Isaías 40, 1-5. 9-11; 2 Pedro 3, 8-14; Marcos 1,1-8

«Una voz grita en el desierto: preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios»
«Creo que sí es posible cambiar. Cuando menos lo espero Dios me dice que sí, que no dude. Que si creo en lo imposible Él lo puede hacer realidad. En mi vida, con mis gestos y mis manos
»
 
Me gusta mirar a María embarazada en este tiempo de Adviento. Mirar su paso presuroso camino a Ein Karem. Su disponibilidad para el servicio. Con Dios hecho carne en sus entrañas. Me gusta pensar en su sí puro y firme en un momento de encuentro profundo con Dios. Un sí lanzado en las manos del Padre. Un sí confiado, de niña. Me gusta pensar que así comienza el Adviento. Con un sí filial y alegre de una niña y los pasos presurosos que suben la montaña, pasos de mujer. Así de sencillo. La niña inmaculada, libre de todo pecado. Pura y fiel. Me gusta mirar a María y creer que algo de su belleza se pegará a mi piel si me acerco a Ella, si me dejo cuidar por su abrazo, si me hago hijo dócil en sus manos. Hoy escucho: «Procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables». Estoy tan lejos de ser inmaculado e irreprochable. Miro a la mujer vestida de sol que me mira. Miro a la niña que sube por los caminos que llevan a Ein karem, a Belén. Aún falta para que nazca Jesús. Hoy todavía no nace en mi alma. Ella es inmaculada, virgen y pura. Yo he perdido la pureza y la inocencia, la ingenuidad y la sencillez, de cuando era niño. Quiero que algo se me pegue de su belleza. Se lo pido. Me gusta mirar a María que mira a Dios, como dice el P. Kentenich: «Reflejo de Dios, espejo de la gloria de Dios, inmaculada concepción. Relación fundamental con Dios, con Cristo. Por el honor de Cristo María debía y tenía que ser concebida inmaculada. Virgen de las Vírgenes»[1]. María es el reflejo más puro de Dios. Su belleza viene de Dios. La creatura más bella jamás soñada. La más pura. Al mirarla veo a Dios. En su carne brilla Dios. Esa mujer vestida de sol me conmueve. La miro a Ella que camina al encuentro de Dios. La miro a Ella que me mira y viene hasta a mí. Llega llena de Dios. María concebida sin pecado. María llena del Espíritu. Me gusta contemplar su rostro, sus ojos, sus labios. Me gusta mirarla en su silencio elocuente. Con la fuerza contenida en sus gestos. Me conmueve su fidelidad en todo momento. Su sí repetido una y mil veces, cada mañana, cada noche. Miro a María mirando a Dios. Y miro a María mirándome a mí. Dice el P. Kentenich: «Aparece María más en su relación a nosotros, no tanto a Dios. María en su relación a nosotros. Madre de Cristo, Madre de Dios y Madre nuestra. Se trata de cómo Ella ayuda a que seamos redimidos. María como la gran educadora, nuestra educadora y como la educadora de los pueblos»[2]. María me mira en el camino a Belén. Se detiene para mirar mis pasos, para abrazarme, para quererme. Se conmueve al ver mi fragilidad. Yo le entrego mi pequeñez. Ve en mí una belleza que tal vez sea reflejo de la suya. Ve lo que yo no sé ver, cuando miro sólo mi pecado, sólo mi pobreza. Es mi Madre educadora. Quiere crear en mi alma un espacio de cielo en el que quepan todos los hombres. Es la tierra inmaculada en la que nace Jesús. En mi alma. Quiere que yo me refleje en su pureza y algo de Ella se me quede prendido en la piel. He perdido la ingenuidad y la pureza por el camino de la vida. He dejado de vestirme de su traje de gala, de fidelidad, de hermosura. No me siento a menudo digno de su amor. Y eso que busco sentirme querido. Hoy busco sus ojos en el Santuario. La encuentro, me encuentra. La miro a Ella vestida de luz. ¿Puedo ser inmaculado teniendo pecado? ¿Puedo ser puro habiendo caído? Miro a mi Madre que me mira. En sus entrañas lleva todo el amor de Dios y me lo entrega. Lo infinito recogido en la vasija finita de su alma. ¡Qué misterio tan profundo! En su carne llena de verdad nace Jesús. Y yo me asemejo a Ella cuando me dejo amar. No sé bien cómo hace Dios los milagros. Debe ser que de tanto ponerme en su presencia me ha llegado un poco de su gracia. María lo hace posible. Puede mi vida llenarse de sol. Siento que el cielo se hace un hueco en mi espesura. Y su sí cobra vida en mis propios labios. ¿O es ahora mi sí el que yo pronuncio con su voz? «Hágase» grito con voz callada. Y quiero que mi carne enferma sane al tacto de sus dedos. Y su voz acaricie mi alma seca llenándola de vida. Y convierta mi impureza en pureza. Mi pecado en sanación. Quiero caminar con María por esos caminos de desierto hasta que se llenen de vida. Busco a su lado a su prima Isabel. Busco en Belén posada. Repito su sí con sencillez: «Fiat, hágase». Porque confío que su amor tan grande puede cambiar mi alma y hacer de mi vida un jardín inmaculado. Si dejo que Dios me toque por las manos puras de María. Ella me mira y me abraza. Y sostiene mis pasos lentos por el camino de mi vida. Me fío de Ella. La dejo hacer en mí hoy su morada. Para que todo en mí sea nuevo.

