El pueblo catalán en todos sus estamentos, que tanto luchó para que fuera proclamado el dogma de la Inmaculada[1], en los momentos más difíciles de su historia, cuando invocó a la Virgen María, Ella no se dejó vencer en generosidad.

 

      En el año jubilar conmemorando el 25 aniversario del Dogma de la Inmaculada, en Cataluña hubo una gran variedad de actos conmemorativos. Tuvieron especial relieve los promovidos por el obispo de Barcelona José M. Urquinaona. Él animó, a través de la carta pastoral de noviembre de 1879, a que la celebración de la octava de la Inmaculada se celebrase con actos piadosos que buscasen la gloria de Dios, tributando a la Virgen María el culto debido. Pero también exhortó a los barceloneses a que a la piedad unieran la beneficencia. Él mismo promovió la fundación de la Sociedad de Amigos de los Obreros para «proveer de forma oportuna a todas sus necesidades»[2]. Él fue el primero en hacer una importante aportación económica, invitando a todos los que tuvieran recursos a que también colaboraran. Emprendió esta iniciativa para aligerar la situación angustiosa en la que se encontraban muchos obreros y sus familias, y para ofrecer a Dios una ofrenda que le fuera agradable, suplicándole por intercesión de la Virgen Inmaculada que llenara de bendiciones a la Iglesia en aquellos momentos de gran tribulación.
    La respuesta de la Virgen no se hizo esperar en aquel mismo año, tuvo lugar una iniciativa de tan grandes consecuencias no solo para la Iglesia de Catalunya, sino también para la sociedad civil catalana y del resto de España. Ello es lo que se intentará relatar en este escrito
 
1. La regeneración de la Iglesia y la sociedad catalana
 
 



