“En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.”  (Mc 1, 7-8)

Como todos los años, el primer domingo del Tiempo Ordinario se centra en la figura de Juan el Bautista y del Bautismo de Jesús. La humildad de aquel ‘precursor’ nos vuelve a hablar de la humilde por excelencia, de María. Pero también en el acto del bautismo hay otro mensaje: en el fondo lo que Juan predica es que ha llegado el momento anhelado y Dios ha venido a estar en medio de su pueblo.

Este mensaje nos invita a meditar esta semana sobre el amor de Dios. Y a hacerlo a la vez que atravesamos el desierto de la vida –como Juan atravesó el desierto de Israel-. En el desierto se pasan momentos difíciles, lo mismo que en la vida. Es en esos momentos cuando tenemos que utilizar los recursos que llevábamos para sobrevivir. El agua que nos salvará es la fe en el amor de Dios –alimentada por el recuerdo de los momentos buenos en que nos sentíamos seguros de esa fe- y también la gracia de Dios que continuamente nos llega a través de los sacramentos.

Se trata, por lo tanto, de creer en el amor de Dios y de acercarnos a ese amor mediante los sacramentos para que la fuerza que en ellos se nos comunica nos sostenga en la lucha diaria. Se trata de creer que a través de los sacramentos nos llega la fuerza y también de tener humildad para aceptar que no siempre podemos entender a Dios y que, por lo tanto, debemos estar preparados para aceptar el “silencio de Dios”.