María escuchó al ángel hablando en su silencio: «Para Dios no hay nada imposible». Todo es posible para Él. No para mí que soy limitado y torpe. Quiero creer en su poder actuando en mi vida. Imagino lo que puede hacer si yo creo en Él. Si creo que puede actuar. Que puede vencer en mi debilidad. María creyó en ese poder imposible. Yo quiero creer que Dios puede cambiarme el corazón. Y puede cambiar la vida de tantos a través de mi propia vida, de mis manos. Veo las dificultades del mundo. La oscuridad y el odio. Y me repito a mi oído esta misma frase. Sé que todo es posible para Dios. Aunque yo crea que no es posible. Porque me cuesta ver que cambie algo. No veo que lo haga, que actúe. ¿Por qué no lo hace? Siento que su impotencia me quita la esperanza. ¿Y si realmente no actúa y no vence? ¿Y si al final me encuentro solo ante la muerte? ¿Y si no sana la enfermedad y no me devuelve la vida perdida? Me dicen que para Dios todo es posible. Pero yo no veo que sea real ante tanta muerte. El Adviento me habla de renovar la esperanza dentro de mi alma. Nada es imposible para Dios. Pero quizás no se adapta a mis deseos como a veces pretendo. Y juzgo a Dios porque no hace lo que le pido. Porque no es fiel a su promesa en mi vida tal como yo lo quiero. No creo en su poder. Por eso calculo mis fuerzas. Porque he dejado de tener fe. Pero hoy me dicen que para Dios todo es posible. Y vuelvo a creer. Y sé que Él no quiere actuar sin mí. Me necesita, cuenta conmigo, para hacer lo imposible. Quiere que lo busque en cada momento. Todo es posible para Dios, cuando abro la puerta y dejo que entre. Madeleine Delbrêl, asistente social en Ivry, Francia, que descubrió a Dios en las calles de la gran ciudad y en los anhelos insatisfechos de los hombres, decía: «Más allá de lo que hagamos, más allá de que empuñemos una escoba o una estilográfica, que hablemos o permanezcamos mudos, que zurzamos una prenda o demos una conferencia, cuidemos un enfermo o estemos escribiendo con la máquina de escribir. Todo eso es sólo la cáscara de una realidad maravillosa, del encuentro del alma con Dios minuto a minuto. ¿Llaman? ¡Abramos rápidamente!: Es Dios que viene a amarnos. ¿Vino alguien?: ¡Adelante! Es Dios que viene a amarnos. ¿Hora de sentarse a la mesa?: ¡Vayamos! Es Dios que viene a amarnos. Dejémoslo hacer»[3]. Es Dios que viene a hacer posible lo imposible. Viene a hacer realidad los sueños de mi alma. Viene a cambiar mi corazón que no se resigna a la vida que lleva y quiere algo más, sueña con algo más. Viene a amarme para que yo le ame. Quiero lo imposible. Pero es verdad que mis planes no siempre resultan. No logro eludir la cruz, o que sea esta más pequeña. No consigo caminar más rápido. Ni tener más de lo que tengo. Pero sigo sabiendo que para Él no hay nada imposible. Aunque no me toque ver a mí los frutos, ni el cielo en la tierra. Pero sé que puede forzar la puerta de mi alma. Puede sanar mis heridas más profundas. Puede hacer que me sienta en paz y no me queje tanto de la vida. En realidad lo que me sana es no querer lo imposible. No desear lo que no poseo. No pretender una vida sin cruces. Me sana no atarme a lo que tengo, a mis deseos, por miedo a perderlo todo. Lo que de verdad me hace libre es necesitar poco, y exigirle a la vida sólo lo que me da. ¡Cuántas veces mi