Ciertamente que la situación de la Iglesia en Cataluña en el primer tercio del siglo XIX no era nada halagüeña. Dirán de ella los historiadores: «la Iglesia catalana está arruinada, desprestigiada, perdida, en un mundo nuevo, próxima al desastre […]».
    El enderezamiento de la Iglesia en Cataluña tendrá como precedente la gran oración de la Iglesia Universal a favor de la Iglesia en España, gracias a la iniciativa del papa Gregorio XVI, y el autor de la misma es sin duda el Espíritu Santo, que «trabajó a fondo en el alma de personas –eclesiásticos, religiosos y seglares de ambos sexos- de una manera oculta, lejos de los odios, los rencores y las divisiones maniqueas entre liberales y carlistas, integristas y progresistas». Estos hombres y mujeres cooperaron a la acción del Espíritu Santo. Por ello la Iglesia en Cataluña resurgió con una fuerza extraordinaria participando en primera línea, a finales del siglo XIX, en la regeneración de Cataluña como pueblo y además benefició significativamente a España y a su Iglesia.
  Poco tiempo después de este jubileo de oraciones convocado por Gregorio XVI, cayó el gobierno del general Espartero. La vida monástica retornó Montserrat y la imagen de Nuestra Señora fue repuesta en su templo, el cual de nuevo quedó abierto al culto de los fieles, que no dejaban de peregrinar a su santuario para implorar la ayuda de la Virgen María y darle gracias por los dones recibidos. La Virgen velaba por las necesidades del pueblo que acudía a Ella en busca de ayuda. Era necesario conseguir la pacificación de una población en constantes guerras civiles y revoluciones, y aliviar las injusticias que sufría la clase obrera, que a su vez estaba sometida a una intensa propaganda para erradicar la fe del pueblo cristiano.    
  La Virgen pondrá remedio a estas necesidades a través de hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y laicos de Cataluña, que le fueron sinceramente devotos. Algunos, en Montserrat, sintieron la llamada a ser fundadores, como santa Carmen Sallés. Otros pusieron bajo la protección de María la idea fundacional que el Espíritu Santo había depositado en su corazón, como san José Manyanet. Algunos ofrecieron a la Virgen las primicias de su acción fundacional, como san Enrique de Ossó que presentó a las primeras teresianas a la Moreneta.
  Por medio de los institutos religiosos al servicio del necesitado (pobre, enfermo, anciano o huérfano) hizo posible que la Iglesia recobrase prestigio moral en aquella sociedad. En la educación de la infancia y la juventud, sobre todo de las niñas y las jóvenes, se salvó la fe amenazada por la ignorancia y la constante propaganda anticlerical. De este modo por primera vez la Iglesia en Cataluña pudo hacer una gran contribución a la Iglesia universal, ya que estas congregaciones religiosas fundadas por catalanes se abrieron pronto a la evangelización de los cinco continentes.     Los fundadores catalanes del siglo XIX llevaron a término la mitad de las fundaciones de nuevas congregaciones religiosas que se dieron en España  a partir de 1842 hasta 1900, o sea en menos de 60 años, fundaron unas cuarenta y dos nuevas congregaciones religiosas. Si añadimos las tres fundadas a inicios del siglo XIX, en el año 2010 se han podido contabilizar 3.723 comunidades y 25.802 religiosos-as de los institutos fundados por catalanes en el siglo XIX. La santidad reconocida oficialmente por la Iglesia floreció en Cataluña, como en ninguna otra época de su historia.
    Por la fidelidad de estos hombres y mujeres que hicieron la voluntad del Señor en medio de muchas dificultades, la respuesta de Dios fue la realización de las palabras del Magníficat, «el amor que tiene a los que creen en El se extiende de generación en generación» (Lc 1, 50). Dios bendijo aquella generación. En medio de una gran conflictividad, Cataluña se industrializó, lo que posibilitó que la gente del país y de otras tierras de España tuviera trabajo y pudiera vivir de él. 
   Otro de los dones de Dios fue la reconstrucción nacional. De la misma forma que un hombre y una mujer que siguen a Cristo en vez de despersonalizarse llegan a ser hombres y mujeres en plenitud, lo mismo acontece con los pueblos.  Si un pueblo sigue a Cristo recibe de Dios las energías interiores para construir su propia identidad. La Iglesia en Cataluña contribuyó en primera línea a la reconstrucción del pueblo catalán, mediante el ejercicio de una de las capacidades que otorga el Espíritu Santo: el saber discernir los signos de los tiempos y actuar en consecuencia. De esta forma, además de atender a los más desfavorecidos, tomó parte activa en la vida cultural y social del pueblo catalán, colaborando de manera eminente en la reconstrucción cultural y nacional de Cataluña.  