Cuenta una preciosa leyenda alemana que los Reyes Magos eran cuatro. Antes de partir los cuatro, rumbo a Occidente, quedaron citados para una hora fija en el palacio de Baltasar, allá en Oriente. Desde allí planearían ese viaje tan importante…

Artabán, que así se llamaba el cuarto rey Mago, se retrasó. Los otros tres esperaron un día y una noche. Como se les hacía tarde y las caravanas que atravesaban el desierto tenían que partir, le dejaron una carta y se pusieron en camino.

El cuarto rey Mago había salido puntualmente de su palacio, llevando tres dones para el nacido rey de Israel: un diamante, una esmeralda y un rubí. Salió con el sol de su casa.

Pronto abandonó todo poblado y se internó en la montaña habitada por bandoleros. Había que cruzarla muy deprisa, pues los bandidos solían dar su golpe de noche y descansaban de madrugada. Artabán iba pensando en esto, cuando de pronto oyó los gritos desesperados de un hombre. ¿Sería una trampa? No obstante, su corazón se conmovió; y comprobó cómo en el suelo yacía un hombre en su propia sangre. Acercándose le preguntó: ¿Qué te ha pasado, amigo? El desconocido apenas podía hablar. Seguramente había agotado todas sus energías en gritar pidiendo socorro. Únicamente se quejaba, se quejaba prolongadamente…

El rey Mago cargó con él, le puso en el camello y le llevó hasta la primera posada. Luego se quedó a su lado. Lo curó, lo acostó y se sentó junto a él. Cuando se despertó le explicó que le habían robado todo lo que llevaba y apaleándole le habían dejado en aquel estado. Artabán le entregó a aquel hombre el diamante para que pagase todo y se quedó con él toda la noche. En cuanto se despertó se puso en camino hacia el palacio de Baltasar, lugar de cita con sus compañeros.

Cuando llegó le entregaron el siguiente mensaje: Te hemos esperado dos noches y dos días. No podemos esperar más. Tú sigue siempre hacia Occidente, hacia Palestina, por el camino de las caravanas. Quizá nos alcances.

Artabán no perdió el tiempo en preguntas y comenzó aquella larga caminata que le llevaba hacia una gran esperanza. Al llegar la noche, el buen rey buscó un lugar para pasar la noche. Allí encontró gentes que marchaban desde Arabia hacia Egipto portando perfumes y aromas balsámicos. A la mañana siguiente se unió a la caravana.

Caminó en compañía de aquellos hombres que hablaban de la esperanza que tenían de que Alguien llegaría para liberarlos de las situaciones que estaban viviendo… Artabán les dijo que aquellos tiempos estaban llegando. Las estrellas le habían dicho a él que en la parte más occidental de Asia, en Palestina, había nacido Ese que traería la paz, la alegría y el bienestar a los hombres.

Si su palabra no hubiera sido tan encendida y convincente, aquellos árabes se hubieran reído de él. Pero aquel mago parecía sabio y bueno. Se miraron unos a otros. ¿Sería verdad lo que anunciaba aquel hombre? En una encrucijada de caminos tuvieron que separarse. Ellos iban a Egipto. Él, a Palestina.

Cuando el buen rey emprendió la marcha solo, unos lloros de niño surgieron de entre unas palmeras. Un pequeño lloraba junto al cadáver de su madre.
-Niño, ¿por qué lloras?
-Porque ha muerto mi madre.
-¿Vivís solos?
-Sí.
-¿No tienes a nadie más?
-No.
-Toma esta joya. Es una esmeralda. Vale mucho. Véndela y tendrás para vivir mucho tiempo. Si quieres puedes venir conmigo, pero yo no puedo esperar más. Tengo mucha prisa, debo marcharme.

Artabán miró su bolsa. Solo le quedaba el rubí. Los otros dones que llevaba al Rey de los Judíos los había dado. Pero estaba contento. Él era generoso y siempre socorría a los pobres. Siguió caminando deprisa. Ni siquiera se detuvo en el oasis que formaba una fuente y donde una familia, que sin duda marchaba hacia Egipto, estaba abrevando al asnillo. La mujer era joven y llevaba un niño. El hombre se le quedó mirando con curiosidad. Como si quisiera algo de él.

Al llegar a Belén encontró la ciudad desolada. Los soldados de Herodes habían matado a todos los niños menores de dos años. Cuando preguntaba por el Rey de los Judíos, algunos parecían mirarle con odio. Al fin un hombre le dijo: Esa familia que buscas ha huido a Egipto. No hace mucho. Con el tiempo suficiente para que Herodes no matase al Niño. Y unos reyes que vinieron de Oriente, como tú, retornaron a su país por otro camino...

Artabán no escuchó mucho más. Subió a su camello y puso rumbo a Egipto. Llegó a ese nuevo país con la confianza de encontrar aquella familia que presentía era la que encontró en el oasis del camino… Artabán preguntó en todas las colonias judías de Egipto. Preguntaba por una familia de israelitas cuyos progenitores eran los padres del Mesías. Los judíos de la diáspora le miraban con un brillo alucinante en los ojos, mitad incredulidad y mitad esperanza. ¿Era posible que ya hubiera nacido? Pero nadie sabía dar razón de Él. Al fin se rindió a lo inevitable y optó por volver otra vez a su tierra.