oración es egoísta! Pido lo que a mí me viene bien. Pido lo que deseo y pienso sólo en mí. Giro en torno a mis necesidades. Y me enfado con ese Dios impotente que no me salva. Tal vez si cambio mi forma de mirar resulta que veo su poder actuando. Cuando dejo de pedir tanto y comienzo a esperarlo todo. Descubro entonces en mis propias carencias un camino de vida, una misión tan grande. Como le ocurrió al P. Kentenich: «Al ver cuántas personas han perdido su hogar, se suscita en mí una fuerza que me impulsa a poner todo mi amor a disposición de la gente. Permítanme confesarles que esta fue una de las fuerzas motrices que me llevaron a ordenarme sacerdote, poner a disposición de los hombres todas mis energías. No tengo a nadie, así ocurrió en mi caso, por eso el firme principio: lo que te ha pasado a ti, que en lo posible no le pase a nadie más. De ahí brota la fuerza para renunciar a uno mismo. Brindemos hogar a otros cuando nuestro propio corazón clame por hogar»[4]. El P. Kentenich sufrió tanto la soledad en su vida. Y creyó que la misión que Dios le confiaba en su herida era hacer posible que muchos no sufrieran lo que Él había sufrido. Dar hogar sin haberlo tenido. Y Dios hizo posible lo imposible a través de su corazón de padre, de buen pastor. Utilizó su vida rota, su tiempo tan finito, sus gestos torpes, sus palabras pobres. E hizo milagros haciendo que fuera posible lo imposible. Hoy Jesús me invita a mirar mi corazón. Y quiere que busque en el alma mi misión imposible. Desde mi herida. Esa misión que me parece inalcanzable. Sé que Dios lo puede hacer conmigo, porque para Él todo es posible. Mi misión tiene que ver con los hombres, con sus carencias, con sus heridas, con sus dolores. Hay tanta soledad y abandono. Hay tanta pobreza en el alma. Hay tanta angustia y amargura. Y mi vida puede hacer posible lo que parece imposible. Desde mi carencia, desde mi dolor. Mi misión concreta es la que me da luz y esperanza. Me gusta mirar así mi vida y creer en su poder infinito. En medio de la más negra noche aparece una luz. Cuando en la vida todo se torna oscuro, surge un destello de esperanza entre mis dedos. Parece todo perdido y brota la esperanza. Esta promesa de vida hoy llena mi alma. El Adviento me dice que para Dios todo es posible. Si creo. Es posible acabar con la negrura del alma. Es posible creer contra toda esperanza. Es posible sembrar amor cuando no he sido amado. Es posible perdonar lo imperdonable, aun no habiendo sido perdonado. Y creer que en medio del dolor más hondo es posible encontrar una esperanza a la que agarrarse. Aunque me siga doliendo. Y ver algo de luz con mis ojos ciegos. Es posible lo imposible cuando creo en ese Dios que me ama y me recuerda que tengo una misión que realizar. Que hago falta en este mundo tan roto. Que mi vida tiene un sentido que no alcanzo a distinguir al perder a un ser querido, al sufrir el abandono o la soledad, al caer enfermo. Cuando me encierro en mis miedos y angustias. Cuando no soy capaz de construir nada porque me vuelvo destructivo en mi pecado. Y no perdono mis actos, ni mi pasado, ni mis errores. Y entonces resulta que sí que es posible cambiar. Cuando menos lo espero Dios me dice que sí, que no dude. Que si creo en lo imposible Él lo puede hacer realidad. En mi vida, con mis gestos y mis manos.

