La quinta beatificación tuvo lugar un año después. Llegó el momento de elevar a los altares a los dos primeros obispos mártires: el de Almería y el de Guadix; junto a ellos siete Hermanos de La Salle de Almería. El grupo de estos diez se completó con el padre Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana y con Victoria Díez, laica, de dicha Institución, de Córdoba.

“Hace poco -afirmaba San Juan Pablo II en el Ángelus del 10 de octubre de 1993- he tenido la alegría de elevar al honor de los altares a trece nuevos beatos. Once de ellos son mártires de los años difíciles de la guerra civil española; y dos son religiosas italianas, que vivieron con plenitud la otra forma, más ordinaria, de martirio, que consiste en la adhesión sin reservas a las exigencias, a menudo arduas, del orden moral.

En ellos se han cumplido las palabras del Evangelio, que la encíclica Veritatis splendor coloca en el centro de sus reflexiones: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Se trata de mártires, es decir, de testigos de verdad y de libertad. En el martirio resplandece la íntima conexión existente entre estas dos dimensiones, que la cultura actual siente la tentación de separar y, a voces incluso, de oponer. Con su sacrificio, el mártir grita ante el mundo su elección libre de la verdad de Dios contra toda lisonja o amenaza de quien se opone a Dios.

Al dar gracias al Señor por el don de estos nuevos beatos, dirijo un saludo cordial a todos los peregrinos reunidos aquí con esta ocasión.

Saludo con particular afecto a los numerosos peregrinos de España, a los obispos y delegaciones que han participado en esta ceremonia de beatificación, en especial a los provenientes de Almería y Guadix, a los Hermanos de las Escuelas Cristianas y a los miembros de la Institución Teresiana" […].


Bueno, aunque la opinión de Lamet es un poco lamentable (¡no se está hablando de eso!...). Merecen la pena los segundos en los que se escucha al papa Juan Pablo II en la proclamación -en latín- de los nuevos beatos.


 
5. HOMILÍA DE SAN JUAN PABLO II DEL 10 DE OCTUBRE DE 1993

2. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos.
Con estas palabras de San Pablo se nos hacen presentes los mártires de la Iglesia de España, a los cuales hemos aclamado con gran gozo al ser elevados al honor de los altares. Todos ellos, fieles servidores del Señor, fueron como los enviados del rey, según hemos escuchado en la parábola del Evangelio, a quienes también maltrataron hasta matarlos.
Estos enviados fueron los dos Obispos y siete Hermanos de las Escuelas Cristianas, que en Almería recibieron la palma del martirio. Don Diego Ventaja Milán, Obispo de Almería, y Don Manuel Medina Olmos, Obispo de Guadix, fueron, ante todo, la imagen viva del Buen Pastor que ama a las ovejas, que no las abandona en el momento del peligro y que, finalmente, da la vida por ellas.

Y ellos la dieron, siguiendo el ejemplo de Cristo, perdonando a los propios verdugos. Como relataron testigos presenciales, monseñor Ventaja dijo a los que iban a matarlo: Que Dios os perdone como yo os perdono de todo corazón, y que esta sea la última sangre que derraméis.

 
3. Testigos de Jesucristo fueron también los Hermanos de las Escuelas Cristianas, del colegio La Salle de Almería: Aurelio María, José Cecilio, Edmigio, Amalio, Valerio Bernardo, Teodomiro Joaquín y Evencio Ricardo. Su vida consagrada al Señor, con los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, se había ido forjando a través de su trabajo humilde y callado en la enseñanza. Con las mismas palabras de san Pablo habrían podido repetir: Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo.

Estos Religiosos sabían muy bien, teniendo presentes las enseñanzas y ejemplo de su fundador, San Juan Bautista de La Salle, que estaban expuestos a todo tipo de ultrajes y calumnias, a pesar de su abnegada labor de educar cristianamente a los niños y jóvenes. A este respecto, Aurelio María, al enterarse del martirio de los Hermanos de Turón, en Asturias, exclamaba: ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos verter nuestra sangre por tan elevado ideal! Redoblemos nuestro fervor de educadores religiosos y así nos haremos dignos de tal honor.


4. Sentimientos parecidos latían en el ánimo del padre Pedro Poveda Castroverde, fundador de la Institución Teresiana, el cual también supo mantener el propio testimonio hasta derramar su sangre. Su máxima aspiración fue siempre responder, como Jesús, a la voluntad del Padre. “Señor, que yo piense lo que Tú quieres que piense -leemos en sus escritos-; que yo quiera lo que Tú quieres que quiera; que yo hable lo que Tú quieres que hable; que yo obre como Tú quieres que obre".

Del profeta Isaías hemos escuchado: La mano del Señor se posará sobre este monte.  En efecto, a los pies de la Santina en Covadonga, llevado de su profundo amor a la Virgen María, el nuevo Beato encontró la inspiración de sus anhelos apostólicos, que se centraron en promover la presencia evangelizadora de los cristianos en el mundo, principalmente desde el campo de la enseñanza y de la cultura, con un espíritu de profundo sentido eclesial, de fidelidad sin reserva y de generosa entrega.

 

Así lo comprendió igualmente Victoria Díez y Bustos de Molina, la cual, desde el trabajo abnegado como maestra, supo encarnar la espiritualidad de la Institución Teresiana, en la que había hecho su entrega total a Dios pronunciando estas palabras: Si es necesario dar la vida para identificarse con Cristo, nuestro divino modelo, desde hoy dejo de existir para el mundo, porque mi vida es Cristo y morir ganancia.

Esta Beata es un ejemplo de apertura al Espíritu y de fecundidad apostólica. Supo santificarse en su trabajo como educadora en una comunidad rural, colaborando al mismo tiempo en las actividades parroquiales, particularmente en la catequesis. La alegría que transmitía a todos era fiel reflejo de aquella entrega incondicional a Jesús, que la llevó al testimonio supremo de ofrecer su vida por la salvación de muchos.