Siempre que voy a un colegio católico y, por alguna razón, me toca esperar en la recepción o en cualquier otro lugar que incluya la fotografía del fundador, de la fundadora o de ambos me quedo pensando: ¿Qué nos diría o dirían hoy a los que, como parte de nuestro trabajo, damos clases? Porque de ninguna manera se equivocaron cuando vieron en la escuela un medio clave para la fe y la transformación de la sociedad. Hoy, incluso más que antes, los colegios son un espacio vital para el presente y el futuro, porque aunque existen espacios extraescolares muy valiosos, no abarcan el número de horas que los estudiantes pasan en la escuela. Pero, volvamos a la pregunta: ¿Qué nos dirían fundadores como San Juan Bautista de la Salle, San José de Calasanz, San Pedro Poveda o la S.D. Ana María Gómez Campos? Al menos, tres puntos:
 
  Crean en lo que hacen:
 
¿Puede haber algo más triste que un grupo de maestros que piensen que la escuela ya no tiene razón de ser o que se trata solamente de mantener una tradición porque así se dio la fundación? Sería tan ilógico como un equipo de médicos que dudaran sobre la necesidad de los hospitales. A veces, escuchamos cosas así y debemos de cuestionarnos al respecto, porque una falta de entusiasmo tan grande solamente puede venir de dos causas: O no se tiene vocación o se ha descuidado tanto la vida espiritual que terminó por ganar la monotonía. Me tocó en una ocasión escuchar a un sacerdote de una orden de colegios, algo que realmente me convenció: “yo me quiero morir en el patio de la escuela”. Quitando lo fuerte de la escena que fue más bien en sentido figurado, lo que quiso decir es que cree en lo que hace y que además le gusta su trabajo. Cosa que, dicho sea de paso, captan los alumnos.
 
  Hagan cosas nuevas:
 
En un mundo competitivo, también en el contexto de la oferta educativa, lo que hará trascender a los colegios católicos serán sus valores y también la capacidad de hacer cosas nuevas, ¡de ir un paso hacia adelante! El objetivo principal es compartir la fe, generando un claro compromiso social, pero para llegar a eso deben darse distintas motivaciones como la creatividad que no significa perder el método, sino actualizarlo, revalorando el papel del arte, las excursiones, los debates, el deporte, los idiomas, la cultura, etcétera. Lo anterior, implica reinventarse constantemente.
 
  No pierdan la esencia:
 
Hay que renovar las formas, pero manteniendo el fondo. Una escuela católica que sea todo menos católica, de poco sirve. Esto no significa ser anticuados o mantener una infraestructura lúgubre, sino saber plantear la fe de un modo interesante, vinculado a la razón y acorde al nivel axiológico de los estudiantes. No olvidar que la esencia implica acompañar a los estudiantes, orientándolos hacia Dios, pero desde un lenguaje humano comprensible y siempre como propuesta, pues si Jesús no impuso nada, menos nosotros. La identidad implica formar a los que forman, cuidando los requisitos de contratación, pues no se puede improvisar en esto. Nadie es perfecto y todos podemos mejorar, pero siempre es necesario ayudar al personal docente para que pueda dar ejemplo.
 
Conclusión:
 
Trabajar en un colegio permite construir una sociedad mejor. Es una oportunidad que  no hay que pasar por alto. Hacerlo, pensando en que realmente vale la pena, porque aunque llega a ser un tanto difícil algunas veces, al final deja huella y contribuye a un cambio de largo alcance.