Creo que el Adviento es un tiempo de silencios sagrados. En los que callo para oír la voz de Dios en el desierto de mi alma. El silencio y el amor están unidos. Comenta el Papa Francisco en Amoris Laetitia: «En el amor los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras». Es Dios en ese silencio en el que me debato buscando respuestas. Ese silencio incómodo en el que espero oír su voz cuando permanece callado. O una señal que me indique cómo seguir buscando. Comenta el Papa Francisco en este Adviento: «En estos tiempos inquietos en que vivimos el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, nos llama a la alegría». Ese Dios que está conmigo, que sale a mi encuentro. Ese Dios que acampa en mi alma. Que viene a buscarme a mi silencio. Allí donde no hay voces. Donde apenas oigo. Viene para que haga silencio acallando mis gritos. Calmando mis ansias y agobios. Levantando mi desánimo en medio de mi tristeza. Quiero aprender a guardar silencio. Comenta Carmen Serrat: «Aprender a meditar nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y disfrutar del silencio y la soledad». Sé que no siempre es tan sencillo disfrutar del silencio y la soledad. Son más cómodos los ruidos, las voces del mundo, la música, los tiempos inquietos. Me duele hacer silencio, contemplar. Me duele permanecer solo, sin nadie a mi lado que me sostenga. Prefiero volcarme en el mundo para no pensar. Porque sé que si pienso sufro. Si callo me agobio. Me abismo en la oscuridad del alma buscando resquicios de una luz sagrada que me calme. Callo, porque no quiero hablar demasiado. Porque en el amor que Dios me tiene sus silencios son más elocuentes que sus palabras. Como el silencio que guardan los amigos verdaderos en medio de sus pasos. O los cónyuges en un paseo a orillas de la vida. O ese padre que acompaña a su hijo enfermo. No hacen falta palabras. El silencio del amor es elocuente. «¿Qué haces?» Me preguntan. «Nada». Respondo. Y acompaño la vida del que amo. Del que sufre a mi lado. Del que me necesita. Porque necesita más mi presencia que mis palabras. Porque las palabras no pueden contener todo lo que siento, lo que amo y lo que sufro. Porque en una palabra no cabe toda la eternidad. Quedaría reducida a un concepto vano y frío, demasiado pequeño. Me gusta el silencio de María y José buscando posada. Un silencio inmenso. En medio de la incertidumbre de la vida que no controlo. Callan José y María. Yo también callo. Quiero guardar silencio ante mi amado que me busca. En esa cueva llena de silencios en la que Dios se vuelca. Y se hace carne. Y se hace noche llena de paz y plena de esperanza. Y se hace luz y estrella. Como escribe Jorge Luis Borges: «Toda casa es un candelabro». Y esa cueva, ese establo, se hizo casa, se hizo hogar. Y en medio del silencio el amor se volvió candelabro, luz, esperanza, destello de una vida que nace. En la oscuridad llena de silencios. Brota el llanto de un niño que se vuelve candelabro. Para mostrar lo densa que es la noche. Para dejar ver las siluetas sagradas de mi historia.

Jesús viene a mi vida con su silencio para consolarme, como dice el profeta: «Consolad, consolad a mi pueblo; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle». Me habla al corazón. Quiero que Dios me hable siempre al corazón. Quiero que me grite y me consuele en mi dolor. Que se llene mi alma de sus palabras. De sus silencios elocuentes. De su amor profundo y cálido. Quiero tener a mi lado a Dios que se hace presencia que todo lo llena y colma. Yo me callo. Guardo silencio para escucharle. ¡Cuánto me cuesta no hablar, desconectar del mundo que está enfermo! ¡Cuánto me cuesta salir de la vorágine de la vida que me absorbe y me hace del mundo! Guardo silencio. Callo. Como esa persona que rezaba: «En el silencio sagrado de nuestro encuentro, te doy la llave santa que abre mi alma. Por si acaso mi vida se vuelve llanto. Por si acaso mis pasos se hacen cansancio. Déjame hoy guardar entre mis velos la palabra más bella jamás oída. Déjame llevarme dentro del alma esa caricia suave de tu presencia. El tesoro escondido que yo he encontrado. La palabra más dulce, oigo tu canto. No me dejes tan solo, amado mío. Sal a mi encuentro siempre, nunca te olvides. No me