Me dispuse a escribir este artículo pues veo necesario que como católicos debamos saber que lugares podemos frecuentar y que no, para no poner en peligro nuestra espiritualidad y evitar así no ofender a Dios con nuestras acciones. Más que una prohibición, este artículo buscar llamar a la reflexión de si realmente una persona que busca caminar en santidad tenga por costumbre acudir a estos centros de ocio nocturnos y no vea nada de malo en ello pues sólo se trata de divertir o socializar. Para ello, en primer lugar, os contaré algunas experiencias propias con las cuales pude llegar a la conclusión de que acudir a estos lugares no son nada compatibles con la vida de un verdadero cristiano.
 
En mi juventud sólo acudí dos veces a una discoteca y fue más por presión de amistades que tenían ese hábito y en ambas ocasiones, aunque cuidé las formas, las experiencias no fueron nada agradables y siempre terminé arrepentida de haberlo hecho. La primera vez que entré a una fue sin permiso de mis padres y tenía sólo dieciseis años y corría por mi cabeza la voz de mi conciencia o los consejos de mi madre que me decían que esos lugares no eran para una joven como yo y efectivamente pues no me sentí nada cómoda al ver tantas luces, chicas vestidas inmodestamente, la música estridente y los jóvenes bailando en grupos aglomerados. A pesar de ser una discoteca matinée o light (no servían alcohol) , no duré ni media hora y me fui de allí sola alegando que me estaba aburriendo y que debía regresar cuanto antes a mi casa. La segunda vez tenía ya veintitrés y acudí sólo por la celebración del cumpleaños de una amiga. Según mis acompañantes decían que era una discoteca “tranquila” y que se trataba sólo de bailar un poco y compartir un buen momento. Sin embargo, el insoportable humo del cigarro, los vasos de cerveza pasando por las mesas, el excesivo ruido que no dejaba conversar y los bailes en montón acabaron por desanimarme una vez más, por lo cual no dejaba de decirle cada diez minutos a mis amigas que ya era hora de irnos, que no estaba cómoda y que se nos podía hacer muy tarde. Ese día quedé como la aguafiestas de la noche por lo cual nunca volvieron a invitarme a otro cumple similar. Desde esa vez, nunca más volví a pisar una discoteca y nunca he extrañado hacerlo pues comprendí Dios no me quería para nada en esos lugares y a medida que he  ido practicando más la fe católica siento mi espíritu rechaza ese mundo de la noche y de la fiesta loca. Después de eso , cuando he querido pasarla bien con la familia o amistades, he optado por reuniones o cumpleaños en casas, un poco de música o baile bien elegidos y algunos tragos sin mucho alcohol.
 
Otra experiencia que tuve, es cuando me tocó ser catequista en una parroquia, noté que otros jóvenes catequistas acostumbraban a ir a discotecas la noche anterior a sus catequesis por lo cual llegaban con la resaca a sus clases. Y aunque el sacerdote les aconsejaba no hacerlo, este tampoco se los prohibía, por lo cual seguían llevando ese mismo hábito e incluso tuve que cubrir a alguno porque no pudieron llegar por quedarse dormidos. Tampoco pude entender cómo podían transmitir con el Espíritu Santo enseñanzas de la fe a niños o adolescentes, si vivían todo ese ambiente la noche anterior.
 
¿Qué peligros tienen las discotecas para un católico?
 
 
¿Qué dice la Iglesia sobre las discotecas?
 
Aunque la doctrina católica no las condena directamente, si ha habido algunos consejos de santos, teólogos y algunos obispos que desaprueban estos lugares para un fiel católico. Os mencionaré algunos:
 
El Santo Cura de Ars refiriéndose a las tabernas que en su tiempo eran lugares que solían ofrecer alcohol y los consumidores caían muchas veces en el pecado de la borrachera decía: “La taberna es la tienda del demonio, la escuela donde el infierno predica y enseña su doctrina, el lugar donde se venden las almas, donde las fortunas se arruinan, donde la salud se pierde, donde las disputas comienzan y donde se cometen los asesinatos”. Emborracharse, ciertamente, es responsabilidad de quienes van a la taberna: el tabernero no tiene que controlar qué hace cada cliente con lo que compra. Pero también es verdad que quienes colaboran con el mal, quienes aprovechan las debilidades ajenas para enriquecerse tenían parte de culpa en la situación del mal. De igual manera las discotecas hoy en día ofrecen un ambiente lleno de sensualidad y alcohol, por más que nos cuidemos estamos expuestos a todas estas tentaciones.

San José María Escrivá decía sobre las fiestas públicas: “Los padres que puedan, deben animarse a organizar fiestas para sus hijos con los amigos y amigas de sus hijos. «Urge recristianizar las fiestas y costumbres populares. -Urge evitar que los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o paganos”.  (San Josemaría, Camino, núm. 975).

En el año 2015, el Arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, habló sobre la «moda del boliche» (discotecas) tras haber estado confesando a un grupo de jóvenes. Asegura que ha llegado a la conclusión de que esa moda «es una ocasión próxima de pecado» y que afecta de forma más peligrosa a los adolescentes, que participan de ella a edad cada vez más temprana. También expreso: “Yo escuchaba a chicos y chicas buenísimos que se confesaban, pero sin embargo destacaban que cuando iban al boliche se convertían en otras personas.”
 
El Padre Antonio Orozco, sacerdote español del Opus Dei y ya fallecido, escribió en uno de sus artículos: “Habría que recuperar aquellas fiestas de no hace tantos años, aunque ya muchos las desconozcan, que se celebraban en casa de los propios padres o de los de algún amigo o amiga, bajo luces claras y al soslayo de la mirada discreta pero atenta de alguna persona mayor. En las discotecas de estos tiempos que corren pasa lo contrario: quizá alguna persona privilegiada, tal vez muy ingenua o muy tonta, pueda pasar una noche bailando y bebiendo sin ofender a Dios. Pero lo más fácil y seguro es lo contrario. Las discotecas donde casi es imposible hablar, propician un tipo de expresión basada únicamente en el contacto físico, en la vibración y en los instintos estimulados por el sonido, la penumbra, cuando no por el alcohol o la droga. Esto ya va en menoscabo del pudor, en cuanto que favorece un falseamiento de la intimidad…”
 


Enlaces para profundizar en el tema:
 
http://es.catholic.net/op/articulos/3479/el-deber-de-divertirse.html

http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=23845
 
 http://es.catholic.net/op/articulos/30605/cat/884/la-realidad-entre-discoteca-y-discoteca.html
 
Yasmin Oré