En el año 2000, durante una peregrinación a Fátima, tuve ocasión de conocer al cardenal Andrzej María Deskur. Impresiona ver a un cardenal en silla de ruedas. Se cuenta que al día siguiente del comienzo de su Pontificado (1978), Juan Pablo II salió del Vaticano para visitar a su amigo Monseñor Deskur, obispo polaco con el que tenía una estrecha amistad desde los tiempos del seminario clandestino en Cracovia, y que se encontraba en coma profundo en la clínica Gemelli, de Roma. Joaquín Navarro Valls narró esa visita.

El Papa entró solo en la habitación del enfermo. Salió veinte minutos después. Sus ojos brillaban ligeramente. Aquel día se reunió con un grupito de enfermos en una de las salas del hospital, y les dirigió unas palabras llenas de afecto: Vosotros, los enfermos, sois muy poderosos; como Jesús en la Cruz. Me encomiendo a vuestras oraciones. Utilizad este gran poder que tenéis para el bien de la Iglesia y de vuestras familias, de toda la Humanidad. ¡Podéis tanto, tanto…!

Muchas veces, a lo largo de su Pontificado, se le vio decir al oído de alguien que padece una enfermedad: Te encomiendo la Iglesia. O bien: Te encomiendo la conversión del mundo…

Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y el Día Mundial de los Enfermos.

Bien sé -afirmaba a San Juan Pablo II[1]- que bajo el peso de la enfermedad todos sentimos la tentación del abatimiento. No es raro preguntarnos con tristeza: ¿por qué esta enfermedad?, ¿qué mal he hecho yo para recibirla? Una mirada a Jesucristo en su vida terrena y una mirada de fe, a la luz de Jesucristo sobre nuestra propia situación, cambia nuestra manera de pensar. Cristo, Hijo de Dios, inocente, conoció en la propia carne el sufrimiento. La pasión, la cruz, la muerte en la cruz le probaron duramente; como había anunciado el profeta Isaías, “quedó desfigurado, sin apariencia humana”. No ocultó ni escondió su sufrimiento; por el contrario, cuando era más atroz, pidió al Padre que le apartase el cáliz. Pero una palabra revelaba el fondo de su corazón: “¡No se haga mi voluntad, sino la tuya!”. El Evangelio y todo el Nuevo Testamento nos dicen que la cruz, así acogida y vivida, se hizo redentora.

Hoy el Evangelio describe el grito de un leproso que se postra de rodillas ante Jesús, suplicándole que le libere de esta terrible muerte que lleva encima. El texto del Levítico que hemos proclamado en la primera lectura nos recuerda la dureza de las leyes judías respecto a los contaminados de lepra. En primer lugar, son considerados impuros, es decir, pecadores. Y, por tanto, alejados de Dios. En segundo lugar, se les excluye de la vida social, son condenados a malvivir en la absoluta pobreza. La lepra es el signo externo de la maldición divina por el pecado. Cuando aquel leproso vio de cerca a Jesús, nada ni nadie podía contener las ansias de liberación, manifestadas en la súplica confiada de sus palabras: Si quieres, puedes limpiarme.

¡Qué encuentro tan hermoso! De un lado, el leproso que se acerca confiadamente a Jesucristo. De otro lado, el Señor, que, con una dulzura y una amabilidad infinitas, extiende su mano para curarle y le cura. La Iglesia nos hace fijarnos en ese contraste bellísimo de la miseria del leproso y de la amabilidad del Señor. ¿Quién podría expresar cómo iba el leproso corriendo cuando se enteró que pasaba cerca el Señor? ¿Quién podrá describir cómo le saltaba el corazón en el pecho de alegría y de confianza?

Y ahora debemos preguntarnos: ¿Vamos nosotros así a Dios? ¿Le pedimos así el remedio de nuestros males? Porque si le buscamos como el leproso, le encontraremos como él. Y le encontraremos con la infinita amabilidad con que el leproso le halló. Así termina el evangelio: aun así, a pesar de que el Señor se quedaba fuera de los pueblos, en el descampado, acudían a Él de todas partes; salían a su encuentro. La descripción que nos hace el evangelista nos descubre esa amabilidad. No en vano nos da todos los detalles. Porque no dice simplemente que el Señor le curó, como afirma en otras muchas ocasiones. Indica que extendió su divina mano para tocarle y de ese modo sanarle (Mc 1,41). Y aunque el beneficio principal consistía en darle la salud, no cabe duda que ese gesto supone una amabilidad mayor y está descrito para que conozcamos las amorosas profundidades de su divino Corazón.

