En la Iglesia de Cristo Rey de Jaén me postro casi a diario ante la imagen de Jesús del Amor tras echar una moneda en el lampadario por un pecado viejo, ya extirpado en el confesionario, pero que se sitúa con frecuencia ante mis ojos por esa fea costumbre que tiene el pasado de adelantarte cuando te obstinas en mirar hacia atrás. Lo que demuestra que el pasado no es inamovible. Esto tiene sus ventajas: al tenerlo tan cerca, recurro a él para labrarme un porvenir en el cielo. El arrepentimiento es el gol que le metes a tu historia en la prórroga. Arrepentirse es llorar a destiempo, pero es llorar. Y llorar redime. He hecho tantas cosas malas en la vida que cuando me preguntan qué camino he utilizado para llegar a Dios respondo que el del pecado.

Otros han escogido el de la santidad, y me alegro por ellos, pero lo cierto es que mi relación con la santidad ha sido similar a la que he tenido con la aritmética. Aunque en el instituto me reía de factor común, envidiaba a quienes resolvían los ejercicios el día del examen. De igual modo que, tiempo después, envidié a quienes, por haber vivido siempre en bondad, hacían el bien casi sin esfuerzo, con la sencillez con que respiran los bolivianos que residen en La Paz, que han vivido siempre en altitud. Ya me gustaría haber vivido en bondad, pero no. Y eso que es más fácil vivir en bondad que pisotear el Decálogo, al igual es más fácil darle la mano a un niño que tirarlo por las escaleras.

Nunca he tirado a un niño por las escaleras, pero, salvo eso, lo que he podido hacer mal, lo ha hecho mal, lo que me convierte, ahora que persigo lo contrario, en un converso. A los conversos nos pasa lo mismo que a los irlandeses, se nota que lo somos, no porque echemos de menos Dublín, esto es, el pecado, sino porque llevamos sus cicatrices. Entiendo, pues, que haya quien mire con recelo al converso porque a su ojos no sea fiar. Y lo entiendo, porque ni siquiera yo me fio de mí mismo. Sé que se fía Dios y me basta, pero, aunque San Agustín sea de otra opinión, habrá quien crea que no es lo mismo presentarse ante Él con una camisa impoluta que repleto de lamparones. Tiene su lógica, pero como no busco el aplauso por la fe, al modo en que el charnego busca que le aplauda un pariente de los Rius, vivo la conversión sin obsesionarme. Soy tan creyente como el que más, pero no tengo intención alguna de convertirme en el Gabriel Rufián del catolicismo.