Entre San Francisco de Asís y Ada Colau existen evidentes diferencias, entre las que destaca su concepto del hombre, que para Il Poverello es la cima de la Creación y para la alcaldesa de Barcelona es gente, o sea, masa, o sea, Corea del Norte. Dicho de otro modo, el hombre puede llamar hermano al lobo, pero la gente organiza batidas para cazarlo. Lo que demuestra que no existe la fraternidad de las sociedades, sino la de los individuos. Esto explica que de la caridad del santo italiano surja el primer Nacimiento, mientras que del colectivismo emocional de la alcaldesa de Barcelona surja un Belén casi laicista. 

El político no creyente debería de inhibirse a la hora de programar festividades religiosas porque tiende a dejar su atea impronta en lo que toca. La regidora catalana argüirá que su Belén, más que iconoclasta, es vanguardista, pero lo cierto es que no busca epatar al burgués, sino destruir al seglar. Picasso, al desmembrar el realismo, no buscaba enterrar a los padres fundadores de la pintura moderna, Velázquez o Rembrandt, y aún menos a Goya, pero Colau, al optar por la parodia, busca descafeinar una religión, el catolicismo, en la que los símbolos son sagrados.  

Al igual que la Ingeniería social desemboca en el hombre nuevo, es decir en el proletario oprimido por sus iguales, la ingeniería religiosa tampoco desemboca en nada bueno. Entre otras cosas, porque la fe no acepta manipulaciones. Si la adulteración de los símbolos no causa el efecto que desea el laicismo es porque el hombre con fe, al saberse templo de Dios, se persigna aunque no tenga un cruz delante. Lo que no quita que le indigne el Belén a media asta de Colau y los primeros Reyes Magos de Carmena, esos que parecía que cuando terminara la cabalgata iban a regalar una cachimba a cada niño. Aún hoy me sorprende que no les detuvieran en la frontera con Marruecos.