Si anteriormente de algunos seminarios, en el primer tercio del siglo XIX, surgieron combatientes para la guerra de la independencia o las guerras carlistas. Unos decenios más tarde, los seminarios se convirtieron en auténticas escuelas de saber, de piedad y de consolidación de la nación catalana. De los seminarios surgieron una legión de poetas, escritores, historiadores, arqueólogos, que trabajaron con celo por la recuperación espiritual y nacional de Cataluña, y así ayudaron a enriquecer el alma del pueblo catalán. Y los que más contribuyeron a ello fueron grandes devotos de Nuestra Señora de Montserrat, de la que recibieron ayuda e inspiración, como el poeta Jacint Verdaguer y, sobre todo, el venerable Torras i Bages que, con su libro La Tradició catalana, demostró que el cristianismo y el catalanismo eran realidades inseparables en Cataluña, promoviendo que el renacimiento del pueblo catalán fuera hecho bajo el signo cristiano. A través de todos ellos (santos, literatos, pensadores...) podemos ver la presencia de María como forjadora de un pueblo que renace después de cinco siglos de postergación. Así el pueblo catalán aprendió a amarse y a valorarse.
   Hubo realmente una intensa compenetración entre la cultura y la fe. El poeta y sacerdote Jacint Verdaguer se convirtió en el genio forjador del catalán literario. Gracias a él se puede decir que Cataluña recobraba su lengua literaria. Otro exponente destacado de la intensa relación entre fe y cultura es sin duda el arquitecto Antonio Gaudí, anticlerical en su juventud, se convirtió y vivió hasta su muerte una fe cristiana profunda y sincera. De la síntesis de su fe y de su genio arquitectónico surgió la obra más emblemática del catolicismo del siglo XIX y de inicios del XX el Templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona.
    De este modo la Iglesia participará en primera línea en la regeneración moral de todo el país, alejándole del carlismo, que luchaba por las tradiciones del pueblo catalán a través de las armas. En esta época histórica la Virgen María también se muestra como Reina de la paz.
   El proceso de reconstrucción nacional de Cataluña está vinculado a la Virgen María invocada bajo la advocación de Montserrat. Durante el vigésimo quinto aniversario del Dogma de la Inmaculada (1879), la Virgen María fue invocada por los pastores y fieles para que ayudase en aquella hora difícil al pueblo y a la Iglesia en Cataluña. En aquel mismo año surgió la idea de celebrar el milenario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de Montserrat. La devoción a esta advocación mariana se acrecentó mucho en aquellas fiestas, lo que hizo que los obispos de las sedes catalanas pidieran a la Santa Sede su proclamación como patrona de Cataluña y de las diócesis catalanas. A la petición de los obispos se agregaron las peticiones de los cabildos catedralicios y las de los consistorios municipales de las principales villas y ciudades de Cataluña. 
   El patronazgo de la Virgen María sobre Cataluña se hizo sentir, sobre todo, en la llamada Renaixença, influida por el Romanticismo europeo. Bajo el influjo de este movimiento literario, histórico y cultural profundizó en la conciencia de las características propias del pueblo catalán, y buena parte de la sociedad catalana se sintió aglutinada por el amor a todo aquello que tenía vinculación con Cataluña. Las fiestas del milenario y del patronazgo fomentaron en gran medida la sintonía entre la Iglesia y el pueblo catalán, ayudaron a reflexionar sobre la vinculación entre el cristianismo y la configuración de Cataluña, las raíces de Cataluña en efecto, eran cristianas. De esta forma, la Iglesia, que fue tan perseguida durante buena parte del siglo XIX, a partir de entonces se descubrirá como un signo de la identidad del pueblo catalán, y Montserrat se convertirá en el lugar más representativo de la religiosidad popular de Cataluña y en uno de los símbolos más claros de su catalanidad. 
   Para la plena restauración de Cataluña era imprescindible un movimiento político que defendiese sus elementos constitutivos. Surgieron buenos políticos que con pocos recursos económicos y estrecho margen de maniobra política trabajaron con eficacia para fortalecer la identidad de Cataluña, construyendo al mismo tiempo un país moderno y, así, ofrecer una mejor calidad de vida a sus habitantes. La Iglesia en Cataluña también se abrió a lo mejor de los movimientos eclesiales europeos: el movimiento litúrgico, el movimiento gregoriano, el movimiento bíblico, el movimiento catequético, el movimiento patrístico, Fomento de Piedad Catalana, la labor de las órdenes religiosas, l’Obra dels Exercicis, Els Pomells de Juventut, la Federació de Joves Cristians, cómo promoción del laicado: no podemos olvidar que muchas de las realidades conseguidas en Cataluña eran desconocidas en el resto de la Península, o se realizaban simplemente en el ámbito individual e individualmente, así mismo se intentaba su difusión en el resto de España.  
 
