por nombre Iltis, se presente en la isla de Puerto Tomil, hoy conocida como Yap, e ice el pabellón germano, alegando, de acuerdo con los nuevos principios de colonización emanados de la Conferencia de Berlín, que de nada vale la soberanía que no se sostiene sobre la ocupación efectiva de un territorio.
 
            En España se encienden las alarmas. A toda prisa, se improvisa una “flotita” cuyo mando se otorga al que se considera el mejor marino del momento, Juan Bautista Antequera, héroe de la Guerra del Pacífico, autor de la primera vuelta al mundo en un buque acorazado, la Numancia, y dos veces ministro de Marina, entre los años 1876 y 1877 y los años 1884 y 1885, es decir, justo en el momento en que se le ofrece el mando de la flota.
 
            Aunque dado su tamaño la escuadra española debería mandarla un contralmirante y Antequera era ya vicealmirante, y aún a pesar de su avanzada edad, 61 años, y las condiciones de inferioridad en las que se encuentran los barcos españoles, Antequera acepta el encargo, consciente, eso sí, del holocausto al que se le envía, a él y a su dotación, como expresará con claridad en la carta en la que responde al nombramiento. Por amor a la patria. Por disciplina. Como han actuado siempre los buenos militares españoles.
 
            Y es que a esas alturas de la historia, la indiferencia de los gobiernos españoles hacia los planes que para la renovación y modernización de la flota van proponiendo sus sucesivos ministros de marina, -entre los cuales dos del propio Antequera-, habían sumido a la armada española en una situación de preocupante precariedad, incompatible con su condición de potencia mediana y lo que es más grave, aún a pesar de disponer todavía de un imperio ultramarino de cierto tamaño que formaban las islas atlánticas de Cuba y Puerto Rico, y las pacíficas de Filipinas, Carolinas, Marianas, Palao y Guam (pinche aquí para conocer algo mejor tan española isla), a las que añadir, por supuesto, las Canarias y las Baleares. Una situación tan grave e injustificable que incluso un país de tan reciente formación como la Alemania de Bismarck, con imperio marítimo ninguno y una franja costera cinco veces menor que la que sólo en Europa tenía España, disponía ya de una flota de entidad muy superior, por lo menos el doble.
 
            A los efectos, baste señalar que a la batalla que se presentaba en lontananza, España pretendía presentarse con dos fragatas blindadas, la Numancia y la Vitoria, y cuatro barcos de madera, los cuales oponer a los doce buques blindados que preparaba Alemania: un combate, como se ve, a todas luces desigual, al que sólo la suerte o la acreditada pericia de los marinos españoles podía ofrecer un desenlace diferente al de la más completa de las derrotas. Y eso si una victoria en aguas del Pacífico no hubiera podido llegar a ser incluso contraproducente, invitando a una guerra total entre los dos contendientes, hipótesis menos descabellada de lo que a primera vista pudiera parecer, de lo que es buena  prueba el hecho de que lo primero que acomete Antequera, incluso antes de partir hacia el teatro de operaciones, es la defensa de las Baleares, para que los alemanes no se tienten de atacarlas al objeto de utilizarlas como moneda de cambio con las islas pacíficas.
 
            En defensa de los intereses nacionales, como no es en modo alguno reprochable, el Gobierno español que preside el conservador Antonio Cánovas del Castillo realiza aún un último intento antes de ir a la guerra abierta y somete la cuestión a un laudo papal que el papa León XIII se apresura a emitir, haciéndolo tan pronto como el 22 de octubre del mismo año 1885. En él, dictará a favor de la soberanía española de las islas, al tiempo que establece algunas concesiones al Imperio alemán como la libertad de comercio, navegación y pesca en la zona, la soberanía de las islas Marshall y un depósito de carbón para sus barcos. Unas propuestas que, para sorpresa de todos y alivio de los españoles, se verán plasmadas todas ellas en el Protocolo que sólo mes y medio después, y de acuerdo con el laudo papal, firman los gobiernos español y alemán el 17 de diciembre. Se ha evitado la guerra.
 
            Cabe preguntarse por qué el implacable Canciller de Hierro acepta laudo tan decepcionante. Indudablemente, hubo de pesar en su ánimo ahorrarse un nuevo enemigo en la atribulada escena europea, pero más aún, probablemente, concentrar la atención y los esfuerzos germánicos en el que constituía en esos días el escenario más importante de su proyecto colonial, el que pasaba por el control del Africa Central. Por lo que hace estrictamente a la operación que comentamos, también su alto coste y su, después de todo, exiguo beneficio, tan exiguo que Alemania hasta renunciará a algunas de las prerrogativas que sin necesidad de pegar ni un tiro, tan graciosamente le había reconocido el laudo papal.
 
            Pero el hecho está ahí: el hecho es que de no haber sido por el buen papa León XIII, la Historia hablaría hoy de una nueva guerra, una guerra que habría producido a Alemania escasos beneficios, pero a España un perjuicio a todas luces grave, y ello incluso si, como es poco probable, el encuentro no se hubiera saldado con la derrota.
 
            Para nuestro país, el laudo de León XIII representará una prórroga, breve desde luego pero prórroga al fin y al cabo, de trece años hasta la definitiva y total postración, acontecida cuando en 1898 se produce el colapso final de la armada española, -anunciado, por cierto, por el mismo Antequera al que Dios le había ahorrado para entonces el trance de tener que presenciarlo-, en el doble escenario atlántico-pacífico frente a la emergente armada norteamericana (menos potente entonces, por cierto, que la de la Alemania bismarckiana en 1885), que amén de la pérdida de territorios tan hispánicos y tan queridos como Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam -no curiosamente ni Carolinas, ni Marinas ni Palao-, habría de sumir a la nación en una crisis y un pesimismo del que, según algunos, todavía no ha salido.

            Con la marina destrozada y la nación desmoralizada, incapaz de atender ya a las escasas obligaciones ultramarinas que todavía le incumben en el Pacífico a la nación en la que otrora no se ponía el sol, a la derrota del 98 seguirá el Tratado Germano-Español de 1899, por el que España vende a Alemania las islas Carolinas, las Marianas y Palao en 25 millones de pesetas, 17 millones de marcos alemanes. Escaso beneficio, desde luego, pero importante ahorro, el de lo que habría representado una nueva humillación y más sangre en las mismas aguas de las que España y los navegantes españoles habían sido amo y señor durante más de tres siglos.

            En cuanto a las islas, en el curso de la Primera Guerra Mundial en la que, contrariamente a lo ocurrido en la Segunda, el Imperio Nipón y el II Reich militan en bandos contrarios, Japón se las arrebata a Alemania, recibiendo de la Sociedad de Naciones al terminar la guerra un mandato de administración. En 1944, en el curso de la Segunda Guerra Mundial, el archipiélago es conquistado por los norteamericanos, que lo administran hasta que en 1990 se proclama independiente bajo el nombre de Estados Federados de Micronesia, una federación a la que Palao no se une, obteniendo su independencia en 1994, mientras que las Marianas prefieren permanecer asociadas a los Estados Unidos.
 
            Y bien amigos, una oracioncita por León XIII, -enterrado, por cierto, en San Juan de Letrán, verdadera catedral de Roma, como sabrán los más avezados, y no San Pedro-, les pido hoy desde aquí. Los españoles se la debemos, ¿no lo creen? Y a Vds. que hagan mucho bien y que no reciban menos. Como siempre.
 
 
            ©L.A.
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