dejes tan pobre. Calma mi llanto. Llena con tu silencio mi alma callada». Así quiero tocar yo a Dios. Y que Dios me toque en el silencio del Adviento. Cuando viene a consolarme en medio de mis dolores. Cuando viene a calmarme en mis pesares. Quiero aprender a hacer silencio. Ese silencio suave del alma, hondo y sagrado. Me cuesta callar. ¿Cómo hago para buscar el silencio? Necesito encontrar lugares y ambientes en los que me sea fácil callar. Una atmósfera de Inmaculada en la que sea fácil entrar en la presencia de Dios. Necesito en mi casa tener un lugar así. En mi alma. Necesito personas que me ayuden a callar para oír la voz que clama en el desierto: «Una voz grita en el desierto». Una voz. La voz de Dios que viene sobre mí, como aquel día vino sobre el vientre sagrado de María. Esa niña que sabía esperar en silencio. Que tenía el corazón en paz y no sufría. La miro a Ella en silencio y quiero como Ella guardar silencio para oír la voz que grita dentro de mi alma. Guardar silencio y hablar menos. Callar mejor que hablar. El otro día me hablaban de una persona que había llegado a los noventa y nueve años. Me decían que nunca hablaba mal de nadie, no se enfadaba con nadie, no vivía amargada y con quejas. Pienso que esa mujer había aprendido a lo largo de su vida a escuchar, a callar, a aceptar. Con una sonrisa. Sin prisas. Con la paz en el alma. El otro día leía: «El silencio de la mirada consiste en saber cerrar los ojos para contemplar a Dios que está dentro de nosotros, en las regiones profundas e íntimas de nuestro abismo personal»[5]. Pienso que a menudo hablo mucho, escucho poco, critico y condeno. Vivo sumergido en la queja y la amargura. Y no tengo paz dentro de mi alma. ¿Cómo voy a poder hacer silencio? Cuando intento callar brotan palabras de queja. El Adviento me invita a acallar mis gritos, a calmar mis quejas, a vivir en paz. Busco la paz en lo más hondo de mi ser. «El silencio del corazón es el más misterioso. Podemos decidir no hablar y callar, podemos cerrar los ojos para no ver nada, pero sobre el corazón nuestro dominio es menor. Arde en él un fuego en el que las pasiones, la ira, el rencor y la violencia son difícilmente controlables. Al amor humano le cuesta configurarse según el amor de Dios. La ruta que lleva al silencio del corazón se recorre en silencio»[6]. Allí donde Dios me pide que escuche su canto es donde viene a verme. Allí donde callo para que Dios haga sagrado mi silencio. En lo más hondo de mi alma. Quiero callar y hablar menos. ¿Por qué no sé callar las quejas? ¿Por qué surgen con tanta facilidad el juicio de mis labios? Vivir en paz con todos, conmigo mismo. Es lo que sueño.

Juan es un hombre lleno de fuego en sus palabras. Y es un hombre frágil que vive en el desierto. Dios manda un profeta para anunciar a Jesús: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino». Juan es el profeta del testimonio. Es un interrogante en la vida del pueblo. Normalmente decido cambiar cuando alguien me habla de Dios de manera sugerente y atractiva. Sigo a quien admiro. Quiero vivir como vive aquel al que sigo. Juan testimonia a Jesús desde su humildad: «Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: - Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo». ¡Qué anhelo de Jesús tenía Juan! Su Adviento fue toda su vida. Desde que saltó de alegría en el vientre de Isabel. Desde que más tarde, movido por el soplo del Espíritu en su corazón, vivió en el desierto buscando a Dios. Desde que supo en lo más hondo de su alma que él sólo era el mensajero. El que iba a abrir el camino al Mesías. Era él quien roturaba la tierra. Dios le reveló un día su misión. Y él la aceptó con un corazón humilde. Esa misión tenía que ver con Jesús. Siempre he buscado escuchar un día en mi corazón la voz de Dios que me diga quién soy, para qué he nacido, a quién puedo ayudar, cuál es mi misión particular. Comenta el Papa Francisco en este Adviento: «En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad». Quiero escuchar para confirmar mi camino. Para optar con radicalidad por lo que me pide. Así fue como Juan vivió para esa misión. Me gustan las personas que se entregan del todo por aquello en lo que creen. Así lo hizo Juan. Él lo dejó todo