“Simón y sus compañeros fueron y al encontrarlo, le dijeron: ‘todo el mundo te busca’. Él les respondió: ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido’.”  (Mc 1, 36-38)

La fama, los halagos, los aplausos, pueden convertirse en una cadena, en una esclavitud. De hecho, por conseguirlos o por retenerlos, muchos –también en la Iglesia- dejan de hacer lo que deben y de decir lo que es necesario. Se huye de la impopularidad, aun a costa de traicionar la propia conciencia y de incumplir los deberes profesionales.

Jesús nos demuestra, con su comportamiento, que Él no era un hombre que buscaba, por encima de todo, ser bien visto, ni que ansiaba que todos hablaran bien de él. Ante la popularidad responde: “Vámonos a otra parte”. Nosotros, en cambio, decimos eso ante las críticas. Muy pocas veces huimos de los elogios, mientras que nos acobardamos ante los problemas y tendemos a pensar que lo mejor es no tener ninguno, aunque para eso debamos dejar de hacer aquello que Cristo quiere que hagamos.

Se trata, pues, de no tener miedo. Se trata de hacer las cosas en conciencia y en fidelidad a la Iglesia. Naturalmente, también en caridad, pero sin que el riesgo de no ser comprendidos, de no ser aplaudidos, nos atenace y nos silencie. Al único que debemos temer es al juicio de Dios y no al juicio de los hombres. Digamos, pues, la verdad siempre con caridad. Démosle al prójimo la caridad de la verdad, a la par que le damos la verdad con caridad. Y si llega el caso de que nos tengamos que ir a otra parte, porque no podemos seguir anunciando la verdad o porque allí no hace ya falta que lo hagamos, no nos hagamos ningún problema por ello. Cristo ya pasó por ese trance, lo mismo que pasó por el de la cruz y el de la resurrección.