Contemplar y vivir el Evangelio
 
La Inmaculada Concepción
 
[Iniciado el Adviento nos sorprende en seguida la muy bella fiesta de la Inmaculada Concepción de María.  Esta fiesta nos estimula y al mismo tiempo nos invita a contemplar a María y su personal y única manera de colaborar en el plan salvador de Dios Padre. ¿Podré yo colaborar hoy  en esa plan de alguna manera? Empecemos por reconocer el mal en el hombre, en todo hombre, y a alimentar la esperanza en la actuación de Dios. Lo cual es también Adviento. Con María, llegaremos a comprender que, a pesar de todos los males que todavía hoy nos aquejan, los hombres y mujeres de hoy tenemos futuro, y grande, como individuos y como humanidad. ¿Me lo creo? Si hago algo por ello, sí].
 
Si te ayuda, puedes empezar así: -Señor, estás… -Señor, estoy… Que tus palabras tengan en mí el mismo eco que tuvieron en el corazón, en el cuerpo y en la vida de María… ¡Ya sé que no existe en mí aquella su plenitud de gracia! Madre, intercede por mí… y por nosotros.
 
Del Evangelio de san Lucas 1,26-38: (Tenerlo a mano y leer el pasaje entero)
 
>“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios… Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios”.
-Cuánta belleza y grandeza en la obra de Dios reflejada en estas palabras del cielo: la acción de Dios en la persona misma de María, su identidad: plenitud divina  y don inefable realizado en ella por el mismo Espíritu Santo que es Amor; misión de maternidad del Hijo de Dios, dentro y en la virginidad de la mujer, cuyo nombre es María: llena de gracia. Así actúa Dios, ayer y hoy. Así, cuando se le deja poseernos. Asombro humano-divino en la sencillez del corazón de su criatura. ¿Te animas?
    Señor, leo, miro, admiro, medito, contemplo y solo entiendo que no entiendo nada; te pido que me conserves siempre en tu Gracia. María, Madre de Jesús-Dios, sé que también eres mi Madre, llévame de tu mano.
 
>Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel… “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”... “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
-Se entiende la profunda turbación de María, ¡quién no! No sólo por el saludo, sino sobre todo por el mensaje que el ángel le da, a ella, la humilde jovencita de Nazaret. ¡Es todo tan divino y ella tan pequeña! A partir de ahora, si cree, podrá tener experiencia de la acción divina en su seno, en su corazón, en su vida. Por eso pregunta y por eso recibe respuesta. ¡Grande es tu fe, María! Interiorizaste progresivamente el anuncio y las dudas, y diste así tu completa, honda y total conformidad. Te bastó una palabra: SÍ, hágase en mí. Y Dios, por tu vientre, entraba en la tierra de los hombres, como uno de ellos. Nunca nadie pronunció una palabra así a Dios, y que tuviera en ella y en los demás tales repercusiones divina y humanas. Bueno sí, Jesús, su hijo. ¿Lo aprendió acaso de la Madre? Puedo aprenderlo yo… Y por eso lo pido…
    Señora y Madre del Hijo de Dios y madre mía, que mi cooperación a la obra de Dios por nosotros sus hijos, se parezca en algo a la tuya. Que yo crea como tú; sea humilde como tú, interiorice la acción de Dios en mí como tú, y sepa decirle siempre “hágase en mí” como tú. Madre, ayúdame.
 
>Porque para Dios nada hay imposible”.
-Fueron las últimas y rotundas palabras del mensajero a María. ¿Quién no va a dar un salto en la fe con semejantes palabras venidas de lo alto? Somos libres y siempre podemos resistirnos a Dios, sin duda. Pero en María era más grande su fe en la Palabra de Dios, que su misma libertad. Se confirma así, que la fe viene a plenificar la libertad de la persona humana; no a disminuirla ni anularla. Por tanto, ni la virginidad de María, ni la esterilidad y ancianidad de Isabel es ahora obstáculo para que la vida sea lo que está llamada a ser: fecundidad, vida que es generada y que genera. ¿No te alegra? ¿No te llena de esperanza y fortaleza? ¿Lo deseas? ¡Pídeselo!
    Señor, enséñame a creer y a vivir la fe, ese don tuyo tan gratuito, rico y más fecundo que la vida misma. Tú mismo eres el Origen de la Vida y tu Hijo Jesús, la Fuente de la vida. ¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe!   
 
>“Jesús… Grande… Santo… Hijo del Altísimo… le dará el trono de David su padre… Reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá de fin”.
-Se entiende: es Jesucristo el Hijo de Dios vivo hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación, revestido de una impresionante lista de títulos. El mismo que está en el seno de María Virgen-Madre, (por eso, la única mujer de la historia que ha nacido inmaculada, es decir, concebida sin pecado alguno originario), y el mismo que está dentro de nosotros cuando vivimos en su Gracia, le seguimos y le amamos amando a los demás con obras de misericordia. A eso estás llamado: a poder tener a Jesús no sólo para ti, sino para darlo siempre a los demás, como María. ¿Te animas? ¡Es lo más maravilloso que te puede suceder!
    Señor, siendo Grande te hiciste Pequeño, muy pequeño, para tratar de tú a tú con los pequeños que realmente somos nosotros; no lo entendemos todavía, ayúdanos a ello. Aquí está el secreto para ser grande a tu estilo. Empiezo a comprenderlo. Ahora, Tú, enséñame a vivirlo. Gracias.   
 
Si quieres, puedes concluir así: Dios te salve, María, llena eres de gracia…Santa María, madre de Dios… O bien, Dios te salve, reina y madre de misericordia… Según tu devoción o relación cordial con María.