por esa misión. Pienso en su altura humana. Jesús mismo alabó su grandeza. Él cumplió lo que Dios le pidió. Jesús fue anunciado por él. Era sólo el testigo. La voz. La luz que señalaba a otro. Juan habló en la noche sobre el que sería la luz verdadera. Habló en el silencio de aquel que sería la palabra. ¡Cuánto anhelo tendría en su corazón por llegar a conocerlo! ¡Cuánto desearía llegar a ser su discípulo! Toda su vida llegaría a plenitud cuando se encontrasen de nuevo. De niños ya se habían encontrado. Jesús vivió oculto, escondido. Juan comenzó su misión antes que Jesús. Escuchó a Dios en el desierto, en el silencio de su alma. Y obedeció. No quiso brillar por sí mismo. Renunció quizás a sus propios sueños. A una misión más vistosa y elogiada. Dios le regaló el único sueño de esperar, de hacer esperar a otros, de preparar, de allanar, de cuidar la vida de los demás hasta que llegara Jesús. Juan fue un hombre de desierto. Se alejó de Jerusalén. Creo que para preparar el corazón hay que alejarse un poco de la propia vida con sus ruidos. Para tener más perspectiva. Para rezar con calma. Tengo que vaciarme de mí mismo, de mis cosas. Esa es la propuesta de Juan. Cuando llegue Jesús, ya no hará falta el desierto. Sólo será estar con Él, a su lado para siempre. Pero la espera tiene algo de noches estrelladas de desierto. En la ciudad, las estrellas no se ven. En la noche del desierto, sí. A veces hay que detener los pasos para mirar el corazón. Para mirar el cielo. Para mirar mi vida. Y tocar la sed que tengo. El ansia de Dios. Esa sed ya es Adviento. ¿Cómo es mi sed? ¿Qué necesito que Dios toque esta Navidad? Quiero tocar el desierto en este Adviento. Caminar por la vida con esperanza. Jesús ya llega. Siempre llega. Viene de nuevo.

El Adviento es el camino de José y María hacia Belén. Es la estrella de los magos en medio de una noche. Y es también el desierto en el que Juan anuncia y pide cambiar el corazón. El Adviento es para mí lo que espero, lo que deseo, lo que necesito. Le pido a Dios que me regale ser como Juan, un hombre íntegro, un hombre de una sola palabra. De una sola misión. El hombre que anunció a Jesús y desapareció cuando llegó Él. Anunció humilde a alguien mayor. Le pido que me regale el don de hacer un camino para Cristo en lo profundo de mi alma. Que me ayude, como él, a dedicar mi vida a preparar en otros su llegada. Quiere que consuele a mi pueblo. Que hable al corazón de los hombres. Esa es mi tarea. Mi manera de anunciar es consolar y hablar con palabras de compasión al corazón del que está a mi lado sufriendo. Sin dar lecciones. Quizás sólo estando, cuidando, consolando. Porque mi esperanza es que viene pronto el que tiene en su mano el sentido de mi vida. Juan primero tuvo que allanar su alma, abajar las montañas, subir los valles. Despejar en su interior el camino a Jesús. Siempre es así, nadie puede anunciar lo que no ha vivido todavía. Pienso que los apóstoles, cuando anunciaron a Jesús, anunciaron su propia vivencia de Cristo. Su historia de amor con Él. Habían tocado su carne y habían visto su amor. Juan Bautista anunció antes de ver. Porque creyó en la palabra de Dios. Porque quizás su madre le habló de María. Y se fío. Su vida fue en función de Cristo. Así quiero vivir yo. Sabiendo cuál es mi tarea. Y construyendo mi vida en función de Cristo. Pienso que como sacerdote tengo algo de Juan Bautista dentro del alma. Hablo de Cristo a otros. Preparo sus vidas para Él. Ayudo a favorecer su encuentro con Jesús. Y después, tengo que desaparecer. Sin ponerme en primer plano. Dejo paso a Jesús. Me gusta Juan porque no cayó en la tentación de ponerse en el centro, de buscar títulos, de esperar elogios. Su agua no es nada en comparación con el fuego del Espíritu que traerá Jesús. Su humildad, su honestidad, su verdad, me conmueven. A veces, temo anunciarme a mí mismo. Busco que me reconozcan. Me pongo en el centro. Hoy miro a Juan. Miro su amor por Jesús. Su esperanza. Su fe. Su pasión. Me ayuda con su testimonio a ponerme yo a un lado para que pase Jesús. Juan es el hombre del Adviento junto con María y José. Los tres esperaron. Los tres se fiaron de la palabra de Dios. Los tres cuidaron en su alma el anhelo de Dios, hasta el final.

