Falta de perspectiva de Lutero (y III)
Mons. Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid, ha pronunciado una conferencia en el Foro Juan Pablo II de la basílica de la Concepción en Madrid, titulada «Lutero, ¿Reforma o Ruptura?». Y a propósito del aniversario 500 de la desunión creada por Lutero ha señalado que: «Un buen ecumenismo es una labor ineludible de los católicos. No podemos celebrar la Reforma como ruptura de la unidad de la Iglesia. Lo que celebramos conjuntamente es a Jesucristo en quien los luteranos creen. Antes de Lutero ya había en España una verdadera reforma». De eso estamos hablando aquí.

En efecto, esa reforma fue precedida por otras reformas verdaderamente católicas -señaladas ya en la primea entrega de este artículo- que corregían sin romper la unidad.  Esta reforma luterana en cambio dividió la Iglesia y convulsionó a las naciones de Europa; se sucedieron guerras de religión que fueron básicamente impulsadas por los intereses políticos de muchas regiones alemanas con sus príncipes a la cabeza para exigir más parcelas de poder,  todo frente al Imperio que apoyaba a la Iglesia romana. Aprovecharon así el revuelo causado por unas reformas necesarias en la Iglesia pero haciendo realidad una vez más el dicho popular «a río revuelto ganancia de pescadores».

Los príncipes alemanes encontraron en este enfrentamiento con la Iglesia de Roma una ocasión para sustraerse al poder imperial y ganar influencia en las Iglesias locales, atizando la violencia entre las zonas que seguían a Lutero y las que permanecían fieles al Papa. De este modo fue expandido el cisma y sembraron la destrucción con guerras de religión, alimentando el fanatismo como el de Cronwell,  y rompiendo la Europa de la cristiandad.

Lutero no puedo evitar que aparecieran entre sus seguidores multitud de divisiones –las diversas confesiones protestantes-, dando razón al dicho popular de que «quien siembra vientos recoge tempestades». Además de este error de fondo y de forma, con excesiva pasión personal, le faltó visión de conjunto. Es cierto que las obras para levantar la nueva basílica de San Pedro y otras basílicas en los Estados pontificios y en otros lugares, se prestaron a corrupciones, a simonía, o a la mundanización de los estamentos eclesiásticos y a inmoralidad.

Se puede decir que el Lutero de los comienzos estaba tan metido en la tala de muchos árboles enfermos no supo ver la amplitud del bosque. En efecto, recordemos que hacía siglos que la Roma decadente había sido arrasada por los pueblos bárbaros, dejando un montón de ruinas en piedras y desorganización social. Desde la Baja Edad Media se estaba levantando, con dificultad pero con altura de miras, un mundo moderno impulsado por la fe cristiana mantenida sobre todo por  la Iglesia romana. Las ruinas de Roma que hoy admiramos eran, en aquel siglo XVI, cementerios de una época muerta, pero estaba renaciendo el centro del mundo. De modo que Martin Lutero no tuvo la perspectiva adecuada, ofuscado por su innegable pasión purificadora que dañó seriamente a la Iglesia.

Han pasado quinientos años y nos emociona ver aquellas ruinas romanas, resto de una grandeza imperial superada pero sobretodo de la capacidad constructiva de la Iglesia universal. Pues no se trataba sólo de construir basílicas y catedrales sino de fortalecer la fe popular alentada por una teología que se reformaba desde antes de Lutero. Y a pesar de los pesares una persona culta y con fe puede estar agradecida hoy a las jerarquías eclesiásticas que impulsaron las bellas artes –arquitectura, escultura, pintura música- , así como las ciencias y el derecho, dinamizando la cultura como manifestación humana de la grandeza infinita de Dios. El Evangelio también se comunica con las piedras aunque tantas veces no sepan valorarlo los impulsores de una supuesta Iglesia de los pobres como le ocurrió a Lutero.