2. La regeneración de España a través de Cataluña
 
 

En este tiempo se puede constatar a su vez, que diversos catalanes sostenidos por la gracia del Espíritu Santo, procuraron que la transformación cultural y espiritual que se daba en Cataluña se extendiera a toda España, como si los designios de la Providencia divina quisieran que la regeneración del pueblo catalán fuera motor de la regeneración de toda la sociedad española, en aquel momento crítico de su historia, con la pérdida de las últimas colonias en 1898, que sumió a tantos españoles en una profunda crisis de identidad.
    Del ámbito eclesial cabe señalar a san Antonio M. Claret quien, como confesor de la reina Isabel II, veló por el bien de la Iglesia en España. La constante labor del sacerdote y filósofo Jaime Balmes para conseguir que hubiera una reconciliación de los bandos enfrentados (carlistas e isabelinos) y hacer de las dos Españas una sola, contribuyendo a su vez a saber encajar positivamente los desafíos del liberalismo. Quizás no se encuentre entre los escritos de los santos y beatos españoles a nadie como el beato Francisco Palau que muestre tanto amor por la Iglesia en España y ofrezca una vida de mayor penitencia que la suya, con el sólo objetivo de que Dios tuviera misericordia de la Iglesia en  España. De ello dan testimonio sus libros Lucha del alma con Dios y Vida solitaria. En el ámbito literario se encuentra el literato Joan Maragall, a través de su Oda a España intenta ser un clarín para la conciencia de los que regían los destinos de la nación, quienes por defender el honor de la patria, ante el poderío naval de EEUU, enviaron a tantos jóvenes españoles a una muerte segura en la defensa de las últimas colonias. Le insta a que vuelva en sí, que opte por una vida fecunda para sus hijos. Esto era lo que le ofrecían los políticos de la Mancomunitat catalana, que intentaban que los logros sociales y culturales que se habían conseguido en Cataluña con pocos recursos económicos, pero poniendo a los mejores especialistas al frente de todas las instituciones administrativas, fuera una realidad en toda España.
    El anhelo de esta generación de catalanes que procuraron la regeneración de toda España, quedó plasmado en el Virolai, el canto-súplica que se dirige desde entonces hasta hoy a Nuestra Señora de Montserrat: «De los catalanes siempre seréis princesa, de los españoles estrella de Oriente».
    Esta bella realidad, que la Virgen María, regeneradora de pueblos, procuraba a través de Cataluña, la regeneración de toda España, fue sofocada por la dictadura de Primo de Rivera. Éste, capitán general de Barcelona, con su estrechez de miras, no podía concebir que los catalanes amaran a la vez a Cataluña, su tierra natal, y a España. Siempre partió del supuesto que el amor a Cataluña era incompatible con el amor a las otras tierras de España, y que todo proceso de diferenciación significaba atentar contra la unidad de España. Desconociendo que, por el peculiar proceso de la reconquista española frente al islam, durante casi mil años habían coexistido, casi siempre pacíficamente, el respeto a las instituciones civiles diferenciadas de los distintos reinos españoles, y que sólo hacía  300 años, con la instauración de la dinastía borbónica, se había impuesto en España el modelo francés de un estado centralista.
    El 13 de septiembre de 1923, el citado general Primo de Rivera, declaró el estado de guerra y exigió al rey la dimisión del gobierno y la concesión de plenos poderes. Una de las primeras acciones que llevó a término en Cataluña fue disolver todas las actividades de cariz catalanista, acusadas de separatistas en su confusión mental. Disolvió la excelente obra administrativa de la Mancomunidad de Cataluña, y se ensañó con la Iglesia, porque hacía uso del catalán en su predicación. La actuación represiva de Primo de Rivera provocó una reactivación del catalanismo, ahora de signo antimonárquico, con unos planteamientos más radicales que la generación anterior. 
 
