Comenzamos un año más el camino de la Santa Cuaresma. Es una nueva oportunidad para vivir la conversión requerida en este largo tiempo de preparación a la fiesta de las fiestas, a la Pascua.

El salmo 24, que ilumina la liturgia de hoy, nos sirve para concebir este tiempo cuaresmal como un camino de misericordia. Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para aquellos que guardan tu alianza. Es un camino para los humildes, en el que Dios mismo, por medio de su Palabra, nos enseña a caminar con rectitud, con lealtad. Es un camino para los pecadores, a los que Dios muestra su ternura y misericordia. Es un camino para todos aquellos que quieren vivir en comunión con Dios, superando las actitudes consentidas de pecado.
 

La tentación de Cristo en la montaña (Duccio di Buoninsegna ca. 13081311).

Acabamos de escuchar cómo en este primer domingo se nos presenta Jesús empujado al desierto por el Espíritu, para experimentar su primera victoria sobre el pecado. El Evangelio relata que el Señor fue tentado por el Mal, por Satanás. Pero luchó con la fuerza del Espíritu, con la fuerza de la Palabra de Dios. Superó la tentación y salió vencedor de la prueba.

El ayuno y la abstinencia son gestos característicos de estos días. No son meras observancias externas o rituales, sino signos elocuentes de un cambio necesario de vida. El ayuno y la abstinencia, ante todo, fortalecen al cristiano para la lucha contra el mal y para el servicio al Evangelio. Con el ayuno y la penitencia se le pide al creyente que renuncie a los bienes y a las satisfacciones materiales legítimas para alcanzar mayor libertad interior, quedando disponible para escuchar la Palabra de Dios y ayudar generosamente a los hermanos que sufren necesidades. El ayuno y la abstinencia tienen que ser acompañados por gestos de caridad hacia el que sufre y atraviesa momentos difíciles. La penitencia se convierte, de este modo, en una manera de compartir con quien está marginado y necesitado. Este es el auténtico espíritu cristiano, que invita a todos a manifestar de manera concreta el amor de Cristo por los hermanos privados de lo necesario, por las víctimas del hambre, de la violencia y de la injusticia.

Por eso la Cuaresma es un camino de conversión, para que nosotros vivamos el renacimiento bautismal de Jesús. No podemos quedarnos igual después de esta Cuaresma. Es necesario que sigamos avanzando en nuestra amistad con Dios, en nuestra vida espiritual. Es preciso que demos un paso de gigante, porque queremos abrazar al Padre, que nos acoge, que no nos dejar hablar, que nos abraza Él mismo.

El relato que hemos escuchado del Génesis nos habla del pacto que Dios hace con Noé, tras esa creación renacida después de las aguas del diluvio. Es el símbolo que prefigura el Bautismo, las aguas que nos limpian. En el Bautismo el hombre se sepulta bajo las aguas para lavar y purificar las manchas del pecado, para salir de ellas, para dejar no solo los pecados mortales, sino para lograr el desafecto por todo pecado, el mortal y el venial, para así resucitar con Cristo, clavarnos en la cruz con el Señor para resucitar con Él y obtener la vida. Para vivir esta gracia no olvidemos en esta Cuaresma las palabras de Jesús al inicio de su misión pública: Convertíos y creed en el Evangelio. Así se lo pedimos a María Santísima, para que al pie de la Cruz nos acompañe en el sufrimiento y sea fortaleza para todos nosotros, los hombres de este nuevo milenio, que necesitamos el Corazón de la Madre para vencer toda tentación, para salir de todo pecado, para romper con la dureza que nosotros provocamos separándonos de Dios.

Este jueves, en la fiesta de la Cátedra de San Pedro se nos recuerda, como afirmaba san Ignacio de Antioquía en los primeros siglos, que Pedro preside en el amor. La palabra amor es en el lenguaje de la Iglesia primitiva una forma de hablar de la Eucaristía, pues la Eucaristía procede del amor de Jesucristo, que entregó su vida por nosotros. Él nos une en el amor, pues ya no podemos considerar como un extraño al que tiene con Cristo la misma relación que nosotros; no podemos considerarle extraño, sino hermano en la carne de Cristo, porque todos nos acercamos a celebrar la misma Eucaristía. Y se debe terminar con tanta división.
 