Cómo no recordar este día, con este tema, a San Damián de Veuster, el popular padre Damián de Molokai, que experimentó en su propio cuerpo toda la fuerza del Evangelio, según el cual no hay mayor amor que dar la vida por los amigos. Los amigos del padre Damián eran los leprosos. Sobre todo, uno de ellos, Jesucristo, del que llega a decir San Pablo que se hizo como leproso, con tal de poder salvar a los hombres.
 

El padre Damián, deformado por la lepra, antes de su muerte, el 15 de abril de 1889, a los 49 años y tras dieciséis de estancia ente los leprosos, confinados en la isla de Molokai por orden del rey de los belgas.

Uno de los dramas de nuestros días es la inconsecuencia entre la fe y la vida. Se va por un camino en las obras y por otro en los convencimientos religiosos. No hay coherencia ni lealtad entre lo que se piensa y lo que se vive. Es como una pactada esquizofrenia en la que una doble vida, la interior y la exterior, desbarata al hombre y no le deja sentir el gozo interior de la paz.

El itinerario del padre Damián había sido el de acercarse a los leprosos, buscar a Cristo. Él recoge en sus escritos:
No tiene reparo en reconocer que el trabajo es suyo, pero que la fuerza viene de Cristo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Esas divinas profundidades de amabilidad y de amor no acabamos nunca de comprenderlas. Juzgamos a Dios por nosotros mismos y queremos medirlo con nuestra propia medida, que es demasiado pequeña para medirlo a Él. De esa manera nos quedamos con un concepto pobrísimo de su misericordia y de su amor. Como si su Corazón fuera tan pobre como el nuestro...

Por eso tenemos que pedir al Señor no solo que nos ayude, sino que fije sus ojos benignamente en nuestra pequeñez y extienda hacia nosotros su mano bienhechora para protegernos. Tendremos así la protección de Dios y la infinita amabilidad de su Corazón…[2].

Nosotros, como el leproso, nos acercamos al Señor, aunque no estemos enfermos en el cuerpo, y le decimos: Señor, si quieres, necesito que me limpies. Se nos ofrecen los sacramentos. Enseguida la Cuaresma, que comenzamos este miércoles, nos invita a la renovación interior, para que nos limpiemos. Y no olvidemos que tenemos que acudir a visitar a nuestros enfermos, los verdaderos santuarios donde está Cristo presente. Con esta visita, con nuestro amor, con nuestra entrega, hacemos mucho más de lo que nos creemos. Sobre todo, imitamos a Cristo, que dice: Quiero, queda limpio.
 


PINCELADA MARTIRIAL
Recordamos hoy brevemente al Beato Tobías Borrás Romeu de los Hermanos de San Juan de Dios, que sufrió el martirio en la fiesta de la Virgen de Lourdes del año 1937.

Tobías nació el 14 de abril de 1861 en San Jorge, Castellón. Cuando era muy joven, con unos 23 años, se casó, pero el matrimonio apenas duró, ya que su esposa murió de cólera en la epidemia que asoló a España en los años ochenta  del siglo XIX. Al quedar viudo ingresa en la Orden en el mes de marzo de 1887. Presta los servicios hospitalarios en Ciempozuelos, Zaragoza, Carabanchel y Granada. De gran experiencia agrícola, en Ciempozuelos y en Carabanchel es encargado de las labores de agricultura, con gran sensibilidad caritativa con los enfermos que trabajan como laborterapia.
 

Solía decir: ¡Qué suerte tuvieron los mártires! Padecieron por poco tiempo y luego van a gozar de Dios por toda la eternidad. Arrestado, después de pasar en la cárcel durante tres meses entre penurias, el 2 de noviembre es liberado y evacuado a Valencia; viendo el hospital de Malvarrosa en manos de milicianos, se dirige a su pueblo natal y se queda con su hermano. En el comité local le arman una asechanza: preparan y le leen una supuesta carta del Hospital de Valencia en la que le invitan a ir. Contento, al día siguiente, 11 de febrero de 1937, se pone en camino, pero le salen al encuentro y es asesinado en el kilómetro 7, de la carretera de Vinaroz, Castellón. Tenía 75 años. Fue sepultado en una fosa común y no se conservan sus restos. Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en Roma el 25 de octubre de 1992.
 

[1] JUAN PABLO II, Orar. Su pensamiento espiritual,  pág. 43 (Barcelona, 1998).
[2] José Antonio ALDAMA, Homilías, Ciclo B (Granada, 1993).