Allí sus compañeros le contaron todo lo que habían visto. Efectivamente, le contaron cómo una estrella del cielo les había señalado el camino y se había posado sobre la mansión del recién nacido, a quien ofrecieron oro, incienso y mirra. Artabán acarició el rubí que aún le quedaba y que no pudo ofrecer al Rey de los Judíos. Pero no perdió la esperanza de que algún día pudiera ponerlo a sus pies.

Pasaron muchos años. Casi treinta. De pronto empezó a extenderse por su país una noticia que traían los mercaderes de las caravanas que volvían del Mar Mediterráneo. Allá en Israel había aparecido un hombre extraordinario. Curaba a los enfermos, resucitaba a los muertos, arrastraba a las muchedumbres, anunciaba la Buena Nueva a los hombres. Tenía que ser Él. Artabán sentía dentro de sí una fuerza que le empujaba a ponerse otra vez en camino. Pasaron meses. Casi no hablaban de otra cosa los hombres que cruzaban el desierto de Arabia. Él esperaba la vuelta de las caravanas para que le diesen las últimas noticias.

Al fin se decidió. Cargó el camello de provisiones para una gran jornada. Tomó el rubí que guardaba como un amado tesoro y marchó hacia Palestina. El camino era el mismo. Los árboles del oasis no parecían haber crecido. Sin embargo, él era ya un anciano.
 
La película Ben-Hur se hace eco de esta leyenda del cuarto Rey Mago, mostrando a un rey mago en el momento de la Crucifixión.

Llegó a Jerusalén un viernes. La ciudad parecía desierta a pesar de ser mediodía. Las puertas de las casas estaban abiertas, como si los habitantes hubiesen huido precipitadamente. Después de atravesar la ciudad, salió afuera de las murallas. Allí, sobre el monte llamado Calvario, había mucha gente reunida. Gritaban contra un crucificado que moría en agonía.

Artabán quería acercarse, pero no le era posible. De pronto, el sol se oscureció. Los judíos se fueron. El rey mago quedó inmóvil atraído por aquel Crucificado, que parecía tener un halo sobrehumano. La tierra se estremeció. El corazón de Artabán, debilitado por los años y ante el sufrimiento por su nueva tardanza, sufrió un ataque y murió allí mismo. Murió apretando en su mano el rubí que llevaba para el Rey de los Judíos...

Al despertar se encontró junto a una puerta. Parecía otro mundo, otro Reino. A su lado, el Crucificado del Calvario y otro hombre que también tenía las huellas de unos clavos en sus manos. Se llamaba Dimas. Este le sonrió mientras le decía: Mira, buen rey, aunque han pasado muchos años, yo te conozco. Yo era un niño. Tú me socorriste junto a unos palmerales. Me diste en aquella ocasión una esmeralda. Aunque he sido un ladrón, la he conservado como un recuerdo sagrado. Artabán sacó su rubí y le dijo a Jesús: Acepta, Señor, este rubí que he guardado siempre para Ti.

Y Cristo -concluye la leyenda alemana- tomó el rubí y lo escondió, como en una ranura, en la llaga de su mano derecha. Parecía una gota de sangre más. Y aplicando su mano a la puerta del cielo, la abrió de par en par para ellos y para todos. Artabán había llegado a tiempo.

La solemnidad de la Epifanía del Señor es una fuente de lecciones que nunca debiéramos olvidar. Y la primera es esta: nuestra vida no es más que una peregrinación, como la que hicieron los Magos desde Oriente a Belén; desde nuestros orientes particulares hasta el Niño Dios. Habéis escuchado el Evangelio. No hay nombres propios ni se dice cuántos eran los Magos; pero se afirma que “unos Magos de Oriente” salieron de sí, desde lejos de Dios, atraídos por Él. Y nosotros, como ellos, por la fe que como una estrella luce en nuestro corazón, vamos paso a paso por estos caminos tortuosos de la vida buscando al Señor; tal vez como el cuarto mago de la leyenda siempre llegamos tarde, pero ¿y la intención con la que nos acercamos a Él? Le buscamos para adorarle, para rendirnos del todo a Él, para entregarle nuestros dones, que son, al fin, nuestro corazón y nuestro amor para adorarle eternamente[1].

Somos portadores de unos dones, de unos talentos (un diamante, una esmeralda, un rubí...). Y no son para nosotros. Son el tesoro de nuestra salvación. Para que nos sirvamos de ellos. La madera del establo donde reposa el cuerpo del Niño nos habla del madero en donde será clavado el cuerpo del Maestro. Y Él, con su muerte y resurrección, nos dará la salvación a todos.

Hagámosle al pequeño Jesús un regalo. Un regalo que le haga sonreír y que le aporte el calor que necesita. Que nuestras manos, nuestro corazón, nuestra palabra sean portadores de la paz y del amor, ofreciéndoselos a los hombres por amor a aquel Divino Amor, que nació en Belén y que fue alumbrado por la luz de una estrella, para que la oscuridad no volviera a reinar nunca más entre los hombres.

Fijaos que al final Jesús toma el rubí y lo une a su sangre derramada por nosotros. Las obras de nuestra vida, nuestra propia santidad, cuentan mucho más de lo que pensamos: si lo hacemos mal y si lo hacemos bien. Por lo tanto, al ponernos delante de Jesús como lo hicieron los pastores, y como lo hacen hoy los Magos, que le busquemos siempre a Él, que ha venido a ser para nosotros Camino, Verdad y Vida.

María y José nos contemplan. Que busquemos la sencillez y el amor de Dios para vivirlo en nuestras vidas.
 

[1] José Antonio ALDAMA, Homilías. Ciclo B, (Granada, 1993).