Hoy viene Juan a predicar un bautismo de conversión. Viene con sus palabras a rescatarme de mi fragilidad y de mi pecado. Su tarea fue ayudar a otros a cambiar de vida. Es lo que me dice hoy con sus palabras firmes. Me asegura que el Espíritu Santo es el que puede cambiarme. Me dice que voy a poder dejar lo que estoy viviendo para optar por un nuevo camino. Sus palabras me ayudan a preparar el camino al Señor que nace: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán». Es necesario cambiar de vida para encontrarme con Jesús. Hace falta iniciar un nuevo camino. Tengo que ser capaz de pedir perdón y reconocer los pecados. Allanar mis montes. ¡Qué importante es la confesión sacramental para volver a empezar! Decía el P. Kentenich: «La confesión es para ayudar, no para complicar». Confesar mis pecados significa mirar en lo hondo de mi alma y reconocer mi fragilidad. Ver lo que hago mal, lo que no hago, lo que podría hacer mejor. Ver mis palabras de quejas y mis silencios amargos. Supone saber lo que quiero hacer bien y dejar de hacer lo que estoy haciendo mal. Para ello es necesario allanar el orgullo y acabar con la vanidad. Someter la soberbia y el egoísmo. Levantar el valle del pesimismo y la tristeza. Vencer la crítica y la envidia que me hacen tanto daño. La confesión me hace más niño ante Dios. Más filial, más dócil. Me hace más puro desde mi impureza reconocida. No soy inmaculado, lo sé, caigo una y otra vez, pero sé que estoy llamado a ser propiedad de Dios. Quiero vivir consagrado a Él. Dice el profeta Isaías: «Preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale». Miro hacia delante. Reconozco mis caídas y fragilidades. Soy pecador. Pero pienso en la tierra nueva, en el cielo nuevo que me anuncia Dios, y el corazón se alegra. Miro mi pecado y mi fragilidad, consciente de que es Dios el que viene a salvarme. Pero me cuesta a veces reconocer mi debilidad. Me resulta complicado ver mi impureza. Comenta Pío XII: «El mundo moderno ha perdido el sentido del pecado». Y escribe Pablo VI en 1964: «No encontraréis ya en el lenguaje de la gente de bien actual, en los libros, la tremenda palabra, que, por otro lado, es tan frecuente en el mundo religioso: la palabra pecado. Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores. Son catalogados como sanos, enfermos, malos buenos, fuertes, débiles, ricos, pobres, sabios, ignorantes. Pero la palabra pecado no se encuentra jamás. Se ha perdido el concepto de pecado». Vivo en un mundo de personas enfermas y rotas. Hoy cuesta hablar de pecados y de pecadores. Y sé que los hay. Yo mismo lo soy. Soy causa de la ruptura de Dios en mi vida. Cuando le cierro la puerta y me alejo. Cuando no escucho sus palabras. Cuando me cierro en mi egoísmo a otros. Cuando no amo. ¿Por qué me cuesta tanto reconocer en alto mi pecado, mi miseria, mi debilidad? Sé que es humillante reconocer las propias caídas. Me es más sencillo hablar de mis logros y éxitos. Valorar mis conquistas. Resaltar mis talentos. Pero me cuesta sentirme pequeño y frágil. Es una humillación que me hace daño. Llego a la confesión y no sé ver mis pecados. No soy consciente de mis omisiones ni de mis acciones que hieren. No veo actitudes faltas de misericordia. No encuentro nada digno de ser confesado. Veo más culpa en los otros. Sé ver sus pecados y sus faltas. Pero las mías me cuesta verlas. Rompo el vínculo con los hombres, con Dios, conmigo mismo, y no veo el pecado, no veo mi responsabilidad. Sé que la confesión sana ese vínculo roto, ese puente quebrado. Me libera de la carga que me pesa. Y al recibir el perdón sé que se sana mi alma por dentro. Me llueve la gracia que me levanta de mi vida miserable. Y crezco, avanzo, me levanto de nuevo sostenido por el Espíritu. Eso es el Adviento. Dejarme educar por María, por Dios. Dejar que en mi pecado venga Dios a sanar mi alma enferma.
 
 

[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
[2] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
[3] Christian Feldmann, Rebelde de Dios
[4] J. Kentenich, charla 1946
[5] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 49
[6] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 49