Roma es una ciudad magnífica de la que es casi obligatorio enamorarse; es tal la profusión de belleza. Luego cada uno tiene su rincón favorito, su callejuela, su iglesia, su heladería favorita. He de confesar que uno de mis predilectos es el Panteón, la majestuosa iglesia, antiguo templo pagano, prodigio de la arquitectura, con ese inmenso “óculo” abierto en el centro de su cúpula (que tiene un diámetro de 43,44 metros, lo que la convierte en la mayor cúpula de hormigón de la historia) que deja entrar la luz del día y ante el que uno no puede menos que quedarse maravillado por este increíble regalo que la antigua Roma nos ha legado. Un templo que lleva en pie más de dos mil años, resistiendo a terremotos, inundaciones e incendios, ¿no es admirable? Es por ello, por ser uno de mis lugares favoritos, que me ha llamado la atención la historia de su exorcismo, que comparto con ustedes.

En la Roma pagana, el Panteón era el templo en el que se veneraba a todos los dioses que Roma conocía, pero el año 608 el emperador bizantino Foca lo donó al entonces Papa Bonifacio IV. Así que se organizó la ceremonia para consagrar el templo al único Dios.

El 13 de mayo de 609 se congregó una inmensa multitud en los alrededores del Panteón para asistir a la solemne ceremonia. Lo que vieron y oyeron ha quedado escrito en las crónicas de la época, que explican que del interior del templo salía un gran ruido y gritos  trambusto e delle urla estremecedores: los antiguos dioses paganos (demonios, especifican los cronistas) eran conscientes de que su reinado sobre el maravilloso templo llegaba a su fin. Cuando la comitiva llegó ante la entrada fueron abiertas las puertas y el Papa, de pie en el umbral, empezó a recitar la fórmula de exorcismo prevista para “purificar” el templo.

Los gritos no hicieron más que aumentar en intensidad y el estrépito llegó a ser ensordecedor. El miedo se apodero de los presentes, que retrocedieron ante semejante demostración preternatural. Solo Bonifacio IV resistió y continuó, impertérrito, rezando y consagrando el Panteón a Cristo. Continúan las crónicas explicando que finalmente los demonios huyeron desordenadamente, con gran estruendo, por el ojo abierto en la cúpula y el portalón de acceso al templo. 

Cuando la ceremonia concluyó, el Papa y los fieles accedieron al edificio y éste fue consagrado a Nuestra Señora de los Mártires, en recuerdo de tantos cristianos como habían sido asesinados en honor a aquellos “dioses”.

Cuento los días hasta que pueda volver a poner los pies en el Panteón: en esta ocasión lo veré con otros ojos.

Y si tiene la dicha de poder visitarlo, permítanme un consejo: a pocos metros del Panteón está la recomendable heladería Venchi. Y si se animan a andar un poco más, no mucho, son cinco minutos, Giolitti no les defraudará.