3. El cardenal Vidal i Barraquer promotor de la reconciliación de los españoles
 

 
     El personaje eclesiástico más destacado que ha trabajado por la reconciliación de todos los españoles es sin duda el cardenal Vidal y Barraquer. Él siempre luchó por la independencia de la Iglesia respecto al Estado. Por defender la predicación en catalán fue perseguido con saña por Primo de Rivera. Por ser obispo fue perseguido a muerte por los anarquistas. En una carta al ministro Irujo le dijo: «Mi único anhelo es hacer el mayor bien posible y trabajar por la paz y armonía de todos y para que termine pronto esta convulsión que está desolando nuestro país, situándome al margen y muy por encima de partidismos políticos, ya que un obispo, aun perseguido y encarcelado, sigue siendo de todos y se debe a todos, y por ello ama y perdona». Para no poner en peligro la vida de los sacerdotes, religiosos o laicos de la zona republicana, no quiso firmar la carta colectiva del episcopado español de 1937. Por no firmar esta carta colectiva, Franco no le permitió retornar a Tarragona su archidiócesis, y por ello tuvo que vivir y morir en el exilio. En 1943 murió perdonando, bendiciendo, amando y ofreciendo  su vida llena de sufrimiento por la reconciliación del pueblo catalán y español. Escribió en su testamento espiritual: «perdono de corazón a mis enemigos, a los que han hablado mal de mí, me han calumniado e injuriado. Les deseo todo tipo de bien y de prosperidad. Declaro que soy inocente de todas las acusaciones que contra mi han realizado, […] a todos he perdonado y a todos perdono de corazón».
     Tres años después de su muerte, su martirio incruento empezó a dar frutos manifiestos para la reconciliación del pueblo catalán. Desde Montserrat, el abad Escarré, siguiendo las enseñanzas del cardenal Vidal i Barraquer, quiso que la campaña popular para ofrecer un trono de plata a la Santa Imagen, sirviera para promover la reconciliación de todos los catalanes y favorecer su hermandad. Se crearon comisiones en las que participaron catalanes de todas las tendencias y se invitó a todos a participar en las fiestas de la entronización, ya que, pensaran como pensaran, todos eran hijos de la Moreneta. Más de cien mil catalanes de todas las ideologías subieron a Montserrat los días 26 y 27 de abril de 1947 para participar en las fiestas de la entronización de la Santa Imagen.  Eran tantos que no había espacio para todos y se inició una vigilia de oración a María en la basílica, que se sigue celebrando cada año en estas mismas fechas y congrega a millares de personas de todas partes de Cataluña.
    La Virgen no dejó de escuchar las súplicas que le dirigía el pueblo catalán, de una manera especial su anhelo de reconciliación. Con la preparación de aquellas fiestas, el pueblo catalán había recuperado su capacidad organizativa, y un espíritu de convivencia y reconciliación se había infiltrado en muchas personas. En aquel acto de veneración a Nuestra Sra. de Montserrat, a los ocho años de finalizar la Guerra Civil, se despertaba la conciencia de todo un pueblo. A partir de estas fiestas un espíritu de reconciliación fue impregnando toda la sociedad civil catalana, la que será una de las claves de su progreso en todos los ámbitos. De este modo se dejaba atrás una de las etapas más sombrías de nuestra historia: la guerra entre hermanos. Los nobles ideales que se propuso la generación de la posguerra, que había aprendido la trágica lección de la guerra entre hermanos, se llevaron a cabo casi armónicamente, a pesar de todas las luchas y dificultades con las que se ha encontrado el pueblo catalán. La gracia de Dios que la Virgen  María alcanzó lo hizo posible.
   Pero el cardenal Vidal i Barraquer no sólo oró por la reconciliación de los catalanes sino de todos los españoles, así lo había manifestado al embajador español al poco de finalizar la guerra civil: «Quiera nuestro Divino Redentor, por la intercesión de tantos mártires y confesores hermanos nuestros, otorgarnos la gracia de la reconciliación más completa, a fin de que, superado (por el fuego del verdadero amor cristiano y fraternal) todo el espiritual de odio, de venganza y de discordia, sepan consagrarse todos los españoles, con un solo corazón y una sola alma, a la magna labor de reconstrucción espiritual y material».
    Uno de los medios que contribuyó que ello fuera realidad fue un libro del sacerdote Carles Cardó, Les dues tradicions. Història espiritual de les Espanyes, que había escrito en cumplimiento de una de las últimas voluntades del cardenal Vidal i Barraquer. Este libro tiene por objetivo mostrar «la imposibilidad de construir una España sólida por el camino de la envidia y de la violencia y la facilidad de llegar a ello por medio de la colaboración y el respeto mutuo».  Su autor tuvo muchísimas presiones para que no se publicara este libro, y a causa del mismo, tuvo que pasar la mayor parte de su vida en el exilio. Este libro fue enviado a Mons. Giovanni Battista Montini, entonces substituto en la Secretaría de Estado en la Santa Sede, más tarde Pablo VI. Así él pudo conocer con mayor profundidad las razones de una guerra civil entre los españoles, y la necesidad de poner remedio a las dos Españas, y buscar su reconciliación.

