Un testimonio sobre la alegría y el contento que transpiraba por todos los poros San Francisco Javier es aquel que —desde la isla de la Mora, tierra salvaje y estéril en donde al misionero todo le falta— escribe él mismo, de su puño y letra, en una carta a San Ignacio de Loyola:
 
«Los peligros a que estoy expuesto y los trabajos a que me entrego sólo por amor de Dios son para mí fuentes inagotables de alegrías espirituales.
»De manera que en estas islas, en donde todo falta, casi se me ofusca la vista por las lágrimas de alegría que vierto continuamente.
»No me acuerdo haber sentido nunca tan íntima delicia, y estas consolaciones del alma son tan puras, tan plenas y continuas, que por ellas se me quita enteramente la sensación de los sufrimientos corporales.»
 
Una vida entregada a los demás es siempre fuente de alegría.
 
«La mayor alegría de los cristianos es que a ellos es dado, con su misma pobreza, comprar el reino de los cielos», escribía San Agustín.
 
Para gustar de la alegría hay que haber aprendido —ante las dificultades, las cruces, los fracasos— a entregarse con generosidad a Dios y a los hombres.





Alimbau, J.M. (2017).  Palabras para la alegría. Madrid: Voz de Papel.