La Cátedra de San Pedro (sobre estas líneas, en la Basílica de San Pedro en Roma) hace referencia a Cristo como el que verdaderamente preside en el amor. La Iglesia sólo puede permanecer una desde la comunión con Cristo. Ningún talento organizativo puede garantizar su unidad. Sólo la reunión en torno al Señor presente en la Eucaristía la puede sostener. Y fundados en Él, en torno a quienes ha dejado como sucesores; en este caso, al nuevo Pedro que está entre nosotros, que es el Santo Padre.

El servicio de Pedro es la presidencia en el amor, la solicitud encaminada a que la Iglesia sea tanto más una cuanto más fiel en la Eucaristía[1]. A este respecto recoge el Mensaje del Papa  dos anécdotas referidas por el Obispo de Moscú, durante los trabajos del pasado Sínodo de Obispos Europeos[2].

En la primera cuenta que un día fue a poner la primera piedra de una iglesia sobre el terreno donde había sido destruida, en tiempos del comunismo, el anterior templo católico. Cuando estaba allí se le acercaron algunas personas que llevaban unos ladrillos en los brazos. Preguntó. Y le dijeron que venían a rogarle que en la nueva iglesia se pusieran esos ladrillos: eran de la iglesia destruida hacía más de 60 años y los habían conservado en sus casas. Aquellos ladrillos habían sido para ellos la presencia de la Iglesia en sus hogares. El Obispo se emocionó y les aseguró que esos ladrillos se pondrían en la nueva iglesia.

Otro día fue a bendecir un nuevo templo, en una ciudad lejana. Al terminar la dedicación, se le acercaron unas personas y le pidieron que fuera al cementerio. El se extrañó, pero insistieron y fue con ellos. Le llevaron hasta una sencilla tumba y le dijeron que allí estaba enterrado el último sacerdote católico que había habido en aquel lugar. Ellos no lo habían conocido, porque murió antes de que ellos nacieran; pero ante aquella tumba se reunían para rezar, durante la dura persecución, porque para ellos la tumba de aquel sacerdote era la presencia de la Iglesia.

A nosotros se nos pide un esfuerzo, un trabajo para vivir cada vez con más intensidad el amor en la Eucaristía que nos une a todos los que vivimos la celebración en todas partes. Nos reúne el Señor. Nos preside Pedro. A Él, con devoción, le pedimos que nos llene de gracia para vivir la santidad, para vivir unidos en Cristo el Señor.
 
PINCELADA MARTIRIAL
Recordamos estos días a uno de los beatos mártires monjes de Montserrat: el beato Pere Vallmitjana Abarca. Nació en Barcelona el 19 de mayo de 1875. Profesó en los benedictinos de Montserrat el 18 de agosto de 1894, y fue ordenado sacerdote el dos de marzo de 1901. Estuvo un tiempo en las misiones de Australia y después en Nápoles. En su monasterio dio clases a los colegiales y a los escolanos. Al inicio de la persecución religiosa se refugió en Barcelona.
 


El 15 de febrero de 1937, los milicianos hicieron un registro en aquella casa. No lo buscaban a él, pero al ver sus ademanes le preguntaron si era sacerdote, y les precisó que era monje de Montserrat. Tras detenerlo lo llevaron a la checa del Guinardó, donde fue sometido a escarnios brutales. Sin embargo, con sus palabras e incluso sus cantos, edificó a los otros presos. De aquí pasó a la checa de San Elías. Al cabo de unos ocho o diez días lo martirizaron en Cerdanyola del Vallès.

Y aunque Santiago Mata afirma, “la documentación de la Causa General, precisa que según algunos [fue] quemado vivo en un horno de cemento”, se sabe que fue enterrado en una fosa común abierta en la nave central de la antigua iglesia parroquial. Sucedió el 21 de febrero de 1937. Fue beatificado en Tarragona, el 13 de octubre de 2013.
 

Exhumación de los restos de once de los monjes asesinados: los trabajos tienen como finalidad que sus restos sean enterrados en la cripta de la Basílica.
 

[1] Joseph RAZTINGER, citado por la revista de información religiosa El Taller del Orfebre, pág. 16 (Febrero 2000).
[2] Mensaje del Papa, nº 403 (Febrero 2000).