    Pablo VI encontró un aliado fiel a sus propósitos en el cardenal Enrique y Tarancón, que ya antes de finalizar la guerra había hecho el propósito de «dedicar mi vida a superar la división entre los españoles». Pablo VI lo nombró arzobispo de Madrid. Desde este cargo trabajará en constante contacto con Pablo VI por la independencia de la Iglesia respecto del Estado y por la reconciliación de un pueblo hondamente herido.
    El cardenal Tarancón se comprometerá con fidelidad al proyecto de una Iglesia libre en un pueblo libre. Tuvo el riesgo real de ser asesinado, pero él siguió adelante con la reconciliación de los españoles y la independencia de la Iglesia respecto al Estado, apoyado sólo por la Santa Sede y por el Espíritu.
    Comenzó a hacer de ‘puente' dialogante y suavizador de tensiones, a riesgo de dejar descontentos a los radicales de uno y otro lado. A él le acusarán los sectores radicales, sean estos de derechas o de izquierdas, conservadores o avanzados. Cuando llegó la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, la Iglesia había logrado en los últimos quince años liberarse de la peligrosa identificación con “una de las dos Españas”, sacralizando a una de ellas y ausentándose de la otra. El cardenal Vicente Enrique Tarancón fue «el hombre-puente, uno de los grandes artífices de la transición pacífica que supone un inicio de ‘reconciliación nacional’. Podemos reconocer en sus palabras y actitudes una continuidad con las que mantuvo en solitario el cardenal Vidal i Barraquer. Estas fueron asumidas conscientemente por el cardenal Enrique Tarancón, como muy bien él reconocerá explícitamente: «Yo puedo afirmar que la postura del cardenal Vidal i Barraquer en aquellas circunstancias me ha servido no poco para acertar con la postura que como obispo y como presidente de la Conferencia episcopal debía mantener en los momentos en los en que tenía una máxima responsabilidad».
    La muerte de Franco coincidió con el jubileo de 1975, proclamado por Pablo VI. En él se pedía la reconciliación. Este mensaje fue acogido en España como una confirmación de una necesidad sentida y en buena parte practicada.
    La Iglesia ayudó valiente y generosamente en el proceso de la transición, como proceso de reconciliación entre las muchas Españas enfrentadas. Ello fue fruto espiritual del perdón que tantos sacerdotes, religiosos y laicos asesinados durante la guerra civil, que murieron perdonando a sus enemigos. Si muchos de los que los asesinaron fueron obreros, influidos por ideas anarquistas, cuando muchos otros obreros fueron perseguidos por el régimen franquista, encontraron refugio en las iglesias. Muchos sacerdotes se enfrentaron con la policía, defendiendo y protegiendo la vida de los obreros encerrados en sus iglesias, y a su vez, los sacerdotes tuvieron que ser amparados en muchas ocasiones por las diligencias de sus respectivos obispos. De este modo se desactivó uno de los focos anticlericales más virulentos. Con la venida de la Democracia, CCOO de Barcelona rindió homenaje a tantos sacerdotes que se arriesgaron y lucharon por el nacimiento y la consolidación del movimiento obrero.
    El proceso de reconciliación interna entre los catalanes, a los tres años de la muerte del cardenal Vidal i Barraquer,dio frutos en bien de toda España. La reivindicación del autogobierno se aceleraba, a la muerte de Franco. El día 11 de septiembre de 1977, se reunieron en Barcelona un millón y medio de personas, en la que se consideró una de las manifestaciones más importantes de Europa. La reivindicación unitaria del pueblo catalán favoreció que España se convirtiera en un Estado de autonomías, que es más acorde con su idiosincrasia ya que existen en su seno distintas comunidades humanas con características propias y diferenciadas, fruto de la peculiar historia de España. La Reconquista de la Península tuvo diversos frentes. En efecto se configuró en los reinos de Castilla- León y de Aragón-Cataluña, además del portugués. Estos conservaron su propia identidad legislativa durante todo el reinado de los Austrias, pero fueron abolidos por Felipe V que quiso hacer de España un estado semejante a Francia, centralizado y con una sola lengua. Son nueve siglos de instituciones legislativas diferenciadas en los que se forja la idiosincrasia de España, y tan sólo trescientos años en que se busca una España uniformada, a semejanza de Francia, con una sola lengua, el castellano.
    Con la caída del franquismo, el pueblo catalán no pidió responsabilidades del intento de genocidio de la cultura y de la lengua catalana, que tuvo lugar durante la dictadura de Franco. Los catalanes optaron por mirar hacia adelante y utilizar las energías para hacer de Cataluña un país a nivel europeo, implantando lo más avanzado en materia social, cultural y económica de Europa. Ello servirá de modelo en muchos aspectos a las otras comunidades autonómicas de España, que lo asumirán en su territorio. Así Cataluña ayudará en gran manera a España a convertirse en un Estado a nivel europeo.
    Los frutos de reconciliación promovidos por el martirio incruento del cardenal Vidal i Barraquer primero en Cataluña y luego en toda España, cobran todo el sentido las palabras del historiador Josep Benet: «El cardenal Vidal i Barraquer ha sido uno de los hombres de la Iglesia universal del siglo XX, más ejemplares y más importantes. Y una de las personas más ilustres de la Cataluña contemporánea».
                              
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Virgen Inmaculada, Patrona eres de España, y en tu advocación de Montserrat patrona de Cataluña, escucha nuestras súplicas por los pueblos que configuran el Estado español, que tanto te aman y han defendido el dogma de tu Inmaculada Concepción.

                                     
Notas

[1] Se puede constatar este dato histórico en el anterior artículo de este blog, “¡Virgen Inmaculada, suplicamos tu ayuda y protección!
[2] Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Barcelona, año 22, n. 948 (23-XII-1879) 430.